l caso
Nos escribe una mamá preocupada: el segundo de sus tres hijos, de 25 años, "vive" pololeando. "Empezó como a los 14. Pololeó cuatro años. Después vino otra, con la cual duró uno. Y desde entonces no ha parado. No tengo claro el nivel de compromiso que adquiere con cada una, porque no las presenta a todas como su polola. Lo que me preocupa es que busque con desesperación estar siempre acompañado. ¿No será que le da miedo estar solo, que es adicto a la compañía?"
Hay que partir por encontrar la causa: hay sujetos que pueden tener veintitantos años, pero respecto de las relaciones de pareja continúan en la fase del comportamiento exploratorio, como es propio de la adolescencia.
Otros pueden haber tenido una primera experiencia amorosa que les haya marcado, y se empeñan en buscar relaciones que les permitan reeditarla.
Por último, están los que se embarcan en relaciones para combatir
la soledad. Este último caso es quizás el más patológico, ya que al cabo de un tiempo puede afectarse el concepto de sí mismo: no se reconocen, ni se sienten cómodos, si no es emparejados. Su valor personal pasa por sentirse valorados por otros y por eso les cuesta concebir una vida independiente.
Es ese grado de dependencia emocional el que hay que analizar, característica que no sólo se manifiesta en las relaciones de pareja, sino también en las de amistad… sólo que en las primeras se hace más patente y es más severa.
Pesquisarlo no es complicado si se analizan aspectos como la manera en que la persona inicia sus relaciones. Si dilata mucho el comienzo del pololeo o parece jugar con las relaciones y éstas son muy intensas e inestables, es probable que esté aún en una fase exploratoria.
Si, por el contrario, tarda poco en formalizar, hay ansiedad por concretar y es absorbido por la relación o se dilata su término, esto podría reflejar una dependencia emocional.
La dependencia emocional
Es un patrón de necesidades emocionales insatisfechas, presentes desde la niñez, que se busca satisfacer de adulto a través de relaciones interpersonales estrechas. Una conducta que consiste en la búsqueda de otros para sentirse seguros.
¿Qué la causa? Hay dos factores: los genéticos y ambientales. En estos últimos hay que poner atención. Explica el psiquiatra Sergio Barroilhet: "Hay familias muy achoclonadas, en las cuales se tolera mal la separación, en que hay incluso chantajes emocionales del tipo 'si tu no haces esto, significa que no me quieres'. Estas actitudes hacen a algunas personas desarrollar inseguridad; si no están con otros, se encuentran como desorientadas, y muestran desesperación frente a una posible separación o abandono".
La experiencia de los propios padres también puede ser marcadora, ya que por lo general el modelo de pareja que se tiene es el de los papás. De ahí que las personas cuyos padres tienen relaciones conflictivas -independiente de que se hayan separado o no- tienden a establecer relaciones de pareja más inseguras, porque está implícito el temor a la separación, al abandono o al fracaso, es decir, a reeditar aspectos de la historia de los padres.
En la dependencia emocional también influye un factor muy propio de este tiempo: la falta de interioridad y de autoconocimiento. Dice Barroilhet: "Las personas están poco acostumbradas a estar consigo mismas. La persona que tiene un desarrollo integral, que tiene riqueza espiritual porque la ha cultivado, que se siente segura de sí misma, reconoce bien sus emociones, deseos y temores y los sabe diferenciar de los de los otros. Esa persona puede vivir más independiente y soportar mejor momentos de soledad".
Cómo ayudarlos
Los padres pueden ayudar a sus hijos a ir desarrollando una independencia desde que son chicos, sin por eso dejar de estar conectados con el resto. ¿Cómo?
1. Reconocer y respetar a los hijos como personas individuales desde pequeños.
2. Mostrar un amor incondicional, que no se pone en juego en situaciones de conflicto.
3. Creer y mostrar confianza en la progresiva capacidad de decisión de los hijos. Y sobre todo, evitar descalificarlos.
4. Tolerar el conflicto y no tomarse las cosas en forma personal: por muy erróneas que sean las manifestaciones de independencia de los hijos, no deben ser enrostrados como agravios contra los padres.
5. Evitar el chantaje emocional.
6. Fomentar una buena comunicación dentro de la familia.
7. Fomentar directamente la independencia de diversas formas, por ejemplo, tolerando que los niños puedan aburrirse para que sientan la necesidad de generar su propio entretenimiento.

