Nº 83 /  01 Agosto 2002

Donde se forjan las flores
"Una visita de Dios a nuestra Patria" es como describe el obispo Manuel Larraín la vida del Padre Hurtado. En su discurso fúnebre, afirma: "El apóstol es, sobre todo, el hombre del amor; el que no da su corazón a nadie, para ofrecerlo a todos; el que se olvida de sí mismo para ofrecerlo a los demás; el que cada dolor lo hace suyo y cada gemido humano encuentra un eco en su corazón. El apóstol es el hombre que, bajo el amor del Padre de los Cielos, realiza, en el amor universal de sus hermanos, el hondo sentido cristiano de la fraternidad. El apóstol es un cáliz que rebosa caridad.
Y ésa fue la vida del Padre Alberto Hurtado.
Para comprenderla, debemos remontarnos a sus raíces y sobre todo a su niñez y adolescencia, contemplar la figura admirable de una madre cristiana. Ni su viudez temprana, ni graves dificultades económicas pudieron, en esa mujer fuerte, apartarla de su doble misión: la educación de sus hijos y el sentido de su deber social.
Fue junto a ella, en su labor en el Patronato de San Antonio, donde el Padre Hurtado comenzó a comprender el terrible peso del mandamiento supremo: "Y amarás al prójimo como a ti mismo, por amor de Dios".. Fue en esa escuela donde el apóstol del mañana halló el sentido del pobre, que iluminó más tarde su vida.
Ella lo acompañó en la adolescencia y lo orientó en la vida. Ella lo cedió generosa cuando el Señor lo solicitó. Cumplida su misión de madre cristiana y formadora de apóstol, ella lo precedió en la peregrinación eterna. El Padre Hurtado pagó con esa fidelidad tan suya el sentido apostólico que su madre le imprimiera.
Frente a su lecho de enfermo, dos fotografías acompañaron su postrera inmolación: la de la Madre del Cielo, en su cuadro que adorna este altar, la Virgen de nuestra infancia y de nuestra Primera Comunión, y la de su madre de la tierra, que le enseñara a amar a la del Cielo."Octavio Marfán, relatando la infancia del Beato en el libro Alberto Hurtado. Cristo estaba en él, también alude a Doña Ana Cruchaga: "Si nos trasladamos imaginariamente a la pieza del hospital, donde ese niño muere cincuenta y un años después, podemos observar esa misma sonrisa en un sacerdote desfalleciente, la que, por lo demás, lo había acompañado durante toda su vida, frente a la alegría y frente al dolor. Porque para él, el dolor era la alegría de poder rescatarle astillas a la Cruz de Cristo, que había sufrido todos los dolores por nosotros, hasta su muerte. A su lado estaba, junto a la Virgen, el retrato de su madre. Nadie las vio: ellas también sonrieron. La Madre, la madre". (CE, p.24)
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Su última obra: La revista Mensaje

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