Escrito por Magdalena Pulido S. / Nº 157 /  24 febrero 2009
Autoestima: existir es el gran valor

Hasta antes de los años 70 la autoestima era un concepto que la psicología aún no había descrito. Hoy, apenas 40 años después, la idea de la valoración que cada uno tiene de sí mismo es una terminología que invade los hogares, las salas de clases, los lugares de trabajo… dándole un uso cotidiano que muchas veces no refleja lo profundo que es su significado.

La real trascendencia

El autoconcepto se refiere a cómo se define cada persona, es decir, “quién creo yo quien soy”. De aquí deriva luego la autoestima, que se refiere a la valoración de uno mismo, es decir, “cómo yo valoro quien creo quien yo soy”. Bajo estas dos definiciones, se puede concluir que las personas que creen que son valiosas van a tener una mejor salud mental, funcionarán y rendirán mejor en sus vidas.

Esto, a juicio de la psicóloga Mónica Larraín, es lógico y razonable, pero se presta para olvidar el valor de la existencia. ¿Por qué? Porque bajo una mirada poco profunda y utilitarista, ¿qué pasa con la valoración de las personas que, por ejemplo, son sordas, ciegas, tienen un retraso mental o una deformación?

“Es clave entender que ni ver, ni oír, ni la belleza, ni la inteligencia… son importantes, pero que sí lo es la existencia”, dice la psicóloga. Es decir, la gran valoración debe centrarse en el hecho de existir. Existencia que además desde el punto de vista cristiano se explica sólo por el amor de Dios y desde esa perspectiva todos valen. Literalmente no hay nadie que quede afuera: el alcohólico, el drogadicto, el bueno, el malo, el mateo y el flojo… todos valen.

Aquilino Polaino, psiquiatra español, es claro en explicar esta dimensión y define la autoestima como la profunda convicción personal de ser amado por sí mismo, con independencia de lo que sea, tenga o parezca. La autoestima es la capacidad que le permite a las personas experimentar el valor intrínseco que en sí misma tienen.

En conclusión, el gran error es entender este concepto como la valoración de uno mismo porque “sirvo para algo”. “Si es así, entonces somos seres instrumentales, y vidas, por ejemplo, con un serio defecto físico o mental, no valdrían. La autoestima desde el punto de vista utilitario es falsa, no sirve”, explica Mónica Larraín.

autoestima_156El desarrollo de la autovaloración

Entendiendo bien la verdadera dimensión de la autoestima es posible conocer aspectos de su evolución y desarrollo.

Los primeros pasos de valoración que la guagua tiene de sí misma los obtiene de la relación de apego con sus padres. Es muy básico y el niño empieza a sentirse agradado o desagradado, porque lo cuidan, lo abrazan, lo mecen, o bien porque no lo hacen.

Cerca del año y medio surge la idea del yo. El niño se da cuenta que es alguien y quiere hacer sus cosas. Es la edad del “yo solo”, “yo puedo”. Con esto el concepto de sí mismo va creciendo cada vez más.

A partir de los seis años, los niños se definen según cómo hacen las cosas. Entonces es común que se autodescriban diciendo: yo soy bueno para las matemáticas o soy malo para el fútbol. Según la psicóloga Mónica Larraín, a esta edad corresponde que así lo hagan, pero que esta mirada utilitaria permanezca hasta la adultez es grave y penoso, pues no se puede reducir de esa manera a las personas.

En todo este proceso, si el niño tuvo la suerte de ser capaz de hacer la mayoría de las cosas bien, es lógico que tenga una buena autoestima. Si por el contrario, efectivamente el niño se da cuenta de que hace muchas cosas mal, es igualmente lógico y normal que se valore poco. En este caso, ¿qué se hace?

1. Todos valen

Alimentar en los hijos, en los alumnos y en todos quienes nos rodean, la idea de una existencia que es valiosa en sí, sólo por existir, es lo que ayudará a no desmoronarse cuando no se hacen las cosas con éxito. “Por difícil que parezca entender, es fundamental interiorizar la idea de que Dios, en la repartición de dones, es misericordioso y justo y que nadie queda sin nada, aunque a ojos del mundo parezca lo contrario”, señala Mónica Larraín. En esto concuerda Aquilino Polaino, quien explica desde España a HF que es la sólida y robusta convicción de que se es querida por sí misma lo que más fortalece la autoestima en una persona.

2autoestima4_156. Todos pueden

Si un niño es tartamudo, gordo, disléxico, desordenado, descoordinado… no puede tener una buena autoestima. Sin embargo, si sus padres y adultos que lo rodean tienen claro que las personas no se definen por el hacer y se encargan de demostrárselo, finalmente ganan y ese niño sale adelante. Esto se logra ayudando a los hijos a autoconocerse, de manera que sepan que aún pensando que se tiene lo mínimo, siempre hay algo por qué valorarse.

Aquilino Polaino dice al respecto: “Si no hay conocimiento de sí mismo es imposible, en la práctica asumir la dirección de la propia vida”.

Por ejemplo, una niña con una baja autoestima física debe ser ayudada a quererse porque tiene un cuerpo que respira y tiene energía. Y así con el disléxico, el tullido, el tímido, etc.

3. Todos somos distintos

Un sano realismo es mucho más efectivo que la falsa idea de que hay que estar alimentando la autoestima de los hijos, incluso engañándolos. Si un niño es malo para el fútbol, lo más probable es que esté plenamente consciente de ello y no porque le digan 500 veces que es bueno va a mejorar.

Por el contrario, es conveniente que los padres lo situén en su realidad y le ayuden a hacer todos los esfuerzos, que seguramente serán el doble que el resto, para lograr, por ejemplo, chutear derecho y formar parte del equipo del colegio, aunque sea de reserva.

Con respecto al realismo, José Manuel Mañú, educador español, afirma que es importante enseñar a distinguir la diferencia que hay entre limitaciones y problemas. La limitaciones no se pueden corregir y, por lo tanto, es bueno asumirlas cuanto antes de la mejor manera posible. En cambio, los problemas sí hay que tratar de solucionarlos.

4. Todos juntos

Es fundamental que los padres se impliquen en la vida de sus hijos. Aquilino Polaino dice “que les provean seguridad y confianza, que les demuestren su aceptación incondicional, total y permanente, que les den afecto real y estable y que les muestren la coherencia de sus propias vidas”.

Por otra parte, también es importante que sean capaces de corregir sus errores demostrando querer a las personas.
Para esto, según explica José Manuel Mañú, “lo más acertado es decir ‘eso que has hecho está mal’ en vez de decir ‘eres malo’. procurar juzgar los hechos, jamás a las personas”, explica el educador.

autoestima3_156La máxima: Vivir la propia verdad

Todo lo expuesto se resume finalmente en que la clave para una sana autovaloración tiene que ver con aprender a vivir la propia verdad. Esto implica conocerse, valorarse, saber lo que se hace bien o mal y no encasillarse con etiquetas lapidarias. Los padres deben ayudar a sus hijos en el autoconocimiento y en la aceptación de su realidad. Y, por su parte, los adultos deben también estar atentos a su propia verdad.

Por ejemplo, pensemos en una madre que por gritarle a sus hijos siente que cumple mal su rol y tiene su “autoestima” de madre muy baja. Sin embargo, con ese pensamiento se crean limitantes tremendas, pues se concluye con una generalización tajante que es mala madre.

Cuando, por el contrario, se vive la propia verdad, se es capaz de evaluar lo que se hace mal, pero también lo que se hace bien, se priorizan las acciones que se quieren desarrollar y se mejora en lo que efectivamente hay que mejorar.
Siguiendo con el ejemplo, la madre podría decir: “Lo que quiero con mis hijos, lo que más me importa, es mantener una actitud cercana. Qué pasó: Les grité, no estuvo bien, pero cuando tienen pena, soy capaz de acompañarlos por 17 horas seguidas hasta hacerlos olvidarla…” En otras palabras, decir me equivoqué en esto es distinto a decir “soy una mala mamá”, pues la primera alternativa no encasilla y permite mejorar.

Peligro: autoestima dañada

• Si una persona no descubre los valores que se encierran en su vida no podrá desarrollarse como le corresponde.
• Habrá inaceptación y rechazo de sí mismo y si no sabe amarse, es muy difícil que pueda amar a los demás.
• Es frecuente la pérdida de respeto acerca de sí mismo, hay resentimiento, suspicacia. Puede surgir la envidia por las constantes comparaciones, • la competitividad mal entendida, la ansiedad y la depresión.

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