Cuando un niño no incorpora ese hábito que los padres tanto desean, es porque falta alguno de los factores necesarios para que se fije una respuesta en su cerebro. Junto a la repetición y al ejemplo de los padres, no puede faltar la motivación, es decir, que el niño sepa qué gana con esa conducta.
Por Luz Edwards ledwards@hacerfamilia.net
Todos los sábados y domingos de los primeros 20 años de su vida, Camila se despertó con la voz fuerte y animosa de su padre que invitaba por toda la casa: “¿Quién quiere ir a trotar conmigo?”. Pero recién a los 25 algo pasó y Camila se decidió a intentarlo, época en que su papá ya se había rendido. Al año, salir a trotar se había convertido para ella en una actividad no sólo placentera, sino necesaria.
Las vidas de los seres humanos están llenas de situaciones como ésta. De papás que quieren lo mejor para sus hijos, que les dan un buen ejemplo, los animan, pero ellos no enganchan. A lo más, por obediencia, por evitarse retos o porque no les dejan opción, hacen mecánicamente lo que deja contentos a sus papás. Las clases de piano y de tenis están llenos de alumnos en esas condiciones.
¿Por qué el niño pone resistencia ante algo que le hace bien y que es propiciado con tanto cariño por los padres? Muchas veces, por la falta motivación. Es decir, un para qué, un sentido, ver claramente qué beneficios le traerá esa actividad. Los padres deben saber que eso no es por egoísmo ni espíritu subversivo, sino porque así funciona el cerebro de los seres humanos: hacemos algo porque satisface una necesidad o porque vemos una recompensa clara. Sin motivación puede haber una repetición pasiva, pero nunca se fijará un hábito.
Cómo aprende nuestro cerebro
Un hábito es un patrón de conducta, es decir, una reacción que no se piensa, sino que tan sólo se hace, sin esfuerzo. Pero para que una actividad o una actitud llegue a eso deben haberse dado tres factores en paralelo: repetición, imitación y motivación. De cuál emergió el empuje inicial depende de cada caso. Algunas veces de tanto hacer algo, la persona le va encontrando un sentido y otras, comienza por copiarle a la gente que la rodea y la motivación proviene de ahí, de sentirse parte de ese grupo.
Lo que tienen en común todos los hábitos es que son conductas aprendidas. La forma más primitiva de aprender que tiene el hombre es la manera implícita. Es la primera en la vida de un niño y también desde el punto de vista evolutivo. “Es un aprendizaje automático que compartimos incluso con los animales. A la mayoría de ellos, tú puedes enseñarles una respuesta, pero en cambio explicar la teoría de cómo y por qué hacer algo, sólo puede suceder entre seres humanos”, explica el neurólogo Jorge González, encargado del Programa de Memoria del Departamento de Neurología de la UC.
Ése es el aprendizaje explícito, que aparece alrededor de los 4 años, junto con el desarrollo del lenguaje. Por eso es que no tenemos recuerdos antes de esa edad; porque antes actuamos por instinto o por entrenamiento, pero sin incorporar razones. Ambos aprendizajes funcionan en partes distintas del cerebro, pero que están interconectadas y, en la práctica, un sistema ayuda al otro: mediante el explícito la persona entiende cómo, por qué y para qué hacer algo, y una vez instaurada la conducta, funciona de manera automática, sin tener que pensar.
Ambiente y hábitos inconscientes
Los padres tienen mucho por hacer en cuanto a encontrar la motivación que necesitan sus hijos y en cómo enseñarles las cosas. Pero hay que estar atentos, pues no todo lo referente a los hábitos ocurre de manera consciente. Muchas costumbres y formas de reaccionar las incorporamos sin darnos cuenta: repetimos, copiamos y obtenemos recompensa, pero sin saberlo, pues son conductas que nadie nos trató de inculcar.
En estos hábitos que se fijan “sin querer”, el ambiente tiene un rol preponderante que puede jugar a favor o en contra de cada persona. Tomar alcohol en exceso, copiar en las pruebas o ser flojo pueden ser adquiridos, en parte, por estar en un ambiente que lo premia. Pero lo mismo puede ocurrir con preocuparse de los abuelos, hacer deporte o ser responsable. Depende de cómo sea nuestro ambiente.
El doctor Jorge González lo ve en su consulta, a donde acuden personas por alguna conducta que sienten que los perjudica. Cuenta que su primera sugerencia para muchos pacientes ha sido que cambien de ambiente, es decir, de ciudad, de trabajo o de grupo de amigos, pues el hábito que los aqueja está íntimamente relacionado con ese contexto. El neurólogo cuenta que la mayoría no es consciente de eso y que, al explicárselos, no están dispuestos a esa solución. “Lo que quieren es ayuda en medicamentos o terapia para poder seguir con la misma vida, pero sintiéndose mejor”, cuenta.
Un órgano flexible
Una persona que se cambia de ambiente y se esfuerza por borrar un hábito, puede hacerlo. Cuánto se demore en lograrlo depende principalmente de cuán potente y real sea su motivación. Así, repitiendo y repitiendo, el cerebro irá cambiando hasta instaurarlo como una respuesta espontánea.
“Se trata de un concepto clave en neurología que es la plasticidad del cerebro. Se refiere a la capacidad que éste tiene de cambiar, que es lo mismo que decir que las personas tienen la capacidad de cambiar”, explica González.
Esta plasticidad es permanente, pero la curva va descendiendo con los años. “La etapa de mayor plasticidad es la vida intrauterina, donde el ambiente provoca muchos de los cambios. En la infancia también cambia relativamente fácil y ya, en la vida adulta, cuesta más, pero siempre es posible”, asegura González. Por ejemplo, cada vez que una persona escucha una información nueva y ésta queda en su memoria, el cerebro ha cambiado físicamente.
Malos o buenos hábitos
- Se dice que los malos hábitos se fijan más rápido en el cerebro porque tienen recompensa inmediata. El doctor Jorge González explica que es cierto el poder del premio instantáneo, porque es la manera básica de reaccionar de los seres humanos.Pero eso no significa que sea la única fuerza que anime su actuar. “Con el desarrollo de la parte frontal del cerebro aumenta también la capacidad de predecir. Esto permite reconocer que una recompensa inmediata puede hacerme pasarlo mal después”, explica el doctor. Es decir, aunque inicialmente tendemos a buscar el placer presente, tenemos también la capacidad de renunciar a él por una recompensa a futuro.
- Otro punto que suscita confusión es la clasificación en hábitos buenos o malos. Desde el punto de vista científico toda conducta puede ser beneficiosa o perjudicial para la persona, dependiendo de las circunstancias. Así, tomarse un helado es malo para un niño obeso, pero puede ser bueno para el flaco. O un hábito que fue beneficioso en una etapa de la vida, en otra ya no hace bien.
- Por otro lado, no todo lo que tiene recompensa inmediata es perjudicial para la persona. “¿Por qué va a ser así? Una persona amable, por ejemplo, se beneficia en el acto de ese hábito, porque la gente es amable de vuelta o le sonríe”, ejemplifica el neurólogo.
La familia como caldo de cultivo
Sabiendo lo flexible que es el cerebro de los niños, es importante que los padres asuman la responsabilidad que significa ser los principales propiciadores u obstaculizadores de conductas. Los tres factores que fijan un hábito se traducen de esta manera:
1) Motivación: A un niño hay que contarle los beneficios de la conducta en su idioma y también entregarle materiales para que él descubra por sí mismo lo que gana. Si no, a lo mejor logremos que repita y repita, pero cuando se dé cuenta de que no tiene sentido, lo dejará.
Conviene tener en cuenta que un nuevo hábito muchas veces conlleva emociones como el miedo o ansiedad, que son propios de cualquier innovación. Si ésta tiene beneficios, pronto vendrá la calma.
2) Repetición: Algunos papás se quejan porque tienen que decirles las cosas una y otra vez a los niños. Pero así es la cosa con ellos. A esta edad todavía es necesario recordarles seguido lo que deben hacer.
3) Imitación: En la infancia los padres y la casa son el ambiente que sirve de ejemplo a los niños. Por lo tanto, si se quiere moldear una conducta o respuesta en ellos, lo primero es que los papá la desarrollen. También, que construyan un entorno favorable. Por ejemplo,
¿Si cambia el cerebro, cambia la conducta?
- Absolutamente. Tanto así, que hace algunos años las cirugías cerebrales se usaban para atenuar rasgos como la agresividad. Muchas veces funcionaban, pero el problema es que eran totalmente irreversibles. Lo bueno es que de la misma manera que un cambio físico en este órgano modifica la conducta, un cambio de conducta también modifica el cerebro. Por ejemplo, si consideran bueno que toque un instrumento, permita que conozca alguno y llévelo a conciertos.
Trivia cerebral
- ¿Es posible ejercitar el cerebro?
- Sí. Y más aún, los adultos mayores capaces de acoplarse a los nuevos tiempos es porque han mantenido su cerebro activo. Leer, escribir, jugar ajedrez o cartas, aprender un instrumento o un idioma, hacer amigos, son algunas maneras ejercitarlo. También, hacer el trabajo intelectual de desechar hábitos añejos e incorporar nuevos que sean beneficiosos, pues conlleva análisis, creatividad e innovación.- ¿Puede no madurar el cerebro?
- Sí. El lóbulo frontal -responsable de las funciones superiores como memoria, capacidad de planear y control de impulsos- debiera madurar a los 17 años. Por causas ambientales o genéticas en algunos casos no ocurre y se debe recurrir a medicamentos y terapias conductuales.- ¿Influye la alimentación en el cerebro?
- Este órgano utiliza el 20% de la energía corporal y el 25% del oxígeno inhalado, por eso vale la pena comer pensando en él. Los ácidos grasos omega 3 (linaza, aceite de oliva y pescado), son uno de los fundamentales. También las vitaminas del complejo B, elemento necesario para sintetizar varios neurotransmisores.

