En la etapa preescolar es difícil hablar de niños con malos hábitos, ya que están en pleno proceso de aprendizaje. Lo importante es que siempre haya un adulto cerca enseñándoles a comportarse socialmente.
Si se quiere educar niños con buenos modales y adaptados socialmente, la tarea está en manos de padres y profesores. Un menor no tiene por qué saber lo que nadie le ha enseñado y si no se van modelando sus conductas es difícil que espontáneamente entienda por qué tiene que saludar, pedir por favor, dar las gracias, respetar turnos, etc.
“Los adultos esperan que un niño de tres años se comporte como si fuera una persona grande. Socialmente le exigen cosas que nunca le han explicado y no toleran conductas que aparentemente son de mala educación. Se olvidan de que están frente a un niño que no tiene por qué conocer las normas de convivencia”, afirma Anne Marie Oliger, profesora de inglés y de básica, y directora del Programa de Educación Integral de Seduc.
En otras palabras, nunca se deben dar las cosas por sabidas y hay que explicarlas en forma muy gráfica, ya que los menores son extremadamente concretos.
En el colegio, por ejemplo, hay que aclararle a los niños que cuando uno quiera hablar en la sala de clases tiene que levantar la mano. El profesor les puede proponer hacer un ensayo: “Hablemos todos al mismo tiempo y yo trataré de decirles algo”. De inmediato los niños se darán cuenta de que nadie se entiende con nadie.
En la casa, en tanto, si se le pide a un niño que ordene los juguetes, las primeras veces el adulto tendrá que hacerlo con él y mostrarle que los autos van en un lugar y las muñecas en otro; de lo contrario, éste puede creer que ordenar es meter todo mezclado en una caja.
Pautas generales
Para formar buenos hábitos sociales, primero hay que considerar el período de desarrollo del niño. Francisca Rodas, educadora de párvulos, ejemplifica: “Si un niño saca dulces a puñados de un canasto, no hay que asustarse. Se trata de algo normal, porque ese niño está viviendo una etapa muy egocéntrica en la que considera que todo es de él. Si se retrae, uno tendería a pensar que se trata de un niño inseguro”. Agrega que el adulto es quien debe mediar diciendo: “Acuérdate que vamos a sacar un solo dulce para que alcancen para todos los niños”.
En segundo lugar, es importante adelantarse a las situaciones. Por ejemplo, un menor de tres años no tiene por qué entender que cuando llega a su casa alguien que él no conoce, hay que saludarlo. Pero si el adulto le explica con anticipación: “Va a venir a almorzar un amigo mío. Yo lo voy a saludar porque quiero recibirlo bien, así es que cuando llegue tú también puedes decirle ‘hola’”, lo incorporará más fácilmente. “Todo este proceso que parece obvio, para el niño no existe si uno no se lo ha dicho. Con el tiempo, saludar se volverá un hábito porque va a haber entendido lo que eso significa”, asegura Francisca Rodas.
Por último, es clave un enfoque positivo, que destaque lo que se hizo bien y procure mejorar lo que faltó. Por ejemplo: “Me encantó que le dieras las gracias a la abuela. ¿Te fijaste que se puso muy contenta? La próxima vez, además le vamos a pedir el agua ‘por favor’”. Así, se refuerza la buena conducta y se propone una mejora, pero no se destaca lo negativo, ni se impone un castigo.
Polos anormales
“Si un niño está teniendo conductas disruptivas que escapan de los patrones normales, no significa que sea mal educado, sino que está pasando por un momento difícil a causa de un hecho concreto”, asegura Anne Marie Oliger. A su juicio, es importante indagar qué ha ocurrido en la casa o en el colegio, porque ese niño está llamando la atención por algo. “Cuando nace una guagua en la familia, por ejemplo, hay niños que se ponen agresivos o que vuelven a gatear o a hacerse pipí. Aquí no hay un tema de malos modales, sino un problema de celos”, explica.
En el otro extremo, están los llamados “viejos chicos”, esos niños casi perfectos o excesivamente adaptados, que muchas veces actúan así por temor o inseguridad. Por ejemplo, un menor de tres años que suelta un juguete cuando otro niño intenta quitárselo, sin que nadie le pida que lo haga, cuando lo normal es que él trate de conservarlo. Sin embargo, hay que considerar que cada niño es diferente y algunos son más dóciles o aprenden más rápido a comportarse socialmente.

