Escrito por Diego Ibáñez L. / Nº 172 /  17 Julio 2010
La responsabilidad

Sólo a los seres que gozan del don de la libertad se les puede exigir que actúen con responsabilidad personal. Ningún animal puede ser tachado de irresponsable.

Por Diego Ibáñez Langlois / dibanez@hacerfamilia.net

Descripción operativa (David Isaacs)
“Asume las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome; y también de sus actos no intencionados, de tal modo que los demás queden beneficiados o no perjudicados”.

Cuentan que cuando Einstein llegó a Nueva York y le mostraron orgullosos la Estatua de la Libertad, comentó:  ¿Y dónde está la de la responsabilidad? Einstein era muy agudo y con su comentario demostró que tenía mucho sentido común. Especialmente en estos tiempos, en que la responsabilidad va cayendo en el olvido y pocos reconocen las consecuencias de sus actos libres. Lo usual es ver que no se arrepienten: se excusan, se justifican, inventan atenuantes. No se da la cara ni se aceptan de frente los errores, y en cambio, no es infrecuente que se atribuyan los éxitos ajenos. Ocurre en política, en la vida laboral y también en la vida familiar.

El hombre es el único ser creado capaz de anticiparse a las consecuencias de sus actos, ya que no es esclavo de sus instintos ni tendencias. Como ser racional y libre, dotado de inteligencia y voluntad, no actúa a ciegas y se le puede pedir, incluso exigir, que responda de las consecuencias de sus actos libres, que las asuma. Responsabilidad viene de responder, de no callar, de enfrentar. Por eso se dice que la responsabilidad es la madurez de la libertad. De hecho, el fin de toda educación consiste en que los hijos, por sí mismos y libremente, puedan rechazar todo lo que les perjudica y se permitan todo lo que beneficia a su alma de acuerdo a un código moral objetivo y verdadero. Por lo mismo, a mayor responsabilidad de un hijo, mayor libertad. Ellos conquistan la autonomía y se hacen menos dependientes en la medida que van demostrando ser más responsables.

La sobreprotección
Hay una tendencia de parte de algunos padres y muchas madres que los lleva a ser ellos los que asumen las consecuencias de los actos de sus hijos. ¿Cuántas veces se ha visto llegar a las mamás a la portería del colegio llevando las zapatillas o útiles que el hijo ha olvidado en casa? Creen ingenuamente que le hacen un favor, que son muestras de cariño, pero sólo aseguran que esa criatura no aprenderá a ser responsable. Los profesores se han acostumbrado a recibir “falsificativos” de mamás que excusan a sus hijos de no cumplir su obligación. “¿Cómo podía dejar que lo reten al pobrecito?” Sólo les están enseñando a mentir y a ser irresponsables.

Se educa para la adquisición gradual de la autonomía. En los primeros años, habrá que prestar todas las ayudas necesarias, pero sin perder de vista que todo lo que un niño puede hacer por sí mismo no se lo haga nadie. Así se logra que no se vuelvan cada vez más dependientes y menos libres. Se les acompaña, se les hace ver gradualmente las consecuencias de sus actos, con anticipación y en un lenguaje que ellos pueden comprender. Y si se equivocan ya sabiéndolo, deben afrontar los resultados de sus pequeñas equivocaciones. Los padres pueden hacer ensayos de libertad, sin temor a esos primeros fracasos insignificantes, que fácilmente se reparan. Es el único modo que adquieran experiencia que los ayudará a no repetirlos, pero sin la ansiedad de pretender resultados inmediatos.

Haz esto; evita aquello 
La educación de la responsabilidad implica la educación de la conciencia. Es fundamental que un hijo sepa lo que está bien y lo que está mal, no por el gusto, los esquemas, los prejuicios o caprichos de los propios padres, que pueden confundir su código moral. “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto; evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana, y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de aquella”.

La irresponsabilidad
- Con las cosas de la casa
¿Cuántos hijos, especialmente varones, consideran que la casa “es un asunto de la mamá” (o de la nana, si la hay). Sólo se quejan si algo les falta, pero no contribuyen en nada a las pequeñas tareas o al bienestar de la familia. Se van haciendo clientes exigentes de un hotel al que cada vez le piden más estrellas. Éxito en la hotelería: fracaso en la vida familiar. Para las cosas domésticas “tienen los dedos duros”. Nadie les ha hecho ver que la familia es un proyecto en común, donde todos deben aportar su cuota de servicio. Comen a deshora, dejan las luces encendidas y las toallas en el suelo, no son agradecidos y para colmo son proclives a la queja y la protesta.

En el anonimato (“éramos muchos”)
En los adolescentes suele darse un justificativo que aniquila la responsabilidad personal. Si se adquiere este vicio, puede recurrir al anonimato, o ampararse en la poco sutil frase: “es que éramos muchos”, como si la multitud dejara sin efecto la obligación de actuar con nombre y apellido, sin disfraces ni falsas excusas. O bien, como si fuera un atenuante o un eximente: “Es que estábamos con trago”. Hay que cortar de raíz estas prácticas corrosivas que hacen de las personas títeres de las circunstancias. HF



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