En la amistad se comparten pensamientos profundos y, a veces, secretos dolorosos. Las personas que divulgan esa información o no la valoran, es porque no se han dado cuenta de que, en esas palabras, el otro le ha entregado parte de él mismo.
Por Luz Edwards S. / ledwards@hacerfamilia.net
“Es que no me dijiste que era secreto”, podría excusarse alguien frente a un amigo. Y claro, a lo mejor tiene razón en que no hubo una petición explícita. Pero, en realidad, quien conoce a su amigo y entiende la importancia que tuvo esa conversación para él, no necesita mayores especificaciones.
Entender esto es clave, pues quien divulga un dato confidencial está haciendo mucho más que eso: está traicionando a alguien que confió en él, está usando sin permiso ideas o hechos que le pertenecen a otra persona y está corriendo el riesgo de quedarse sin amigos, pues ser leal es atributo básico.
Pero, si en teoría todos queremos tener amigos, sobre todo a esta edad, ¿por qué a veces la arriesgamos? ¿Es equiparable el placer de contar un dato sabroso al apoyo y compañía que significa un amigo cercano que confía en nosotros?
Cuánto vale un secreto
Es cierto que hay personas que no miden sus palabras y que vuelcan todo hacia fuera sin ningún tipo de filtro ni reflexión. Con ellos cuesta tener la paciencia y el tiempo para tantas historias, y de seguro les haría un bien quien se los hiciera notar con cariño. No por nada el pensador griego Quilón aconsejó hace muchos siglos “Que tu lengua no corra por delante de tu pensamiento”.
Pero más allá de estas personalidades extrovertidas o deslenguadas, lo cierto es que todos los seres humanos tienen la necesidad de abrir su mundo interior a otros. El filósofo español Miguel-Ángel Martí en su libro “La intimidad”, dice que aunque influye la madurez, esto conviene saberlo desde jóvenes, para comenzar lo antes posible a poner más atención y darle el valor que corresponde a lo escuchado.
“Todo hombre siente un fuerte deseo de comunicación y no sólo de intercambiar opiniones, sino de compartir sus vivencias más profundas para darse a conocer y hacer partícipe a los seres queridos de su realidad más íntima”, dice. La palabra, entonces, no es sólo un ruido o un desahogo, sino que une a las personas, actúa como un puente entre dos intimidades.
Al estar conscientes de esto aparecen las diferencias sutiles. Como que callar por callar es distinto a proteger las vivencias de otra persona. Y dejar hablar a un amigo mientras pensamos en otra cosa, no es lo mismo que ponerle atención porque sabemos que necesita un consejo o desahogarse de algo que lo angustia. Es que en este tema, como en todos, la voluntad funciona mejor cuando se tiene claro la ganancia o el sentido de ese esfuerzo.
Secretos: a quién y para qué
- Se dice que las cosas deben ser dichas en el momento oportuno, frente a las personas requeridas y con el tono adecuado. Al no hacerlo, el riesgo de las infidencias aumenta dramáticamente y no es sólo responsabilidad de quien divulgó la información. El hablante es la otra cara de la misma moneda y debe ser el primero en proteger su mundo interior.- Antes de contar algo importante, es necesario pensar si la otra persona va a saber valorar lo que se le está entregando, si merece o no nuestra confianza y si a uno le va a servir de algo contarlo. Porque muchas veces el error está también en ese punto: en hablar sin pensar e incluso en, por falta de tema, recurrir a intimidades que, por respeto propio y a los demás, convendría guardarse.
Conversaciones que forman el sí mismo
Las confidencias entre amigos también tienen un rol fundamental en el conocimiento de uno mismo. “El amigo, con su presencia, con su atención, nos ayuda a terminar de pensar nuestras propias ideas. Esas ideas estaban dentro de nosotros, pero necesitábamos de una presencia estimulante que con su actitud de escucha nos estuviera diciendo ‘tus ideas son importantes, precisamente porque son tuyas’”, ejemplifica Martí.
Y conocerse a uno mismo es fundamental, pues es lo que permite vivir la vida no en piloto automático, sino de manera consciente y personal. Quien no sabe lo que le gusta, lo que piensa, qué valores son los más importantes, cuáles son sus cualidades, sus miedos, sus sueños… difícilmente podrá ser protagonista de su existencia. En cambio quien sí lo sabe, podrá coincidir consigo mismo; es decir, en él, el pensamiento y la acción serán una unidad y delinearán una manera de vivir original y reconocible.
Las modas, las costumbres, los usos establecidos, las inseguridades, los prototipos considerados exitosos, son factores que dificultan esta diferenciación propia del hombre. No es difícil que lo que “se hace” o “se dice” gane terreno, arriesgándonos a convertirnos en un componente más de la masa.
El amigo de oído paciente e interesado, es uno de los mejores estimulantes de la originalidad personal. Esto sucede en la amistad a toda edad, y en la adolescencia se suma a una de las características fundamentales de esta etapa: la persona no se siente identificada con su infancia y los modelos adultos todavía no le hacen sentido. La meta es encontrarse a sí mismo y en esa tarea los amigos son el apoyo principal, aunque ellos estén también pasando por esa crisis.
Saber morderse la lengua
Aquí, algunas ideas para ser un confidente de primera calidad:
1) Saber que el otro tiene la ilusión de saberse querido y comprendido.
2) Estar conscientes de que vale la pena escuchar, pues verbalizar las ideas ayuda a organizar los pensamientos y, por lo tanto, permite a las personas conocerse más a sí mismas.
3) Tratar de no ser demasiado curioso, para que no recurran a nosotros los exhibicionistas, sino sólo los verdaderos amigos que quieren compartir su interioridad o necesitan ayuda.
4) No confundir confidente con cómplice. Guardar el secreto es compatible con intentar hacer rectificar al amigo cuando creemos que no está haciendo lo correcto.
Saber escuchar
Por eso, cuando un amigo quiere hablar, hay que saber escucharlo. Y eso no significa sólo quedarse callado, sino acompañar con los ojos y los gestos, no interrumpir sino esperar a que el otro pida un consejo o una opinión. Hay que escuchar sabiendo que las palabras son un encuentro, que el otro se ha abierto porque nosotros le hemos dado una confianza que lo inspira, que lo hace manifestarse tal cual es.
Para que esto ocurra es condición fundamental que se escuche para comprender y no por curiosidad. Martí dice que al buen amigo le interesa más la repercusión que produce lo contado en la persona, más que los datos mismos. Esto, porque lo que busca es poder consolar, animar o alegrarse con el amigo y le entrega a él el protagonismo de ese momento.
Esa misma mirada debe primar al momento de decidir si contar o no, si publicar en Facebook o no, lo que nos confió el amigo. Porque no existen reglas rígidas para saber si algo es confidencial o no, y tampoco se pueden tomar en cuenta sólo las palabras: depende del tono y el momento en que se dijo, la intención, el estado de ánimo en que estaba la persona… Y, sobre todo, depende de quién lo dijo, pues lo que es público para alguien puede ser privado para otro, y eso debe respetarse. HF

