Escrito por Luz Edwards / Nº 180 /  30 Abril 2011
Ignacio Irarrázaval, Políticas Públicas UC

El director del Centro de Políticas Públicas UC cree que en Chile no falta ni el presupuesto ni las buenas ideas, sino que la falla está en la implementación de las políticas públicas. Por eso se dedica a criticar procesos y decisiones estatales, pero no desde el juicio mal pensando, sino desde el optimismo y las ganas de mejorar la vida de las personas.

Cualquier cosa que pase en nuestro país relacionada con matrimonio, política indígena, gestión municipal, subsidio a regiones extremas o reformas a la educación, tiene asegurada alguna columna de opinión con la firma de Ignacio Irarrázabal. Y esto desde hace años, como investigador del Centro de Estudios Públicos, del Banco Interamericano de Desarrollo, como profesor del Departamento de Economía de la Universidad de Chile o como miembro del Consejo Nacional de Políticas para la Infancia, por nombrar fragmentos de su currículum.

Hoy se desempeña principalmente como director del Centro de Políticas Públicas de la UC, donde debe hacer de nexo entre la sociedad y los académicos, poniendo en contacto necesidades concretas de una comunidad con el saber intelectual.

Seguramente sea útil para un cargo de esa categoría ser buen conversador, e Ignacio lo es. Tiene el aura de quien a pesar de tener mucho que decir, mantiene abiertos los oídos y también está dispuesto a hablar de temas que van más allá de los profesionales. Así, apenas puede, se lanza a contar sobre los proyectos de su señora, Beatriz Bustos. “Mejor sería entrevistarla a ella, pero está trabajando en algo re interesante sobre cómo la cultura ayuda al desarrollo de las personas. Que no es un tema de elite o del placer de hacer un cuadro. En ese sentido nos complementamos, en la filosofía detrás de nuestros trabajos, aunque en el día a día tenemos estilos distintos”, comenta.

- ¿Cuesta que los académicos trabajen con gente que no es de su medio?
- Al principio es difícil porque naturalmente ellos se sienten más cómodos en su esfera, en su lenguaje, donde las estadísticas y los estudios son los que mandan. Cuando los invitas a discutir esa nomenclatura en un espacio donde valen los sentimientos y las estrategias políticas, se les mueve el piso. Pero nuestra experiencia es que, una vez rota esa barrera, se sienten muy a gusto por poder hacer un aporte más concreto al país.

¿Es difícil involucrar a los ciudadanos comunes en proyectos sociales?
- Vemos que no es que la gente no participe, sino que cambió la manera de participar. Ya no se hacen asambleas ni se pretende enviar una carta al Presidente, sino que la vía es Twitter y otras plataformas de internet. Ahí se opina y es positivo, y los que toman las decisiones están considerando cada vez más esos canales.

- ¿En qué área ya se ha visto la injerencia de esta nueva participación?
- Se ha avanzado en las concesiones de autopistas, por ejemplo, que sin dudas han sido un tremendo beneficio, pero también producen impactos negativos que podrían evitarse. A veces no se ha considerado cómo los nuevos trazos interrumpen la vida de las personas, el acceso a una plaza o al supermercado. Escuchando a los vecinos se pueden anticipar esas repercusiones negativas. El Ministerio de Obras Públicas está entendiendo eso, que disminuir los tiempos de desplazamiento no es lo único.

- ¿Cuesta combinar “proyecto millonario” con “satisfacción personal”?
- Nuestro país está a la cabeza de Latinoamérica en políticas públicas, sin embargo, es cierto que históricamente se han considerado muy poco estas variables que podríamos llamar blandas. Por eso pasa todavía que se hace una inversión creyendo que va a ser un aporte y no, la gente no lo utiliza.

- ¿Y esto en todas partes del mundo?
- El único país que incluye entre sus políticas avanzar en la felicidad de las personas es Bután. Estados Unidos tiene la idea en sus raíces; era uno de los roles que los padres fundadores le atribuían al Estado. Nosotros, no sé si será por venir de la estructura más legalista del código romano, pero no aparece nada como la felicidad o la plenitud de las personas en nuestra Constitución.

- ¿Y le parece que sería conveniente? ¿Invertir un poco más para que un puente sea bonito, además de útil?
- Sí, me parece una falencia de nuestras políticas públicas no considerar las variables blandas, y eso pasa porque no se han sabido medir. Alguien que sí lo ha hecho es el premio Nobel de Economía, James Heckman, quien demostró que en cuanto al ingreso esperado de una persona las variables cognitivas no son más importantes que las no cognitivas. Demostró que la autoestima, el afán de logro, las habilidades sociales son igual de importantes que aprender matemáticas o castellano y que esas variables se forman de mejor manera al interior de una familia.

Fallas al final de la cadena
Muchas veces está la evidencia empírica de porqué desarrollar tal programa, están los recursos, las buenas intenciones, pero… en las bodegas hay ratones que se comen la leche en polvo o las vacunas no se almacenan a la temperatura adecuada. Una de las luchas de Ignacio Irarrázabal es esto, mejorar la implementación de las políticas públicas.
Un caso que ha analizado es la fichas de protección social, que es un cuestionario creado para identificar a los hogares más vulnerables. De esta manera obtienen un puntaje con el cual optan a beneficios que coordina el Mideplan, pero se han detectado irregularidades en su uso. Algunas son por falta de criterios objetivos -¿quién es un discapacitado?- y otros, por errores del encuestador.

- ¿Esta falla se da en todos lados?
- Es un mal de todos los países. Pero en Chile se relaciona con una discusión filosófica bien importante y es que somos una sociedad de muchos derechos y pocos deberes. Entonces se va creando una cultura donde no importa tanto trasgredir algunas normas con tal de que la persona obtenga el beneficio que yo como encuestador de la ficha o funcionario municipal creo que merece.

- Si analíticos del rubro como usted ven tan claras las fallas, ¿por qué no se hace la mejoría?
- Hay que entender que las políticas públicas están sujetas a un contexto de implementación que es muy variable y complejo. No se puede juzgar como una función de producción perfecta, como si fuera una fábrica de lápices. En política social hay elementos contextuales que provocan cambios muchas veces imposibles de prever desde un gobierno central.

- ¿Entonces hay que considerar un margen de error inevitable?
- En general no lo consideran y ese es el problema. Habría que hacer, y cada vez se esta haciendo más, un trabajo de capacitación que es muy importante. Que cada persona de la cadena sepa porqué se hace tal proyecto. Muchas fallas tienen que ver con la subvaloración de los municipios; creemos que basta con la orden del Presidente de la República.

- ¿Cómo subir de escalón a las municipalidades?
- En el Encuesta Bicentenario se muestra que la municipalidad es la cara del Estado para las personas, entonces no puede ser que se la mire tan en menos. Hay problemas históricos que tienen que ver con lo centralizado que es el país. Y eso puede irse remediando con un salto cualitativo; pasarles más recursos y más capacidad de gestión. En política social, sobre todo, no puede ser que el gobierno central defina programas para todos los municipios por parejo de Arica a Punta Arenas.

- ¿Esto se relaciona con los incentivos que usted promueve?
- Sí; es que no puede ser que no exista ninguna diferencia entre hacerlo mal y hacerlo bien. Y los premios deben darse mirando los resultados, no los procesos, que es la base de los pocos premios que hay ahora. Bien que haya aumentado la cobertura de salud, pero el premio debiera ir en base a cuán sana está la población.
La pobreza y el empuje de las familias
La pobreza es uno de los temas que le apasionan. Será porque es donde más daño produce la mala gestión. En una columna suya incluso afirmó que si el Estado usara bien los recursos ya se podría haber sacado a todas las familias de la pobreza, y varias veces. “Es así y lo dije para ilustrar que los recursos que tenemos como país no son pocos y por lo tanto la responsabilidad que tiene el Estado y todos los que estamos en políticas públicas de usarlos de manera eficiente es mucha”, explica. Pero agrega que si fuera ministro o presidente no lo haría, porque es sólo una solución a corto plazo.

Inyectar dinero a las familias pobres equivale a un padre que les pasa plata a sus hijos sin darles otras herramientas…
- Exacto; el punto es qué pasa cuando les saco ese dinero. Probablemente esas familias volverían a estar en situación de pobreza y tanto nuestra Encuesta Bicentenario como la CEP muestran que las familias pobres tienen mucho empuje y mucha confianza en sí mismos. Ellos no están en espera de una transferencia del Estado.

- ¿Las ayudas deben permitir esa iniciativa individual?
- Se debe apoyar a las familias facilitando el acceso al crédito, dándoles mejor salud, pero no ahogarlas. Ellos mismos sienten que lo que más ayuda a salir de la pobreza es tener una familia que apoya. Y eso significa tener una visión de futuro, un consenso, una estrategia familiar para avanzar, la ilusión de que nuestro hijo se gradúa porque nosotros no lo hicimos.

La vida fuera de la oficina
Los temas con que trabaja son tan contingentes que le cuesta desconectarse. Aunque explica que no se debe a una obsesión por saber, si no porque son procesos continuos, sin fin. “Lo he conversado con gente de otras profesiones; un médico me imagino que está estresado antes de una operación, pero una vez que ocurre se cierra el proceso. En cambio cuando tú te metes en la discusión del posnatal, pucha, es algo que no tiene fin, hay tanta literatura, análisis que tú mismo podrías hacer, que quedas un poco superado”, cuenta.

- ¿Aplica a su vida lo de la implementación eficiente para lograr tener tiempo libre?
- Sí, hay que organizarse. Cuesta, pero lo logramos; por ejemplo, comemos todos juntos y ahí no hablamos de la subvención preferencial, porque el tema del colegio o las universidades de cada uno es más importante.

- ¿En su casa se interesan por los temas de políticas sociales?
- Eso está más que nada en el trasfondo de la familia. Se comparte un interés por el otro, varios de mis hijos han estado metidos en servicio público, servicio a los demás. Mi señora también; es artista visual y tomó la veta social.

- En Twitter recomendó la película El discurso del rey. ¿Le gusta el cine?
- Veo menos de lo que quisiera y esa película me encantó. Yo hice mi doctorado en Inglaterra y de alguna manera apela a la cultura británica más pura.

- ¿Le pareció bien retratada?
- Sí, me gustó sobre todo porque la película muestra a un hombre que, siendo rey, representa la austeridad británica, que es algo que me gustó mucho viviendo allá. Evidentemente se trata de alguien que tiene un buen pasar y se muestran palacios enormes, pero se respira austeridad.

- ¿Le gusta leer?
- Durante el año, leo sólo informes y estudios, pero en las vacaciones trato de tomar novelas más agradables. Por supuesto me leí el imperdible de Vargas Llosa, El sueño del celta; también leí a David Lodge, un escritor británico muy entretenido, que quizás es como un alter ego. Leí el libro sobre un académico y las discusiones que tienen los académicos. También leí a Saramago, que sabía que existía y quería leerlo hace tiempo. El ensayo de la ceguera, súper duro, pero bien escrito.

- ¿Y hace deporte o alguna actividad que no sea intelectual?
- Me gusta subir cerros y andar en bicicleta y me dejo tres o cuatro horas el sábado y el domingo para eso. Pero no es fácil.

¿Quién es?
Ignacio Irarrázabal es geógrafo con Doctorado de la London School of Economics en Política Social, rama de las políticas públicas que trata fundamentalmente de salud, pobreza y educación. Optó por ser generalista, es decir, cultiva una visión amplia que incluye la coordinación y la evaluación de la implementación de los proyecto. Es casado con Beatriz Bustos, artista y gestora cultural, y tiene 6 hijos.

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