04 Septiembre 2011
Me cambiaron las reglas del juego

Cristián y Verónica están casados hace ocho años y tienen dos hijos. En sus vidas todo iba según los planes que habían armado cuando eran novios, hasta que un día, él decidió cambiar su profesión.
Por Magdalena Pulido / mpulido@hacerfamilia.net

Cuenta Veronica
“Conocí a Cristián como estudiante de mecánica. Siempre ha sido un hombre tuercas y pensé que mi vida se desarrollaría entre fierros.  Así lo conocí y así quise formar nuestra familia. El problema es que hoy, con dos hijos de 8 y 6 años, Cristián ha decidido dar un vuelco en su vida profesional y literalmente cambiar el medio de transporte al que se dedicaría. Ha decretado convertirse en piloto de avión comercial. El detalle es que eso implica años de estudio, un curso muy especializado y una inversión de por medio bastante importante. De hecho, para ello tendríamos que ocupar los ahorros que con tanto esfuerzo hemos juntado para una casa. Lo confieso, tengo rabia, angustia y mucha inseguridad en torno al futuro. Por otra parte, no quiero ser responsable de su frustración. ¿Cómo se enfrenta una situación así?”

Un importante punto de partida al analizar un caso como este es entender que para los hombres, por diversas razones, el tema de la realización profesional es especialmente sensible. Cuando el hombre, más que la mujer, vive haciendo algo que no lo satisface, incluso aunque le vaya bien, las consecuencias de frustración son importantes y se transforman en un factor destructivo que no es raro que afecte a toda la familia.
Por esta razón es que resulta fundamental abordar seria y reflexivamente la opción que plantea Cristián.
Él, por su parte, debe entender que su decisión no es un tema personal, sino que debe ser pensado matrimonialmente e incluso familiarmente, pues es una opción que afecta y quiebra todo un proyecto común. Por ejemplo, al menos en el corto plazo, ya no habrá casa propia.
De hecho, según Álvaro Pezoa, Doctor en Filosofía y académico del ESE de la Universidad de los Andes, frente a un cambio de tal magnitud es importante que los cónyuges estén en buen pie para abordarlo, es decir, en un buen momento de la relación, con los problemas normales de un matrimonio. Pero “si las cosas entre los dos están más complicadas, si hay una crisis, no se puede pensar que este cambio los va a ayudar, ni mucho menos que será la solución a sus problemas. Eso sería un grave error y un proyecto destinado al fracaso”.
Por último, es importante destacar que los seres humanos tienen una capacidad límite de resistencia, es decir, luego de este emprendimiento, hay que poner un punto final. “Por poner un ejemplo, no puede aparecer Cristián informando que después quiere ir a probar suerte a una ruta exótica de una compañía emergente en África”. Luego de este esfuerzo, la familia necesita un tiempo de estabilidad y eso debe quedar establecido.

Consejos para ambos
Una y más conversaciones son esenciales para hacer una verdadera “evaluación del proyecto”. Qué tan reales son las opciones, cuánto hay que invertir, cómo van a vivir. Se trata de determinar si están las condiciones reales y descartar que se trate de un capricho egoísta o de un proyecto fantasioso.
Tal vez una buena idea es buscar consejos y consultar a personas que hayan hecho cambios parecidos. Con esos testimonios es más fácil poder estar más al tanto de cuáles son los pro y los contra de tal decisión.
Si después de la debida reflexión ambos apuestan por hacer el cambio, es fundamental aguantar las dificultades y por ningún motivo retroceder a mitad de camino. “Lo más traumático es revocar la decisión cuando ésta ya se ha puesto en práctica, pues eso produce grandes heridas y tiende a sacarse siempre en cara”, explica Pezoa.
Incorporar a los hijos en el proyecto. Aunque son chicos, tienen que saber lo que se planea. Hay que prepararlos con naturalidad, quizás de un modo gradual, y explicarles que en los ajustes a todos les corresponde saber algo. En el caso de ellos, por ejemplo, significará que verán menos al papá en el periodo de estudio, lo que evita malos entendidos, como que piensen “el papá no está”.
Considerar que las gratificaciones que se producen después de alcanzada la meta son enormes para ambos, para el matrimonio y el fortalecimiento del proyecto familiar.

Consejos para ella
Ser “abogada del diablo”. En el proceso de conversación está bien hacerle a Cristián todas las preguntas que sean necesarias e intentar ponerse en todos los escenarios. “No se trata de decirle a priori que no, pero si finalmente los costos familiares asociados al deseo legítimo de Cristián son mayores que los beneficios, habrá que determinar que no puede ser y que son las cosas que tiene la vida”, dice Álvaro Pezoa.
Tener claro que las variables económicas no son las únicas a tener en cuenta. La satisfacción profesional, las ganancias o los costos inmateriales que pueda traer este cambio si las cosas se hacen bien, definitivamente no pueden descuidarse del análisis.
El hecho de determinar que el cambio vale la pena debe prever que una cosa son las buenas palabras y otra el apoyo en terreno. Es decir, Verónica debe intentar dimensionar lo más certeramente posible los esfuerzos que conlleva este proyecto. Hacer un doble chequeo, pues, como dice el dicho, “otra cosa es con guitarra”. Verónica debe preguntárselo muy internamente, más allá del primer apoyo espontáneo que pueda surgirle. “Es que en algo tan drástico, no bastan las puras ganas, pues exige un acto muy grande generosidad”.

Consejos para él
“Bajo ningún punto de vista, Cristián puede decidir su proyecto unilateralmente ni mucho menos imponer su idea, pues eso sí que generaría un grave daño en el matrimonio”, afirma Álvaro Pezoa. Y si después del debido análisis con Verónica la idea resulta insostenible, Cristián debe tener la claridad y la disposición de aceptar que simplemente hay cosas que no se pueden.
Además Cristián debe tener claro que le está pidiendo a Verónica un gran sacrificio. Entonces una buena idea sería que él considerara para ella alguna actividad posterior. Por ejemplo, conversar la opción de que pueda perfeccionar algún gusto o tomar un curso. “No se trata de una retribución o una compensación, el matrimonio no funciona así. Es demostrar alguna preocupación por los gustos que tiene Verónica, manifestarlo y después hacer todo lo posible por ayudarla a cumplirlos.

Es importante detectar que no sea un proyecto de pura ensoñación y que las cosas buenas compensen los males que se pueden producir.

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