Muchas cosas han cambiado en estos doscientos años de vida independiente, pero si hay algo que se ha mantenido estable es el papel de la mujer en la sociedad. Oculto, silencioso, y desconocido, su rol en realidad nunca se ha limitado al ámbito del hogar. A diferencia de lo que muchos creen, la mujer estaba inserta en el mundo mucho antes de la lucha por el voto femenino y de su irrupción en el ámbito profesional.
Por Pía Orellana G.
Pareciera que la mujer hoy vive presa de sus roles. Son tantos y tan diversos que hay razones para entender por qué clama por ayuda. Sin embargo, la multiplicidad de responsabilidades es tan antigua como natural en ella, por lo que rechazarlas es como negar parte de la esencia femenina.
“Recién en los 80, 90, llegó a Chile la ideología de género, según la cual la mujer, para ser digna, tenía que tener los mismos derechos que el hombre”, señala la periodista Mariana Grünefeld, quien próximamente publicará un libro sobre los valores de la mujer chilena. Una idea que había cobrado fuerza en los ‘60 con la píldora anticonceptiva, pero que rápidamente se extendió a otros aspectos de la vida. A partir de ese momento, la mujer abandonó parte de esas características que la hacían única, para comenzar a imitar el actuar del hombre. La meta era parecerse a él. “El problema es que recién hoy se está dando cuenta que eso no la ha hecho feliz”, concluye Grünefeld.
No es difícil darse cuenta porqué. Largas jornadas de trabajo, sueldos inferiores a los de los hombres, guarderías y jardines infantiles de mala calidad, escasa flexibilidad laboral, un estilo de vida cada vez más demandante y, por sobre todo, falta de tiempo, han dado como resultado una mujer agobiada y desorientada… y, como consecuencia, una sociedad deshumanizada.
La mujer en la familia ocupa varios ministerios: Educación, Salud, Bienestar, Economía… y Transportes.
A cargo de la “pequeña república”
A diferencia de lo que tendemos a pensar, esto no ha sido producto de su llegada a puestos de poder. “La mujer ha sido poderosísima en Chile siempre”, asegura Mariana Grünefeld. “No ha tenido que ocupar cargos públicos para tener poder. Es decir, puede que antes no haya tenido los cargos, pero independiente de eso, la que mueve los hilos en Chile siempre ha sido ella”.
Algo que constata la historiadora Alexandrine de La Taille, quien ha investigado a la mujer chilena del siglo XIX. “Al transformarse Chile en una República, la educación de la mujer sufrió un giro radical. Previo a ello, en el siglo XVIII, se le enseñaban labores femeninas, de manera que pudiera llevar la casa y criar a sus hijos. Era una educación muy amplia, no de lápiz y papel como la entendemos ahora. Pero tras la Independencia surge el interés porque la mujer sea una agente fundamental en la educación del futuro ciudadano, para lo cual debe ser instruida”, explica.
Es por eso que el Estado abre las puertas del país a dos importantes congregaciones: la de los Sagrados Corazones de Jesús y María (Monjas Francesas) y el Sagrado Corazón (Monjas Inglesas, que en realidad son francesas). A partir de 1854 se hacen cargo de la formación femenina tanto de la elite como de la población de menores recursos. “Hay una frase que está en los manuales del Sagrado Corazón que da cuenta de su revolucionario enfoque educacional, que dice que el hombre está para servir a la República y que la mujer está a cargo de la ‘petite république’, de la pequeña república”, señala la historiadora. “De ahí que fuera tan importante educar a la mujer, porque finalmente el futuro mismo del país estaba en sus manos”.
La salida de la mujer de la casa tampoco era anormal. En los sectores menos favorecidos, la mujer debía trabajar. En muchas familias era la sostenedora “oficial”: en 1910 el 38% de niños nacidos vivos caía en la categoría de “huachos”, con lo cual la madre, en buen chileno, tenía que “apechugar”.
“Mientras la mamá trabajaba lavando ropa, como empleada doméstica o costurera, los hijos quedaban al cuidado de las vecinas o del grupo familiar que vivía en los conventillos. Se criaban los niños unos con otros”, dice Alexandrine de La Taille.
En los sectores más acomodados, la mujer cumplía una importante labor social. “Visitar a los enfermos o bordar las vestimentas de los sacerdotes tenía un sentido muy trascendente y eran parte del rol que debía cumplir”, agrega la historiadora.
El hombre, fuera por su trabajo o por la guerra, era el gran ausente, y la mujer debía enfrentar importantes desafíos sola. Por lo pronto, quizás los más duros y comunes eran la enfermedad y la muerte: “Cuando uno revisa la correspondencia de esos años, siempre en el primer párrafo hay una alusión al estado de salud. La gente convivía con pestes, tifus, fiebre, y todo eso te podía provocar la muerte. Era normal que a una mujer se le muriera uno o dos hijos durante el parto o en los primeros años de vida, pero el que fuera algo normal no implica que provocara menos sufrimiento”, señala Alexandrine de La Taille.
El valor de la mujer
“Un mundo sin la humanidad de la mujer es un mundo muy triste”, dice Mariana Grünefeld. “Y ha sido el hombre el que se ha dado cuenta de eso. La mujer posee unos valores que se necesitan urgentemente”.
En primer lugar, su capacidad de generar redes en la sociedad. “Tras el terremoto, uno veía a los hombre martillando, armando casas, pero ¿quién les daba de comer a esos hombres?”, plantea la periodista. Es la mujer la que organiza las ollas comunes, la que reúne a los vecinos, la que establece las redes de contacto; hace de puente, un puente sin el cual la sociedad no puede funcionar.
Otra característica fundamental es su empatía. “Un estudio demostró que la mujer tiene una capacidad neuronal diferente a la del hombre, que le permite percibir los sentimientos de los demás”, asegura Grünefeld. De esa manera, ella puede anticipar necesidades, captar problemas, ver lo invisible. Esa capacidad de empatizar sería también producto de su aptitud para el sufrimiento físico. Es quien tiene a los hijos, lo que le facilita comprender el dolor de los demás.
Entonces, más que repartir responsabilidades, más que “enrolar” a la mujer, el gran desafío de este tiempo es valorar lo que ella es. “La mujer ya demostró que puede ser y estar en lo que quiera. Puede ser gerente, puede ser hasta presidenta de un país, el punto es que lo que haga, lo haga como mujer”.
Una labor nada de fácil, pues son las mismas mujeres las que inconscientemente tienden a pensar que sólo valen en la medida que se parezcan al hombre. El nuevo feminismo consiste en dejar de competir con él y hacer las cosas de una manera profundamente femenina. Con ello, podrá ser ese pilar fundamental en la sociedad a la que está llamada, pero con la tranquilidad que le reporta el saber que lo es.
Un mundo de responsabilidades
La mujer del Bicentenario tiene una larga lista de roles que cumplir. Algo similar ocurría en el pasado, sólo que hoy sus posibilidades son mayores.
1.Esposa
Aunque los matrimonios han disminuido, las convivencias han aumentando, lo que quiere decir que la mujer sigue estableciendo relaciones de pareja. Ello podría deberse a que legalmente ambas condiciones suponen iguales beneficios, lo cual ha desincentivado el compromiso civil. Otro factor importante es el mayor nivel educativo de la mujer: “En Chile hay las mujeres eligen como pareja a hombres con igual o mayor educación… eso restringe el ‘mercado’ matrimonial”.
2.Dueña de casa
Aunque casi un tercio de los hogares tiene a una mujer como jefa de hogar, ésta no quiere abandonar su control sobre la casa. Una encuesta realizada por la socióloga Soledad Herrera refleja cómo el trabajo doméstico es todavía visto como exclusivamente femenino: “El estudio investigó cómo se distribuían las labores de la casa entre los hijos. Resultado: los hijos hombres prácticamente no hacían nada. Si educamos así a los niños, no podemos pedir después co-responsabilidad”.
3.Mamá
Insustituible, la mujer es quien principalmente se ocupa de los hijos, independiente de que ella trabaje o de que el marido colabore en la casa. Esto explica en alguna medida la baja tasa de inserción laboral. “Hay poca confianza en las instituciones de cuidado, lo que lleva a hombres y mujeres a pensar que el niño, donde mejor está, es en la casa. Eso desincentiva que la mujer salga a trabajar”, dice Soledad Herrera, socióloga de la Universidad Católica.
4.Proveedora
Aunque la mujer chilena trabaje, persiste la tensión en cuanto a los extensos horarios de trabajo y la ausencia de flexibilidad, que le impiden cumplir sus otros roles. Para Soledad Herrera, Chile está atrasado en la oferta de trabajo part-time. “En Europa es una realidad que ha traído aparejado un aumento de la fecundidad. Acá, conlleva un alto costo para la carrera profesional y es mal remunerado. Es difícil compatibilizar con la familia”.
CIFRAS
- Hijos por mujer
1810: 8,3
1910: 6
2009: 1,9
- Altura de la mujer
1810: 1,46 m
1900: 1,48 m
2004: 1,55 m
- Cesáreas
1810: El parto ocurría en la casa y la madre era asistida sólo por mujeres. Las cesáreas sólo se realizaban cuando la mujer había muerto y había posibilidades de salvar al hijo.
2009: Chile es uno de los países donde más partos por cesárea se realizan en el mundo (alrededor del 35% en el sector público y sobre el 60% en clínicas privadas).
- Población y matrimonio
1850: 7,02 matrimonios por cada mil habitantes
2008: 4,43 matrimonios por cada mil habitantes
- Fuerza de trabajo femenina
1907: 28%
2009: 43%


