Usar la vejez como excusa para no aprender cosas nuevas es el peor favor que un adulto mayor puede hacerse a sí mismo. En cambio, convencerse de que no hay tope de edad para los desafíos y el uso del cerebro, trae sólo satisfacciones.
TESTIMONIO
Una bisabuela llena de proyectos
Hace diez años casi todos los hijos de Carmen Délano se habían casado. Entonces, una amiga le propuso trabajar en una corredora de propiedades y ella aceptó, aunque no sabía nada del negocio. “Aprendí y al poco tiempo me independicé. Ahí hice varios diplomados de corretaje para darle más seriedad”, dice.
Trabajando se dio cuenta de la utilidad de los computadores. Así que compró uno, aprendió sola lo básico y luego se metió a un curso junto con su marido. “Él empezó a pedirme que le mandara mails. Y yo le dije que mejor aprendiera él también”, recuerda. Además, usa estos conocimientos para comunicarse con sus nietos, a quienes anuncia por mail las invitaciones.
La facilidad con que Carmen entró al mundo laboral y tecnológico no es suerte ni casualidad. Es la continuación lógica de toda una vida muy activa. “No hay curso que yo no haya hecho”, dice, y cuenta que siempre combinó la familia con otras actividades. Hoy juega bridge, da la comunión en una clínica, lee, va al teatro, trabaja y, desde que quedó viuda, también aloja donde sus nietos cuando los papás no están.
Por supuesto, la viudez no ha sido fácil. Sin embargo, no se le han ido ni la energía ni la alegría. Las renueva en sus clases de baile, donde va día por medio hace 20 años, y no se siente la más vieja, sino la primera. También le fascina la gente joven, quienes le sacan partido a ella de vuelta: no por nada un nieto le pidió ser su madrina de Confirmación. Además, Carmen planea escribir la historia de su familia: “Sería una pena que mis bisnietos no supieran de dónde vienen. Y para que no sea un libro latero, voy a tomar un taller literario para aprender a escribir entretenido”.
La edad puede ser una limitación imaginaria
Al intentar usar un celular, muchos adultos mayores se paralizan y se sienten tontos. Este es un error ingenuo y sin fundamento, que sólo se debe a una falta de información. No saben que es evidente que les cueste aprender a usarlo porque es un aparato que funciona con una lógica nueva para ellos. “Lo mismo le pasaría a un joven que trata de aprender a bordar, porque no tiene conocimientos previos en esas áreas”, ejemplifica Verónica Orellana, subdirectora del programa Adulto Mayor UC, antropóloga y magíster en gerontología social.
Una segunda idea que cambia la perspectiva, es saber que muchas veces se culpa a la edad de falencias que tienen otras causas. “Si cuesta aprender algo puede deberse a que no se han entrenado las habilidades o simplemente a que no se tiene el talento”, dice Verónica Orellana. Lo mismo si a la persona se le perdió algo o se cayó. “No siempre la culpa es de la vejez, sino que la persona es descuidada o sencillamente fue mala suerte”, explica la experta.
Edad con mala fama
Entonces, es urgente mirar la vejez con otros ojos y adecuados a los tiempos actuales. “No sirve compararse con los adultos mayores de épocas anteriores. Hoy, a los 70 años, la mayoría de la gente está en condiciones de aprender y de aportar a sus familias, es una nueva realidad”, dice la antropóloga.
La visión negativa produce miedo y victimización, y no sólo en los mayores, sino en la sociedad entera. Queda claro al analizar la sorpresa que produce ver a un adulto mayor dichoso de estar vivo, trabajando contento o motivado con aprender tecnologías o un nuevo idioma. “Quedamos impactados, pero en realidad es lo natural, eso debiera ser lo normal. Aprender y emprender proyectos es lo propio del ser humano”, advierte Verónica Orellana, y aconseja: “Cada uno, a la edad que tenga, debe preguntarse cómo está, de qué es capaz, qué le interesa… No ponerse el límite de la edad a priori”.
Cuesta sólo el primer paso
“Parten con un curso y a los pocos meses están inscritos en un montón de cosas”, cuenta Stellamaris Porzio, directora de Vita-Mayor, quien ve un claro patrón en los alumnos: “Cruzan la puerta y no hablan de enfermedades y achaques. Dicen que aquí vienen a aprender y a llenarse de temas más entretenidos”. La mayoría de los alumnos son mujeres, pero ve una tendencia de aumento de hombres. “Las generaciones nuevas se están sacando el complejo de ser jubilados. Los hombres se interesan especialmente por los talleres más académicos, como historia o literatura”, dice.
Ideas Motivantes
El entusiasmo por seguir aprendiendo sólo es verdadero cuando nace del interior de la persona. Pero hay maneras de motivar su florecimiento:
La familia debe mirar al adulto mayor como un miembro más del grupo, no con actitud de beneficencia. De esa manera sólo lo anularán. Las relaciones que hacen felices son las recíprocas, donde cada uno aporta lo que es y lo que tiene.
A toda edad conviene que el aprendizaje tenga beneficios prácticos para la persona. Es distinto saber computación porque sí, que usar Internet para comunicarse con un hijo que vive lejos.
Siempre es más fácil aprender en grupo, con personas de la misma edad y con una metodología adecuada. Cada adulto mayor debe buscar la manera que más le acomode.
Es fundamental convencerse de que aprender a esta edad es seguir haciendo lo que se ha hecho la vida entera, que no es nada nuevo.
Se debe saber que el envejecimiento es un proceso de diferenciación. Por eso hay que tener cuidado con las etiquetas o las generalizaciones. Lo que puede hacer o no cada adulto mayor depende de cuán entrenado esté, de su salud física, de su disposición emocional, etc.

