Escrito por Diego Ibáñez L. / Nº 173 /  20 Agosto 2010
El respeto también se educa

Por Diego Ibáñez Langlois

Descripción operativa (David Isaacs)
Actúa o deja actuar procurando no perjudicar ni dejar de beneficiarse a sí mismo ni a los demás, de acuerdo con sus derechos, con su condición y con sus circunstancias.

Mientras más pierde valor el respeto a la persona humana, más se establece una jerarquía curiosa de respetos: a la naturaleza, al medio ambiente, a los animales. Y se cae en el olvido que el primer respeto se debe a la persona, ya que es la única criatura que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios.

Chile, patria del irrespeto
Pablo Neruda tildó con este poco honroso título a nuestro país. Pero a muchos se les puede poner esta etiqueta. Especialmente a aquellos que desprecian el valor de la vida humana y no protegen la vida de los más indefensos negándoseles el derecho a nacer. Teresa de Calcuta lo dijo con palabras muy duras: Hoy en día hay que arrancar a los niños de las manos asesinas de sus madres. Pero en la vida ordinaria, en el trabajo, en los colegios, y hasta en las familias, no se valora el respeto, porque no se valora la dignidad de la persona. No se cuida el prestigio de los niños, se menosprecia la autoridad del profesor, y en las relaciones humanas se hace más frecuente el abuso de la confianza. Se corrige en público y con palabras duras al subordinado, se atenta contra la honra de los personajes públicos en la prensa y la televisión, se recurre al insulto al primer roce y las faltas de respeto se convierten en pasatiempo divertido de escolares. Las familias, lamentablemente, no tienen la virtud del respeto como una de las virtudes básicas de la convivencia. Y se carece de intencionalidad educativa para inculcarla en los hijos.

Confianza y respeto
Se tiende a creer y a actuar como si estas dos cualidades imprescindibles para que la vida sea propiamente humana fueran incompatibles o poco amigas. En la familia se pone tanto énfasis en la confianza, que los hijos desconocen el respeto. Basta ver el trato que algunos niños desde muy chicos dan a sus madres. La  llaman tonta cuando algo se les niega.  Se juzga a las personas por su apariencia externa, por lo que tienen o como visten, y su dignidad vale tanto como esa apariencia. Sin embargo, la verdadera confianza y el respeto son cualidades armónicas, como la libertad y la responsabilidad personal, como el cariño y la exigencia, es decir, mientras más se valora el respeto, mejor se entiende la confianza.
El hombre es un ser social. Necesita corporal y espiritualmente de los demás. Pero debe aprender a vivir en paz con sus semejantes, y la clave de este aprendizaje es el respeto. En primer lugar, debe desde muy chico, comprender que él no es un objeto ni un animalito. Y ese reconocimiento lo debe palpar a través del ejemplo visible y continuo del modo en que sus padres se tratan entre sí, y del modo como tratan, se dirigen o hablan de los que tienen a su alrededor. La familiaridad es muestra de confianza, pero nunca puede atentar contra el respeto. Mientras más íntima la ocasión -recuerda C. S. Lewis- será menor la formalidad; pero no por eso ha de ser menor la necesidad de cortesía. Una cosa -añade- es la vestimenta usada, pero llevar la misma camisa hasta que huela mal, es otra cosa muy distinta.

El mismo trato que recibe el propio niño
¡Bruto!, ¡cochino!, ¡estúpido…! Por poner algunos ejemplos. Incluso hay padres que los garabatean cuando pierden la paciencia. Si se les trata como objetos, o por el contrario se les mima a destajo, nunca sabrá lo que es el respeto. El mimado cree que todos están para servirle. O bien, se les celebra el descaro como si fuera síntoma de personalidad. Si no se les educa el sentido del humor y se les hace creer que cualquier cosa, incluso las más venerables, pueden ser motivo de broma, ¡adiós respeto! Detrás del respeto o el irrespeto hay un retrato en cada familia de su noción de persona humana. Por eso se ha dicho que el respeto hay que tenerlo como una convicción profunda para poder enseñarlo. Para respetar hay que aprender a mirar la humanidad del otro. Por algo la palabra proviene del latín respicere. Mirar más allá de la apariencia, es decir, lo que hay en la profundidad, para aceptar -como aclara Rafael Llano- la manera de ser del otro, sin herir su privacidad, sus sentimientos y la forma peculiar en que esos sentimientos se expresan en determinadas ocasiones. Es lo que se llama tacto. Saber cuándo se debe callar. Frente a lo sagrado el respeto es reverencia; y delante del dolor ajeno, compasión.

Buenos modales externos
Con mayor madurez, éstos se convertirán en buenos modales interiores. Deben aprender a pedir las cosas por favor, a dar las gracias por los pequeños favores, a pedir perdón cuando se equivocan o hieren. Los buenos modales externos exigen autodominio. Por lo mismo, la espontaneidad no es virtud, ya que espontáneamente puede surgir lo mejor o lo peor del ser humano. Se les debe enseñar a agradecer y admirar. La  lección podrida del respeto es el desprecio al otro, los prejuicios de clase, de raza o de condición social,  que tantas veces pasan inadvertidas para los padres, pero no para los hijos.  HF

Si queremos que nuestros hijos tengan una vida digna y humana, no podemos perder nunca de vista la educación del respeto.

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