Se habla mucho de calidad de educación, pero se olvidan aspectos esenciales que efectivamente conducen a ella. Uno de ellos es la preocupación por que el profesor no caiga en la temida rutina y su preparación de clases y pruebas sean un simple acto repetido en el tiempo.
Por Diego Ibáñez
En torno al buen desempeño del profesor existen muchos puntos importantes de considerar a la hora de querer mejorar la calidad educacional.
En primer lugar, un tema fundamental es el número de horas lectivas semanales de un profesor, pues si ellas son excesivas, le impedirán una seria preparación de sus clases, de las actividades a desarrollar, y, desde luego, la adecuada confección de pruebas de evaluación para los contenidos. Sin contar que, además, debe tener tiempo para perfeccionarse y atender personalmente a los alumnos que lo necesitan. El profesor, si cae en la rutina, deja de realizar un trabajo humano, digno, y pierde la necesaria e indispensable ilusión profesional que le da sentido a su trabajo.
Se dice que a los profesores rutinarios se les “amarillean los papeles” de preparación de sus clases y se convierten en repetidores mecánicos de lo que enseñan. Sus programaciones no van mejorando con la experiencia y desde luego no transmiten el gusto por lo que enseñan, lo que explica muchas veces la desmotivación y desinterés de los alumnos y los problemas de disciplina que surgen de “la lata” y el aburrimiento.
Pequeñas acciones, grandes temas
1-. Las pruebas de evaluación
No son muchos los profesores que dan importancia a la confección inteligente de pruebas, y peor aún, si además las corrigen en horas de clases mientras los alumnos pierden el tiempo.
Tampoco es inusual que cuando un profesor sabe que sus pruebas de evaluación van a ser vistas en el departamento de su ramo o por un directivo, se vuelvan de súbito muy “creativos” y exijan en ellas que los alumnos demuestren destrezas jamás practicadas en la sala de clases. Así se les pide que “comparen”, “infieran”, “argumenten”, “razonen”, “justifiquen”, etc.
Y otros, por simplificar la corrección, caen el abuso de las pruebas de alternativa en donde el alumno sólo debe poner un círculo en la respuesta que supone correcta. Las llamadas pruebas de desarrollo, cada vez más, van desapareciendo de las prácticas habituales de los profesores que las evitan porque exigen bastante tiempo y concentración para corregirlas.
Frente a aquellas malas prácticas, es esencial que los maestros consideren que una evaluación es siempre una autoevaluación, es decir, que les da el termómetro certero para saber cuánto han aprendido -y comprendido- de verdad sus alumnos. En otras palabras, cuán buenas han sido sus clases.
A través de una prueba bien hecha un profesor puede aprender mucho de su trabajo y una corrección sin mezquindad de tiempo le ayuda a conocer mucho más cabalmente a sus alumnos. No son aspectos menores del trabajo de un docente serio y responsable. Por ejemplo, puede averiguar que hay contenidos que no fueron asimilados por una mayoría, y si son importantes debe volver a tratarlos y no darlos por pasados. Profesores muy responsables son aquellos que se dan tiempo para esta práctica y no dejan lagunas -o verdaderos lagos- en sus alumnos.
Preparar a conciencia las evaluaciones, corregirlas a conciencia, tiene serias repercusiones en la vida escolar. La rutina es la muerte del buen profesor en vida. En primer lugar, es señal de respeto y de justicia por los alumnos. Es evidente que en este tema deben intervenir los directivos de los colegios y no dejarlo al azar: es tarea prioritaria de los departamentos que agrupan a los profesores por ramo. No es un tema burocrático, sino que apunta al corazón de la calidad de educación.
De hecho, las pruebas de evaluación pueden ser excelentes programaciones que aunque están al final del proceso, requieren tiempo de trabajo y dedicación y sirven de timón a un buen profesor si quiere llegar a puerto seguro.
2-. Las notan son medios, no un fin en sí mismo
Otro punto importante viene a la hora de la evaluación. Un profesor jamás debe usar las notas como arma disciplinaria, es decir, como correctivo a las faltas de respeto o a las conductas inapropiadas, lo que naturalmente subleva a los alumnos. Hasta el que parece menos interesado se resiente si es evaluado injustamente.
Por otra parte, es evidente que a un alumno le debiera mover las ganas de aprender más que un número frío, pero son muchos los padres que se fijan más en los resultados que en el aprendizaje.
Además, está el tema de la justicia, especialmente sensible para los adolescentes. Nada los hiere más y tiene peor resultado que se les pregunte sobre temas no tratados en clase. Es decir, definitivamente no es apropiada la clásica amenaza: “doy la materia por pasada” como extintor de incendios de disciplina; ellos se rebelarán.
3-. Con las tareas, otro tanto
En la planificación de las clases, suele darse que hay profesores que se acuerdan de dar una tarea cuando suena la campana, es decir, que improvisan, ya que no las han tenido en cuenta en sus programaciones. Por lo mismo, no sirven para afianzar los conocimientos, sino para fastidiar a los niños y a sus familias.
Y qué decir cuando exigen comprar materiales que suelen no estar en una casa, pues es lo que más quita la paz a las mamás preocupadas por los estudios del hijo.
un instrumento en vez de ver tanta televisión”.

