Escrito por Magdalena Pulido S. / Nº 158 /  25 Marzo 2009

vida_matri-157-2La fidelidad no debiera ser una virtud pasiva, es decir, algo que se vive simplemente porque no se ha traicionado. Esa actitud deja a las personas muy indefensas. Por el contrario, cuando la fidelidad es activa y basada en el amor, la relación no sólo es para siempre, sino que auténtica y vital.

Un hombre mayor llegó a una clínica para curarse una herida que se había hecho en la mano. Estaba apurado. Mientras el médico lo atendía le preguntó cuál era el motivo de su urgencia.

Él le contó que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allá. Llevaba varios años en ese lugar porque padecía la enfermedad de Alzheimer.

Mientras el doctor terminaba de vendar la herida, le preguntó si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.

“No -respondió- ella ya no sabe quién soy. Hace años que no me reconoce”.

El doctor lo miró a los ojos y le preguntó extrañado: “¿Y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad de ir todas las mañanas a verla y llegar tan puntual?”.

Le sonrió y dándole una palmadita en la espalda, le dijo: “Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella”.

Para toda la vida

Ejemplo de real fidelidad. De aquella que se sustenta en el verdadero amor, es decir, en la aceptación de todo lo que el otro es y no sólo en un aspecto físico o romántico.

Tomás Melendo, filósofo español, en su libro “Asegurar el amor” sostiene que es fundamental no reducir la fidelidad a evitar la traición al cónyuge. Sino que se trata de algo enormemente más positivo. “La fidelidad es aquella virtud que logra que los esposos tras 15, 20 ó 30 años de matrimonio se encuentren más unidos y enamorados que cuando eran novios”.

Ser fiel, según señala el autor, significa perseverar y acrecentar el amor, sobre todo cuando es costoso. Significa además, y de manera prioritaria, esforzarse por comprender y aceptar el modo de ser del otro.

La indisolubilidad del matrimonio no es un invento de la Iglesia. Es una realidad natural, es una exigencia de la autenticidad del amor entre un hombre y una mujer. No es una imposición autoritaria y externa que limitaría la libertad de los cónyuges. Es un seguro de vida y de éxito de un imperativo natural intrínseco al vínculo conyugal.

“¿Qué tipo de donación sería la de quien se compromete sólo mientras le resulta agradable? Si es así, la persona se transformaría en un mero objeto”, concluye Melendo.

¿Cómo asegurar el amor eterno?

vida_matri-157El haberse intercambiado los anillos el día del matrimonio no concede por arte de magia la fidelidad. La fidelidad debe ser una lucha constante, construirse día a día y debe ser una virtud activa.

La fidelidad parece algo fácilmente conseguido en los momentos más apasionados del amor sentimental, pero realmente sólo se va logrando tras años de una vida juntos. ¿Cómo hacerlo?

No es habitual llegar al acto mismo de la infidelidad sin antes haber pasado pequeñas barreras que facilitaron el camino. Es decir, la infidelidad no se produce de un minuto para otro. Según Álvaro Pezoa, profesor titular de Ética y Responsabilidad Social de la Escuela de Negocios de la Universidad de los Andes, lo más seguro es que previamente hayan existido acercamientos que conducen finalmente a la infidelidad. Para evitar ese transitar resulta importante cuidar las actitudes y ciertas cualidades en la relación matrimonial:

Acrecentar el amor. El amor no es estático, tampoco inerte. Es una realidad viva y, como tal, si se quiere que dure debe continuamente nutrirse, renovarse y enriquecerse.

El amor no se puede reducir a lo físico o a lo puramente romántico, el verdadero amor se basa en la aceptación de todo lo que el otro verdaderamente es. Prometer formar un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica la capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad.

El amor activo supone evitar la crítica continua o el juicio duro y negativo constante. Pues incluso probablemente, sean más los matrimonios destruidos por este adulterio, el de la incomprensión y de la crítica, que por las relaciones íntimas con un extraño.

“Para cultivar el amor se requiere voluntad. Día a día hay que querer querer”, concluye Álvaro Pezoa.

Cuidar la vanidad. Según Pezoa, “a todos nos gusta que hablen bien de nosotros y que exalten nuestras cualidades. Tener presente que éste puede ser un punto flaco es importante”. Es decir, hay momentos de más dificultad en el matrimonio en que si un tercero aparece vanagloriándonos puede resultar particularmente dulcificante y bienvenido. “Saber que todos tenemos una tendencia a caer en la vanidad es importante. Ojo cuando se siente que alguien nos está inflando mucho”, agrega el académico.

Cultivar la humildad. Es una forma positiva de evitar la vanidad. Además, la humildad en el matrimonio fortalece la unidad por dos razones fundamentales. La primera es que por la humildad se conocen las propias debilidades que hay que superar. Y la segunda es que ésta es la virtud que ayuda a captar cuánto se requiere del otro.

Fomentar la cooperación. Establecer una relación de mucha ayuda mutua entre los cónyuges crea un nexo real y una necesidad recíproca del uno por el otro. La cooperación ha de estar presente en las grandes decisiones pero también en miles de detalles diarios de la vida cotidiana que, sabiéndolos abordar de a dos, sin duda fortalece mucho el compromiso. “Si la vida de ambos corre en paralelo, ninguno se preocupa de servir o colaborar con el otro y, consiguientemente, se forma un caldo de cultivo para la infidelidad”, dice Álvaro Pezoa.

Alegría y buen humor. Un matrimonio implica convivir con las maravillas del cónyuge, pero también con sus defectos, obsesiones, manías y debilidades. Ideal para sobrellevar esos aspectos es tener siempre una cuota de humor, saber reírse de los defectos propios y darle importancia a lo que realmente la tiene. Cuando se pierde el humor y la alegría, las pequeñas fricciones se van agrandando y como pueden ser recurrentes, empiezan a ser una mochila que debilita el vínculo.

Generar proyectos en común. Contar con proyectos que unan, que generen comunidad; ellos no pueden faltar. Independiente de que finalmente éstos no se lleven a cabo, siempre es importante tenerlos en la mira. Pezoa es tajante: “Tan pronto como estos proyectos se diluyen, se diluye el sentido de la vida en común”.

Aplicar sabiduría práctica. Esto implica saber detener las instancias que pueden llevar a una infidelidad. Hay que guardar lo lúdico para la vida matrimonial, evitar conversaciones íntimas y personales con un tercero, evitar los excesos de confianza etc… Ser prudente, lo que no significa ser lejano, frío ni indolente. Todo en su justo término medio.

No hay ningún matrimonio en que todas estas cosas funcionen en un cien por ciento, pero es importante tenerlas presente y trabajarlas con espíritu deportivo. No siempre resultan, pero cuando funcionan, las eventuales dificultades se hacen mucho más llevaderas.

4 dimensiones de la fidelidad matrimonial según Juan Pablo II

La búsqueda: Quien no busca ardiente, paciente y generosamente a su pareja ideal, jamás tendrá a quien serle fiel. Hay que preguntarse a quién debo entregarle el resto de mis años para ser feliz buscando su felicidad.

La aceptación: Aceptar a quien se elige como pareja es confesar que se está listo para vivir lo bueno y lo difícil que venga. La fidelidad es amar al otro tal cual es.

La duración: Esta es la dimensión más exigente de la fidelidad.

La constancia: “Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida”.

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