Cuando un alumno trabaja poco, se cansa rápido, muestra cero interés y no tiene ninguna expectativa, quiere decir que padres y profesores lo han formado en la “escuela” del mínimo esfuerzo y es necesario ayudarlo.
Perfil, El flojo muestra…
Desinterés: No da señales de superación personal ni le interesa esforzarse para alcanzar una meta.
Desobediencia: No sigue las prácticas recomendadas en el trabajo escolar.
Bajas notas, pero sólo en algunas áreas; en otras puede mantenerse bien. No es parejo. Mientras que por ejemplo, el que tiene déficit atencional presenta en sus calificaciones manifestaciones más homogéneas.
Aislamiento: Si bien puede mantener una vida social normal, el flojo desaparece de ambientes donde se exige esfuerzo, baja la cabeza y se esconde.
Falta de compromiso consigo mismo, con el profesor y con sus pares.
¿Qué estimula la flojera?
La ausencia de hábitos y virtudes. En la cultura del esfuerzo es necesaria la fortaleza, el orden -no sólo material, sino también el orden de las prioridades y los tiempos- y la perseverancia.
La desatención del colegio sobre sus alumnos. Sin programas desafiantes, sin exigencias para la superación, sin la propuesta de estímulos a partir de logros.
La despreocupación de la familia o la sobreprotección de los hijos. Se crían hijos blandos, que se rinden ante la primera dificultad. Se educan niños a los que se les facilitan mucho las cosas y se les ha dado todo hecho.
La autosuficiencia de algunos adolescentes que no tienen dificultad intelectual y creen que sus cuotas de genialidad pueden suplir la conducta del esfuerzo.
Estrategias a usar y evitar
Sí.
- Trabajar en las virtudes humanas. Sobre todo en las que tienen que ver con la laboriosidad.
- Enseñar el uso y administración de un horario, es decir, el aprovechamiento del tiempo.
- Definir con precisión, sin dejar nada al azar, el lugar de trabajo y la forma de administrar ese espacio.
- Padres y profesores, ambos en conjunto, deben ser razonablemente firmes, estables y claros en lo que esperan del hijo y alumno. Las reacciones pueden tardar, pero llegan.
- Mostrar el “para qué”. Eso permite concientizar al alumno de que su futuro depende de sus acciones.
- Involucrarlo en trabajo de equipo, como actividades deportivas que impliquen esfuerzo y una meta a alcanzar.
- Mostrar testimonios de otros que han logrado superarse.
- Ser capaz de darse cuenta cuando se trata de un carácter inmaduro. En ese caso es necesario saber esperar, sin dejar de acompañar.
No.
- Decir que “es flojo”, pues es más cómodo para él: “Póngame el rojo, no más, profe”.
- Descalificar, ridiculizar, ironizar. La idea es mantener al alumno ocupado, aunque sea en algo lejano al objetivo primario del estudio. Existen jóvenes prácticos, otros especulativos; algunos inmersos en pequeños dramas afectivos o influenciables por el ambiente; hay otros deportistas, lectores, entusiastas por la música, el conversar… Es tarea de los adultos conocer esa variedad de personalidades, para saber por dónde se le puede ayudar.
- No aceptar que el alumno haga dejación de deberes. Si se saca una mala nota, que repita la prueba; si no termina una tarea, que la complete.

