Las normas de disciplina de cada establecimiento escolar deben tener como único fin la formación de buenos hábitos. cuando éstas son extremadamente rígidas o mal aplicadas, pueden desmotivar a los alumnos. Por Diego Ibáñez L.
Soy una mamá que siempre está de parte del profesor. “Ellos siempre tienen la razón”, es el slogan en mi casa. Sin embargo, la regla tiene excepciones y es lo que ocurre con mi hija mayor. Ella está en séptimo básico y es una alumna excepcional, además es muy entusiasta y participa en todo. Pero hace algunos meses esas ínfulas están débiles pues, según me cuenta, la anotan y le llaman la atención porque no forró un cuaderno, porque se le olvidó el delantal, porque se le cayó el lápiz. Yo entiendo que enseñar es cansador, pero también desgastarse en corregir tantas pequeñeces puede tener su costo: “perder” a una niñita que si se le refuerza positivamente sería un valiosísimo aporte. ¿Cuál es el criterio para poner el énfasis exacto? ¿Tendré que hablar sobre esto con la profesora de mi hija?
Este caso exige reflexionar sobre qué es la disciplina en un colegio, ya que se suele perder de vista su razón de ser y se puede caer en reglamentos que, en lugar de motivar a los alumnos, les puede llevar a la frustración.
El fin de la disciplina
La disciplina no consiste meramente en unas reglas del tránsito, que si bien son necesarias en un colegio o en una sala de clases con abundantes alumnos, van mucho más allá, ya que su objetivo es formar buenos hábitos que permitan la sana convivencia y la posibilidad de trabajar bien. Todo esto exige, evidentemente, la existencia de unas normas que solamente se justifican si se dictan para salvaguardar un valor importante, vale decir, el respeto, la sinceridad, el compañerismo, la atención en clases, el cuidado de las instalaciones, la responsabilidad personal, el aprovechamiento del tiempo, y otros de igual importancia. De hecho, ninguna de estas normas debe sorprender a toda persona que entienda lo que significa ser “bien educado”. Por lo mismo, deben ser casi obvias, sensatas y razonables. Nadie en sus cabales se sorprendería que se sancione a un alumno que escupe a un compañero o insulte a un profesor, copie en una prueba o falsifique una firma.
Profesores hipersensibles
Sin embargo, hay profesores y profesoras que no sólo los árboles no le dejan ver el bosque, sino que las ramas y las hojitas le impiden ver el árbol. Son los que dan más importancia al forro de un cuaderno, a una pequeña distracción en la sala de clases, al atraso de unos segundos, y llevan un registro de los alumnos que termina convirtiéndose en un prontuario de cosas insignificantes. Ahora bien, la reiteración de faltas en las cosas pequeñas no pueden considerarse siempre como minucias, pero sin perder nunca el sentido de la proporción. En el caso que se expone se trata de una niña con estupendas notas y con la voluntad de participar con entusiasmo en las actividades que se le propongan. Con alumnos de esa índole, es una torpeza resaltar (…y castigar) las equivocaciones menores como si fueran lo fundamental, perdiendo de vista la totalidad de la persona misma. Sólo un celo profesional excesivo que no pasa por la reflexión lleva a ciertos profesores a perder el rumbo, y a olvidar el sentido que tiene la auténtica disciplina, que siempre debe ser humana y comprensible para los estudiantes.
Los profesores no pueden olvidar que son formadores, es decir, que su trabajo consiste en colaborar a la mejora personal de cada alumno, con especial dedicación a los más débiles y los más necesitados. Formar consiste en ayudar a los alumnos a que adquieran virtudes humanas conocidas y valoradas por todos. La sinceridad, la generosidad, la laboriosidad, el respeto, el afán de superación, los buenos modales, el trato cordial con todos, deben estar presentes en la relación profesor-alumno como objetivos prioritarios. Si se pierden de vista se cae en la sobredimensión de las pequeñas faltas y se olvida que los alumnos son personas a las que hay que cuidar su prestigio y a quienes hay que comunicarles energía y aliento para que den lo mejor de sí.
Un principio sano
Esta mamá parte de un principio inteligente, que muchos padres no tienen en cuenta. “Los profesores siempre tienen la razón”. No poner en tela de juicio la autoridad del docente no es lo usual. Se equivocan los padres que no lo aplican. Pero el profesor, aunque en principio siempre tiene la razón, también se equivoca. Cuando esto ocurre, no es al hijo al que se le hace ver: lo sano es recurrir al mismo profesor, sin echarle la caballería encima y sin poner por delante las descalificaciones. Con buenas palabras, es conveniente hacerle ver que si sólo se fija en el forro de un cuaderno o en el delantal, su alumna puede desmotivarse, ya que parece que no se le reconoce ninguna de sus cualidades. Como lo hace esta mamá, es útil recordar que la profesión docente es ardua, es muy cansadora y muchas veces no tiene reconocimiento, además de no estar bien remunerada. A los profesores hay que quererlos, agradecerles… y hacerles ver si cometen errores. Pero nunca desautorizarlos delante de los hijos. Muchas de sus equivocaciones las llevan a cabo con la mejor intención. Desde luego, esas correcciones profesionales deben realizarlas, en primer lugar, los propios directivos, aunque las familias pueden colaborar.
Profesores y familias en la misma dirección
Hay colegios que trabajan en estrecha colaboración con las familias, teniendo siempre presente que los padres son los irreemplazables educadores de sus hijos. El colegio no puede sustituirlos, y aunque lo intentaran, fracasarían. Por lo mismo, es pieza clave la lealtad de ambos ya que tiran del mismo carro y en la misma dirección. Aseguro que en el caso expuesto todo llegará a buen fin. La mamá que lo plantea no es la típica sobreprotectora que tanto abundan y que tanto daño hacen a sus hijas. HF

