Lo que vivieron Rodrigo Prieto e Isabel Margarita Hurtado es bastante común: los problemas cotidianos y la incomunicación debilitaron su matrimonio hasta romperlo. Lo diferente está en el desenlace que tuvieron. Esta historia muestra cómo los pequeños detalles pueden hacer arder Troya… y cómo esos mismos detalles sirven para que todo vuelva a fluir.
Por Pía Orellana / porellana@hacerfamilia.net
La inestabilidad económica ha sido la tónica de los 25 años de matrimonio que llevan Isabel Margarita Hurtado y Rodrigo Prieto. Se casaron jóvenes, después de haber pololeado más de cinco años, “con toda la ilusión de algo que hoy la gente se plantea poco, que es la idea de casarse para toda la vida”, como dice él. “Fue un poco lanzarnos a la aventura. Yo salí del colegio y no estudié, sino que me puse a trabajar. Aunque ganaba una miseria y la Isabel todavía estudiaba, lo único que queríamos era casarnos”.
Tuvieron la suerte de poder vivir en una casa en la que no tenían que pagar arriendo. Ganaban poco, pero gastaban poco; no necesitaban más. Al año y medio nació su primera hija; dos años después, la segunda. Luego vinieron el tercero y la cuarta, en un lapso de ocho años. Todo ello les implicó ajustarse, con el agravante de que los cambios de trabajo de Rodrigo ya estaban siendo recurrentes y la cesantía temporal estaba descuadrando todo. “Hemos tenido períodos de bonanza y otros de nada, nos hemos agrandado y achicado, y diría que el 80% de los problemas que tuvimos y llevaron a un quiebre surgieron de esta inestabilidad, de esa sensación de inseguridad”, reflexiona.
Mientras tanto, el ambiente familiar se fue deteriorando. Isabel reconoce: “Uno puede ser súper avanzada en la manera de pensar, pero igual tiene pegada esa cosa cultural que te lleva a preguntarte no por qué yo lo estoy manteniendo, sino por qué él no hace algo para que yo no lo mantenga”. Sobre sus hombros sentía la presión de no decir nada que a Rodrigo le oliera a recriminación y, al mimo tiempo, trabajaba como loca porque de eso dependían para vivir.
El fondo del problema, la incomunicación
La rabia fue creciendo cada vez más dentro de Isabel, sobre todo cuando a Rodrigo lo echaron después de trabajar seis años en una empresa del rubro de la música; ya habían nacido sus cuatro hijos. “Nosotros nunca habíamos hablado de esto y eso era parte del problema. Yo nunca verbalicé nada, un poco para mantener la paz, para que no se sintiera mal, y fui guardando tanto que al final empecé efectivamente a culparlo de cualquier cosa. No lo soportaba. Esa última fue una cesantía larga, de como seis meses, y desde mi punto de vista, Rodrigo no estaba haciendo nada por encontrar trabajo”.
Esto tampoco coincidía con la actitud que había tenido antes; siempre había buscando qué hacer o de alguna manera se las arreglaba para tener ingresos. Hasta recorrió los pueblos del sur vendiendo zapatillas puerta a puerta. Pero esta vez no. “Yo creo que a él le vino una depresión profunda y no nos dimos cuenta”, dice Isabel.
Todo esto la irritó tanto que un día lo invitó a comer; al pedir la cuenta, le dijo que no lo soportaba más y quería que se fuera de la casa. Rodrigo recuerda: “La verdad es que yo no veía el problema, más bien creía que estaba limitado al aspecto económico. Nunca se me ocurrió tampoco que ese fuera un problema para terminar un matrimonio. Por eso cuando la Isabel me planteó esto, fue una sorpresa. Yo pensé que era un llamado de atención como para que nos sentáramos a conversar, que se le iba a pasar al otro día, pero no, ya era tarde”.
Ella agrega: “Nosotros nunca habíamos trabajado la comunicación. Prácticamente habíamos crecido juntos y éramos como amigos, hermanos, entonces había muchos supuestos de por medio. Si tú sentías u opinabas una cosa dabas por hecho que el otro lo sabía y lo entendía”, dice Isabel.
Rodrigo complementa: “Cuando está todo bien uno no ve lo malo. Pero cuando empiezas a estar mal, empieza a aparecer la maleza y la quieres tapar. Y eso fue lo que nos pasó. Conversábamos poco, porque conversar era hablar de problemas y entonces, qué lata, sobre todo cuando ves que el problema eres tú, que no estás cumpliendo parte de lo que debieras cumplir. Y bueno, limitas también el problema porque crees que es algo puntual y no te das cuenta que va más allá”.
El dolor de los niños
Esa noche, cuando llegaron a la casa, sentaron a los cuatro niños en el living y les contaron que se iban a separar y por qué. “No se me va a borrar nunca, es el dolor más fuerte que he tenido en mi vida, el verlos llorar de la forma en que lloraban. No estaba sufriendo sólo porque me tuviera que ir o porque hubiera fracasado mi matrimonio, sino por lo que le estaba haciendo pasar a mis niños. Es un dolor más fuerte incluso que la muerte de mi papá, lo que es mucho decir. Cuando cerré la puerta y vi la imagen de mis cuatro hijos llorando, me dije ‘tengo que recuperarlos’. Agarré mi bolso y me fui a la calle, sin ni uno, a iniciar un proceso de analizar qué había pasado”.
El cuadro, para Isabel, era diametralmente opuesto: “A uno le puede sonar raro, pero realmente yo sentí un alivio inmenso. También fue tremendo ver a los niños, pero así y todo era tal mi enojo que anulaba cualquier cosa. Yo sólo le pedí que se hiciera cargo de la educación de los niños, algo medio feminista de querer demostrar que me la podía sola”.
Fue una separación drástica. “Yo lo borré de mi vida. No quería saber nada de él. Adoptamos el clásico sistema de fin de semana por medio, y eso significaba que los niños salían del departamento y él los dejaba en la puerta. Yo ni me asomaba”.
Al poco tiempo, Rodrigo volvió a trabajar. “Yo me di cuenta que soy así y voy a ser así toda mi vida. No soy un abogado que tenga un estudio, no soy un arquitecto que tenga su oficina, no soy un ingeniero… soy un gallo que se educó en el peor momento de este país, me tocó estudiar en tiempos de la UP y los primeros años de Pinochet, un tiempo en el que todavía pensábamos que uno podía hacerse la vida sin estudios. Entonces obviamente yo voy a tener una inestabilidad muy marcada, porque me ha ido súper bien, pero también súper mal. La reflexión que hice era que me iban a tener que aceptar así, porque así era yo. Entonces tenía que ver cómo lograba que la Isabel entendiera que yo era así, cómo romper esa rabia que ella tenía y hacerme visible a sus ojos otra vez”.
Pero en los planes de Isabel no estaba volver. “Yo ya había cerrado el capítulo. Intentaba relacionarme con él de la mejor forma posible porque era el papá de nuestros hijos, pero si no los hubiera tenido, probablemente no lo habría visto nunca más. Esa rabia me tenía tan ahogada que superaba cualquier tipo de cariño que haya podido tener por él”.
El regreso
Tras una primera conversación -“muy desagradable”- Isabel logró desahogar su rabia y Rodrigo comenzó a sentirse más seguro. Vio que, superada esa barrera, volver era una posibilidad. Para su cumpleaños, le envió unas flores que hicieron un clic en Isabel. “Me marcaron mucho, lo llamé y le dije que la próxima vez que fuera a buscar a los niños, pasara a la casa”. Volvieron a conversar, a reírse, a disfrutar estando juntos y en familia. Ya no era sólo conversar por plata o de problemas.
“Yo quería tener una relación firme con él, pero sin esperanzar a los niños en vano. Después de soltar todo lo que yo tenía, de decirle todo lo que yo pensaba, tuve un cambio. Cuando me mandó esos tulipanes ya había decantado mi enojo y se abrió un espacio ya para el coqueteo, para conversar un poco más”, recuerda Isabel. “Él había cambiado también. El hecho de que hubiera encontrado pega también ayudaba, porque yo ya no lo veía como un bulto que estaba echado viendo tele”.
Ocho meses después decidieron volver, con la convicción de que el matrimonio es para toda la vida. De eso han pasado ya nueve años, en los cuales la inestabilidad económica ha persistido, pero que ellos enfrentan de otra manera: comunicando sus sentimientos a tiempo. HF


