28 Enero 2011
Más infantiles de la cuenta

Uno de los tantos conflictos que sufren los adolescentes es que quieren ser independientes y valérselas por ellos mismos, pero a la hora de llevar a la práctica esos proyectos, actúan con excesiva dependencia de sus padres. Por: Natalia Aguero

“En mi casa mis hijos adolescentes no entran la ropa cuando llueve ni tampoco contestan el teléfono”. “A los míos no se les ocurre cerrar las cortinas ni prender las luces cuando oscurece”. “Tengo un niño de 15 años que insiste en trasladarse solo en micro, pero apenas sale comienza a llamar por teléfono para preguntar la ubicación de las calles y qué número del Transantiago debe tomar”. “A mi hija de 14 le gusta regalarle fotos a sus amigas, pero al final soy yo quien termina comprando el marco e imprimiendo las fotografías”.
Son todas frases reales de madres de adolescentes. Cada una habla con un cierto tono de reclamo por la apatía de sus hijos frente a las cosas que no les interesan, y por la falta de autonomía para llevar adelante iniciativas por las que teóricamente sí están dispuestos a moverse. Se trata de dos situaciones normales y esperables en la etapa de la adolescencia, en que los jóvenes están viviendo un proceso de transición desde la niñez a la adultez.
“En esta etapa los adolescentes todavía están muy centrados en sí mismos, muchas veces no ven el entorno que los rodea y no se dan cuenta de que lo que hagan o dejen de hacer tiene consecuencias para ellos y para los demás. Se aprovechan de sus padres y esperan que ellos les hagan las cosas. Este es el narcisismo propio de la adolescencia, que –aunque es normal– se debe frenar exigiéndole a estos niños y procurando que salgan de ellos mismos”, explica la doctora Verónica Gaete, pediatra, experta en adolescencia y directora del centro SERJOVEN.

Enseñar y soltar
Por otro lado, se trata de un período en el que coexisten comportamientos más infantiles con un afán de ser autónomo, independiente y hacerse responsable de la propia vida.
Según los especialistas, uno de los factores que explica esta dinámica es la inexperiencia de los adolescentes. Hay muchas cosas que tienen que hacer por primera vez, todavía están en un sistema de prueba y error, tienen el ímpetu y las ganas de realizar proyectos, pero muchas veces no cuentan con las herramientas para llevarlos a cabo.
“En estos casos es fundamental enseñarles a los adolescentes cómo hacer las cosas y después dejar que sigan solos. Se trata de acompañarlos en el entrenamiento para que aprendan a valérselas por ellos mismos, y junto a esto dejar también que se equivoquen porque es necesario para crecer”, asegura Francisca Bascuñán, abogado yexperta en educación. Agrega que los adolescentes tienen que saber movilizarse en micro, realizar determinados trámites bancarios, asumir responsabilidades domésticas, pero alguien les tiene que enseñar cómo hacerlo.
Por otra parte, estos conflictos entre dependencia y autonomía se han alargado mucho producto de la prolongación de los estudios.
Según la doctora Verónica Gaete, los jóvenes que tienen acceso a los estudios superiores posponen su proceso de autonomía hasta que entran en el mercado laboral; mientras que aquellos que no tienen estas posibilidades y se ponen de inmediato a trabajar, se ven forzados a hacerse independientes y responsables de su propia vida con más rapidez.
La especialista agrega que también se da el caso de muchos adolescentes que tienen miedo a crecer. “Al salir del colegio se enfrentan al mundo adulto que sin duda es muy exigente. Esto les asusta y prefieren seguir dependiendo de sus padres antes de dar el paso a la adultez”.

Madres sobreprotectoras
Los conflictos de dependencia/autonomía se ven especialmente exacerbados cuando estamos frente a padres y madres sobreprotectoras que no sueltan a sus hijos, los sustituyen en todo y no les dan la posibilidad de aprender.
“La tarea de los padres consiste en preparar a sus hijos para que se muevan solos en la vida a fines de la adolescencia. Se trata de entregarles las herramientas y permitirles hacerse cargo de aquello que son capaces. Si no han alcanzado un nivel de aprendizaje y una estabilidad emocional adecuada, probablemente entren en la etapa de la juventud, pero sigan funcionando como adolescentes”, explica la doctora Verónica Gaete.
Y agrega que a los padres muchas veces les cuesta dejar crecer a sus hijos porque implica una serie de duelos: la disminución de influencia y control sobre los niños, la pérdida de su propia juventud, la herida narcisista de que ya no son tan admirados por sus hijos, el aceptar que durante esta etapa el primer punto de referencia para ese adolescente serán sus amigos y no sus padres, etc.
Francisca Bascuñán considera que en general la madre chilena es muy sobreprotectora, lo que limita el desarrollo de la autonomía en los niños.
“Por un cariño mal entendido se les produce un tremendo daño a los hijos. Al sustituirlos en todo, se les subestima y se les transmite el mensaje de que ellos no pueden, de que no son capaces. Los padres y madres deben apoyar, orientar, asesorar, pero nunca reemplazar en el obrar y en el pensar a sus hijos”, asegura Francisca.
Por otro lado, hay muchas madres que trabajan todo el día fuera del hogar con un fuerte sentimiento de culpa y para calmar esa inquietud llenan a sus hijos con cosas materiales, no les exigen que den lo mejor de ellos mismos o los sobreprotegen. Si ellas no pueden hacerles las cosas, lo hará la persona que está a cargo de esos niños durante el día. Nuevamente se les coharta su afán de autonomía y la necesidad de crecer. HF

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