Nº 121 /  01 January 2006

Que los tiempos han cambiado, nadie lo discute. Las relaciones entre padres e hijos se han enriquecido en la medida que los primeros han ido adquiriendo conciencia de las huellas que dejan las experiencias de la infancia. Hoy se escucha más a los hijos. Me atrevería a decir que hasta se los respeta más. Lo que es, sin duda, muy positivo.

Sin embargo, el problema viene cuando los jóvenes creen que las jerarquías son cuento del pasado. Este inconveniente se acentúa con el hecho del bien llamado “síndrome del canguro”.

En qué consiste el síndrome
Los jóvenes no se casan tan jóvenes como antes. Y, obviamente, resulta muy cómodo vivir en casa de los padres, con costo cero. El ideal parece ser prolongar la estadía en la bolsa marsupial, para poder ahorrar y así realizar, por ejemplo, el anhelado viaje a Europa, antes de adquirir compromisos mayores.

Hace poco supe de un joven que regaló anillo de compromiso a su novia a los 25 años, al terminar su carrera. Fue tal el ataque de pánico que produjo en sus amigos el “mal ejemplo” dado por él y el riesgo de que sus pololas esperaran que siguieran sus pasos, que hubo un sospechoso retorno masivo hacia la soltería. ¿Por qué hay un temor generalizado al compromiso?, me pregunto asustada ante la responsabilidad que nos puede caber.

Y como en nuestra larga y angosta franja de tierra, los padres queremos tener a nuestros críos cerca el máximo tiempo posible, estos canguritos se van poniendo más y más exigentes, por no decir desubicados.

Señales de poder

Hay varias muestras de esta toma de poder. Muchas veces se refleja en que no se reconoce la superioridad jerárquica de la mamá. Por ejemplo, el derecho natural a disponer comidas alimenticias como… lentejas. En esas oportunidades suele producirse un éxodo abrupto al McDonald’s. La frustración me ha llevado a intentar diversos métodos, desde la insistencia, convirtiendo las lentejas en sopa para la noche, hasta la persuasión, contando que son tan deliciosas que en la misma Biblia está escrito que un hermano vendió a otro por un plato de lentejas.
Otra señal de su poder son los cumpleaños. Éstos solían ser una celebración entre amigos, invitados, y nadie concebía llegar sin regalo. Hoy se dice “hay un cumpleaños”, y todos se sienten con derecho a ir… sin regalo. Esta especie de visión hace impredecible la cantidad de personas que pueden “llegar”, por lo que los padres tenemos cada vez más miedo a realizar eventos en casa. Ante los múltiples riesgos, muchas veces se opta por evitar la celebración, lo cual al menos a mí me rebela ¿Por qué nos vemos sobrepasados en un derecho tan íntimo como elegir quiénes y cuántos van a nuestra casa?

¡Para qué decir los horarios! Recién salen a bailar en la madrugada, a la hora en que nosotros teníamos que estar preparando el regreso a casa. Algunos jóvenes duermen “siesta” después de comida, para estar en forma para ese “carrete” postergado de forma tan artificial. Cuando uno de los padres les hace ver lo absurdo de la situación, argumentan que no sacan nada con llegar antes… porque no hay nadie. Y tampoco sacan nada con salir por una o dos horas no más… porque no vale la pena. Con lo cual nos enfrentan a un dilema de conciencia. ¿Tengo derecho a arruinarle a mi hijo o hija la juventud, siendo el único que no va a salir de noche? Normalmente la respuesta es: “No, no tengo”, con lo cual los padres actuales nos vemos sometidos a la tortura de dormir los jueves, viernes y sábados a sobresaltos, ya que los fines de semana se están alargando cada vez más. Es tal la impotencia ante lo absurdo, que me pregunto cómo y por qué los padres no hemos sido capaces de unirnos TODOS en una gran Cruzada para volver a los horarios de antaño.

Lo nuestro es… ¡de todos!
Un tema que creo a toda mamá enfurece es la pérdida del concepto de propiedad privada en lo que a vestuario respecta. Poleras y sweaters comprados con cariño desaparecerán en poco tiempo del clóset, para ser reemplazados por otros de desconocido origen. Muchas veces me he encontrado preguntando: “¿De quién es ese chaleco?”, para oír un distraído: “No sé”. O: “¿Dónde está ese chaleco gris que te compré?”, para obtener la misma respuesta. En lo personal, me he ido desalentando en comprar ropa para que termine en cualquier clóset.
Este espíritu “colectivista” no deja de sorprender. Una amiga me contó que llegó un día a su casa y cuál no sería su sorpresa al ver que había varios amigos de sus hijos, todos vistiendo trajes de baño de su marido. Fue tal su estupor que reprendió a su hijo por la falta de respeto, pero no logró convencerlo.

El tema de las mascotas puede ser otra gran fuente de roce. Tengo la desgracia de vivir en casa esquina, y jamás pude bloquear totalmente el acceso de los canes de mi barrio. Por lo que nuestra perrita cocker, Q.E.P.D., recibió la visita de todos los “sin raza” de la zona oriente en cada celo… ¡en mi propio jardín!

Mi hijo, crecidito ya, sostenía que no podía ser operada ya que la anestesia le haría perder años de vida, teoría que no ha podido probar aún. Con tal de preservar las buenas relaciones con mi “cangurito”, tuve que transar, y soportar que diera a luz durante toda su vida fértil. Fueron aproximadamente 60 cachorritos que nadie quería recibir como “regalo”. Era tal el estrés sufrido en cada período de celo, que todavía no sé qué celebré más, si su sensible deceso o el matrimonio de mi canguro.
Ahora, si hablamos del manejo de la cabellera masculina y los “vellos” que cubren su rostro, ¿quién no ha librado batallas interminables? En el caso de lograr que los hijos se presenten como “caballeros”, cosa rara e inusual, tenemos que convivir aparentando naturalidad con todo tipo de amigos que usan chascas y “rastas”, con tal de no ser acusados de discriminación. Pero ganas no faltan de gritarles.
En resumen, la pregunta es: ¿Estaremos los padres dando demasiado poder a los hijos? ¿O simplemente se lo tomaron?

El veraneo
Esta palabra se asociaba antiguamente al merecido descanso familiar. Pues hoy nos vemos asolados por tribus de “sin techo” que piden asilo, apelando a la compasión y empatía de los pobres padres que poseen o arrendaron una casa de veraneo.
Hordas hambrientas al almuerzo, té y/o comida, que arrasan con todo alimento a su paso, lo que en casos extremos ha desalentado a algunos a arrendar casa en el verano.
A la mayoría nos toca estar en ambas riberas del río, como padres de los que buscan asilo, con nuestro orgullo bastante herido, y como padres que dan asilo, con nuestra comodidad bastante vulnerada.
María Elena García es madre de cuatro hijos, dos de los cuales (jóvenes solteros y muy amistosos) viven con ella.

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Adm1n98

(1) Comentario

  1. es realente cierto y muy alarmante lo que sucede.

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