18 Abril 2011
El espejo interior

Un gran desafío del desarrollo humano es el conocerse y aceptarse a sí mismo. Sin embargo, esto no equivale a dormirse en los laureles, sino tener siempre claro que se puede ser mejor. Por: Diego Ibáñez L.

Uno de los puntos más delicados es el desconocimiento de uno mismo. Es curioso: para conocer a otro tengo que salir a su encuentro, tratarlo. Pero uno no tiene que salir a buscarse: tenemos una cita permanente con nosotros mismos. “Toda afirmación que haga, contiene de modo abierto o explícito, la palabra yo”. Pero del “conócete a ti mismo” hay otro paso: la propia autoaceptación.

Cuántos adultos que viven en desa-cuerdo con lo que son, con lo que tienen, con lo que les ocurre, con lo que les pagan, con la vida misma que les ha tocado…
Reconocer y aceptar los propios defectos, las limitaciones, los pequeños o grandes fracasos, los errores cometidos, las equivocaciones al elegir, las meteduras de pata, las rabietas, la falta de control, la ausencia de paz interior, es el único modo de vivir en armonía con uno mismo, con ese que sabemos que está en nuestro interior.

Y cuántos no aceptan su propio cuerpo, su pelo, sus kilos, el sonido de su voz. Se quisieran más altos, más delgados, más fuertes. Les encantan sus cualidades, pero les gustaría que fueran más sobresalientes, más deslumbrantes. Y qué decir de la dificultad con que encajamos los contratiempos, las contradicciones, hasta las cosas que se nos estropean, los resultados imprevistos que no habíamos planificado.

En cierto sentido uno es obvio para uno mismo, pero, hay que reconocerlo, a veces también ese “uno mismo” es enigmático, sorprendente. No es raro reprocharse “cómo pude decir eso” o “cómo reaccioné así”. Se puede sentir extrañeza del propio modo de ser. Cómo duele reconocer que se siente envidia, que nos producen tristeza los éxitos ajenos, los talentos ajenos. Es duro darse cuenta que se guarda rencor, de las ganas de pequeñas venganzas, de reconocer la pereza o la comodidad. Hasta cuesta aceptar los estados de ánimo, las variaciones de carácter movidas por circunstancias externas o por los vaivenes del propio yo.

 

El espejo interior
Cuando uno se mira en el espejo reconoce fácilmente las imperfecciones, hasta el pequeño grano. Pero ¿ocurre lo mismo cuando uno se observa en el espejo interior? Todos llevamos el deseo profundo de que “mi ser y mi saber de mí fueran la misma cosa”. Es verdad: nadie ha tomado por sí mismo la decisión de nacer. Y se nace en una familia determinada, en un tiempo determinado, en un lugar determinado. Y hasta que se puede ejercer la libertad y se pueden tomar decisiones propias y elegir, no cabe más que aceptarse si no se quiere correr el duro riesgo de ser infeliz.

Sin embargo, siempre es posible arrepentirse de lo que se ha hecho. Cuando uno se arrepiente se pone, desde luego, contra uno mismo, pero del lado del bien y la verdad. Siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y no una mera justificación, un mirar solamente los atenuantes, siguiendo el dictado de que uno se perdona fácilmente a uno mismo y cómo nos cuesta con los demás.

 

Éxitos y fracaso
Aceptación de sí mismo no significa satisfacción ni complacencia, pero sí el afán limpio de descubrir el mejor yo. La pereza más indigna es la de no colaborar a la realización de uno mismo, la desgana por el esfuerzo que significa adquirir la virtud. El modo de ser se modela, se esculpe, sin temor a los fracasos pasajeros, que son experiencias. Los éxitos no se acumulan en la vanidad. Pero hay que saber que cada uno tiene un ser dado, contra el que no podemos rebelarnos, ya que esa rebelión en el fondo es una rebeldía contra el autor de mi ser.

 

Querer ser el que soy
No podemos evadirnos de nosotros mismos. Hay que ser fiel al propio modo de ser, rectificando, enderezando lo torcido. Pero del modo legítimo, no como el borracho del Principito que cuando se le preguntaba por qué bebes, decía “para olvidar que bebo”.
En resumen: ni sobrestimarse ni subestimarse y aprender de los fracasos en lugar de derrumbarse por ellos.

No aceptarse a uno mismo tiene riesgos, como convertirse en una persona resentida y amargada.

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