Descripción operativa (David Isaacs)
Una vez tomada una decisión, lleva a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido.
Por Diego Ibáñez Langlois / dibanez@hacerfamilia.net
Hasta cierto punto es comprensible. Se comienza producto del entusiasmo más que de la reflexión. Una niña se siente atraída por las clases de guitarra, pero el aprendizaje es lento, requiere de constancia y no faltan aparentemente buenas excusas para dejarlas. A los niños les encanta empezar a ordenar, pero después de tirarlo todo en el suelo también les encanta arrancar de la montaña desparramada. Pero esta inconstancia demuestra que esta virtud no se debe inculcar en niños muy chicos. El entusiasmo que no resiste el tiempo está al alcance de todos y es la ruta de lo fácil. Mantener, en cambio, la decisión inicial cuando surgen los contratiempos o la necesidad de un esfuerzo prolongado, es la grandeza de esta cualidad que se deriva de la fortaleza.
Comenzar y recomenzar
El secreto de la constancia consiste en querer siempre recomenzar, en no desanimarse, en saber que todo lo que vale la pena merece pasar penas sin descartar lo valioso. El esfuerzo consiste en mantener el ánimo firme cuando surgen inconvenientes, no sólo externos sino también de adentro. La fidelidad, que es la perseverancia de la promesa de amor, exige siempre la convicción profunda de “envejeceremos juntos”. No me casé solamente porque “te quiero”, sino “para quererte”. Saber recobrar la ilusión de los comienzos, afrontar los inconvenientes, reafirmarse en la idea de que fue una decisión acertada, ayuda a la constancia. No ceder, no transigir, no inventarse excusas que pueden parecer acertadas, y decidirse a continuar porque se trata de poner las últimas piedras. En las relaciones con Dios es fundamental saber recomenzar. Pero también en los asuntos de trabajo, especialmente cuando se trata de las tareas menos gratificantes o atractivas. En el trabajo, es muy frecuente caer en la “pereza selectiva”, es decir, emprender con entusiasmo y concluir lo que más nos gusta hacer y postergar continuamente lo que nos resulta árido.
Pensar antes de decidir
Es obvio que si se toman decisiones irreflexivas, éstas van a quedar presas en el entusiasmo inicial. A los hijos hay que enseñarles a pre-ver, a ver antes, a examinar los pros y los contras, y luego, después, con serenidad, decidir. La constancia también tiene un vicio por exceso: la testarudez, que consiste en aferrarse a la decisión aunque la experiencia nos pruebe de modo manifiesto que nos equivocamos. Es lo que en lenguaje popular se llama “piñón fijo”.
Es natural que para llevar a la práctica cualquier decisión o proyecto, nos asalte a veces el cansancio, la desmotivación, la tendencia al “picafloreo”, al cambio. Aquí se prueba la constancia. En ocasiones, habrá que decir “mañana recomienzo”, pero hay que saber distinguir las razones de la flojera y el cansancio verdadero.
También hay que prever que surgirán dificultades que provienen del ambiente y que no siempre, en el momento de la decisión, pueden ser previstas. Por ejemplo, la oposición de algunos que nos rodean, su poca colaboración, su mal consejo, etc. Los adolescentes, por ejemplo, deben saber que en toda decisión de mejora personal van a contar con contradictores, que se valdrán de todos los medios para impedir ese cambio de conducta que se han propuesto, y que pueden convertirse en una presión difícil. Ahí está la grandeza de saber seguir adelante, contra viento y marea. La perseverancia, como las obras geniales, según el célebre biólogo Houssay, es “el resultado de una larga paciencia”. Nunca hay que decirse en estos casos, “no puedo, no es para mí”. Aquí los padres deben contrarrestar estas influencias negativas y convertirse en una presencia alentadora. Pero los buenos propósitos para que lleguen a término deben ser concretos. Los muy generales son imprecisos y quedan sólo en la buena intención. HF
Todos saben empezar y el comienzo no tiene mérito; lo grande y admirable es saber concluir.

