Escrito por Pía Orellana G. /  10 November 2011
¿Listos para la universidad?

Parte importante de los universitarios está demostrando una desmotivación tal, que ya nadie sabe si el problema es inmadurez o falta de educación. Al parecer, el problema está en que estudiar una carrera dejó de ser una oportunidad y hoy es el paso obvio que sigue al colegio, por lo cual a veces se toma con mucho infantilismo.

Por Pía Orellana G.

Criticar a las nuevas generaciones es tan propio del ser humano que hasta Sócrates lo hizo. “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”, habría dicho el filósofo griego. Algo similar es lo que ocurre hoy, en que una importante parte de los alumnos universitarios exhiben una actitud que dificulta enormemente el proceso de enseñanza. ¿Inmadurez? ¿Desencanto? ¿Simple mala educación?

Servicio a la carta
Manifestaciones de todo tipo aportan a este diagnóstico. Desde papás que llegan a justificar la ausencia de sus hijos a clases, hasta alumnos escapándose por las ventanas, pasando por una escasa participación en las actividades extraprogramáticas que se ofrecen, la fuerte oposición a que un profesor haga “tantas” pruebas, el cuestionamiento a la importancia de ciertos ramos para la carrera, etc.

Para muchos docentes, estas actitudes reflejan una inmadurez que está presente en toda la sociedad. En su libro “La tentación de la inocencia” (1995) el sociólogo francés Pascal Bruckner se refiere a ello como una tendencia a perpetuar y justificar la permanencia en la edad infantil. Según él, el individuo contemporáneo querría conservar las ventajas de la libertad (la independencia) sacándose de encima sus inconvenientes (la responsabilidad). De ahí la paradoja: el hombre dice al mismo tiempo “déjenme en paz” y “ocúpense de mí”. Esto lo constata a diario la académica de la UC Malva Villalón: “Nuestros alumnos esperan que los profesores los interesen en lo que tienen que aprender, les indiquen lo que tienen que hacer y los ayuden a resolver los problemas y las dificultades que surgen en el proceso”.

La psicóloga Sandra Gelb, docente de la Universidad de los Andes, concuerda. “No sé si lo llamaría inmadurez, pero uno advierte que parte importante de los alumnos tiene serios problemas para hacerse cargo de lo que implica estar en la universidad”, dice. Asegura que esto no se veía hace 14 años, cuando ella comenzó a hacer clases. “Se ha comenzado a dar una relación al estilo empresa-cliente. Muchos alumnos ‘exigen’ porque están pagando, y entre sus principales exigencias está que el profesor, además de entregarles conocimientos, los entretenga”.

Está claro: las generaciones actuales nacieron en un mundo en que la satisfacción de sus necesidades ha sido siempre inmediata. Agustín Antola, profesor y secretario general de la Universidad Adolfo Ibáñez, señala: “Para ellos todo es más fácil, de manera que lo que no lo es, es resistido. Pedirles que lean un libro de 300 páginas carece de sentido, porque para ellos, que viven con la tecnología a su disposición, es natural buscar el resumen en Internet. El libro supera lo que están acostumbrados a leer”.

Las causas
Hernán Neira, profesor de Filosofía de la Universidad de Santiago y escritor, ve que el origen de todo está en una profunda desmotivación. Ha dado clases desde 1984 en universidades tan distintas como la de La Serena, la Austral, incluso en el Instituto de Estudios Políticos en Francia, y hace dos años en la USACH. “Hay un engaño en el sentido de que se hace creer que son los alumnos los que eligen la universidad, cuando es al revés: es la universidad la que elige al alumno de acuerdo a su rendimiento, dado por la PSU. Sólo un mínimo porcentaje que tiene talento, y el dinero para pagarlo, puede elegir qué y dónde estudiar”. En su opinión, eso lleva a que muchos jóvenes deban estudiar donde no quieren u opten por carreras que eran su segunda o tercera opción. En especial se refiere a aquellos que requieren de crédito estatal, quienes “quedan” en carreras no elegidas, con la consiguiente falta de interés en los estudios y frecuentes crisis personales.

El problema de fondo, según Malva Villalón, se resume en una frase: la universidad se ha convertido en la prolongación de la educación escolar. “Ir a la universidad dejó de ser una opción. Es algo que hay que hacer y esta masificación de la oferta educativa es la que la acerca a la realidad de la educación escolar”. Parte de la causa es social: “Chile tiende a tener una motivación monotemática que es el dinero. Cuántos padres desincentivan que sus hijos estudien tal o cual cosa debido a que no es bien pagado”, advierte Neira. Agrega que la desmotivación de los alumnos puede deberse también al hecho de que no todos cuentan con las capacidades que se requieren para la universidad: capacidad de abstracción, de proyección, de reflexión. “Hay alumnos que estarían mucho más contentos estudiando una carrera técnico profesional, donde pueden poner en práctica sus propias habilidades”, agrega.

Sandra Gelb va más allá: “El que no entra a la universidad queda marginado socialmente. Hay una presión de los padres, de los pares, y eso va en desmedro de la calidad de las universidades”. Pero advierte que para cualquier carrera universitaria, más que una gran inteligencia, se necesita ciertas características o habilidades: perseverancia, capacidad de organización, saber priorizar… y eso es algo con lo que la mayoría no llega.

¿Somos responsables los adultos?
En gran medida, sí. “Los padres actuales son muy culposos. Debido a que la mayoría trabaja, intentan compensar el escaso tiempo que tienen con sus hijos con cosas materiales o siendo condescendientes, cuando lo que más necesitan los niños es formación en valores y hábitos, los que se enseñan en la infancia y adolescencia, no a los 20 años”, señala Sandra Gelb. Agrega que éstos requieren muchos métodos de control externo (como asistencia, controles, pruebas) porque, de lo contrario, no funcionan. “No son capaces de autocontrolarse, autodirigirse… ¡Cuántos papás dan premio por todo! Entonces, cuando se les exige en la universidad, quieren algo a cambio”.

Para Agustín Antola, los adultos no podemos ignorar que el mundo hoy funciona de otra manera. “Es nuestro deber preguntarnos cuán promotores hemos sido de estas actitudes de los jóvenes. Como profesor, por ejemplo, tenemos que saber que las técnicas para copiar en una prueba han cambiado, y para ello debemos informarnos sobre qué aplicaciones tienen los teléfonos, qué es un IPod, etc. De lo contrario, estamos avalando su forma de actuar.

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