Tolerancia es un palabra mediática, que los adolescentes suelen incluir en su vocabulario como muestra de que no tienen prejuicios y que lo aceptan todo. Sin embargo, promover una acertada aplicación de este concepto no es fácil y es una gran tarea para los padres.
Por Magdalena Pulido
Se dice que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil de practicar y muy difícil de explicar. Tolerancia es un término cuyo significado varía bastante. Viene del latín, que significa soportar, sufrir, sostener, y, según la Real Academia Española, es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.
En este sentido, estimular la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y erradicar la violencia. Y como hoy éstas son características comunes en los diversos ámbitos de la vida social, se hace imprescindible inculcar este valor. Sin embargo, su aplicación es compleja, y según escribe el autor español Alfonso Aguiló, es importante no caer en reduccionismos, no trivializar su significado, y evitar el relativismo, el aceptarlo todo.
Para ello hay que saber que la tolerancia tiene su justa medida y tiene límites. A nadie se le ocurre que haya que tolerar el robo, la violación o el asesinato. Ni nadie cree que imponer la ley o un sistema de autoridad sea una intolerancia. De pensarlo así no se podría vivir pacíficamente en sociedad. “Promover la tolerancia no es tolerarlo todo. Nadie, ni el anarquismo más radical, considera la tolerancia como algo ilimitado”, escribe Aguiló.
Entendiéndolo así, la tolerancia más básica, por decirlo de alguna manera, es aquella que se entiende como respeto a la legítima diversidad. Por ejemplo, ser alto o bajo, rubio o moreno, pertenecer a una u otra raza, a uno u otro equipo de fútbol o partido político, son diferencias legítimas que deben ser toleradas.
El problema es cuando la diversidad deja de ser legítima, es decir, choca con el bien común o con los derechos de los demás. Aquí, la verdadera tolerancia no debe traducirse en una actitud de neutralidad o indiferencia, sino que exige una posición que se fundamente en una firmeza de principios y que encuentra su límite en lo que según esas convicciones es intolerable. De hecho, según Aguiló, la única manera de evitar llegar a tolerar situaciones aberrantes es procurando que la sociedad sepa reconocer en el hombre su inviolable dignidad y que después elija legisladores que también lo hagan.
Pero esto sin duda “empieza por casa”, y la educación de la tolerancia está en manos de los papás.
¿Intolerantes?
Padres elegidos al azar contestan en su mayoría que sus hijos adolescentes son intolerantes. Así lo sienten, pues ven que sus hijos no los escuchan y que son incapaces de ponerse en la postura de otro. Sin embargo, eso no es intolerancia, sino algo normal en el proceso que está viviendo el adolescente donde busca su identidad y la diferenciación, que para él es clave. “El poder discrepar y entrar en un diálogo de opiniones -que pueden no coincidir-, es un ejercicio necesario para el desarrollo del adolescente y es bueno que tome postura frente a distintas realidades”, señala el psiquiatra Sergio Barroilhet.
Y que esto ocurra en su familia es fundamental porque este núcleo está protegido por el amor que padres e hijos se tienen. “Es decir, entre ellos pueden haber distintos puntos de vista, pueden demorarse en resolver un desacuerdo, pero eso no pone en juego el amor que se tienen. Por otra parte, la postura de los padres siempre estará interesada en buscar lo mejor para sus hijos”
En otras palabras, es fundamental aprovechar este período de diferenciación que vive el hijo adolescente, para “ajustar” su tolerancia. “Asentar las que serán sus creencias, sus valores y los límites que tendrán que proteger y defender para no dañar sus intereses ni los del resto de la sociedad”, afirma el psiquiatra. “Y ojo, que esa afirmación de postura no es intolerancia, sino que es la claridad de saber qué nos hace bien y que no”.
La tolerancia se enseña
Hay tres puntos importantes a la hora de inculcar la tolerancia. Estos son:
1. Conversar: clave es darse el tiempo de hablar con los hijos acerca de diversos temas y según sea su edad, madurez e intereses, conocer cuáles son sus opiniones.
2. Escuchar y dar cabida a la opinión del hijo: muy importante es en la medida que se tengan discrepancias, no “callarlos” y por el contrario darles opción a que expresen su posición. Es difícil poder educar la tolerancia si uno como padre no parte con un ejemplo de tolerancia hacia el pensamiento de un hijo. Escucharlo, entender que tiene derecho a tener opinión, aunque esté equivocado, es fundamental. “Cuando los padres invalidan la opinión de un hijo sin ni siquiera oírlo, dan el peor ejemplo de tolerancia y, lo que es peor, cortan los canales de comunicación para encauzar lo que sea necesario”, dice Barroilhet.
Lo que sucede es que: “Por un efecto paradojal, el adolescente para diferenciarse de lo que le dicen sus padres busca transgredirlos y es probable que asuma posturas que más allá de ser racionales y fruto de su convicción surgen simplemente para diferenciarse de sus padres. Por esto hay que ser muy cuidadosos”, explica el especialista.
3. Estar preparados y tener sólidos conocimientos: Los adolescentes tienden a provocar y tensionar el vínculo con sus padres a través de temas polémicos para tantear sus opiniones y ver qué tan resueltos y seguros están de lo que dicen. Entonces según Barroilhet, en el proceso de educación de la justa tolerancia, es importante que los padres tengan argumentos sólidos para defender sus valores y evitar caer en una disputa emocional.

