Escrito por Luz Edwards / Nº 185 /  18 noviembre 2011
Retrato de la familia feliz

Hay familias entretenidas, donde todos se respetan, lo pasan bien juntos y se ayudan en los momentos complicados. Si se hiciera un resumen de todas ellas, el resultado sería la familia feliz por excelencia, una que existe sólo a nivel teórico, pero que puede servir de inspiración para los padres e hijos reales.

En todas las casas llega el día en que a un niño le piden para el colegio una tarea muy simple: llevar una foto donde salga con toda su familia. La mamá comienza a revisar álbumes… y encuentra una, de hace diez años, donde no aparece el niño de la tarea. Desordenando más, se topan con otra donde sí sale; la sacaron en la clínica cuando él nació. Pero la hermana mayor aparece con una morisqueta y les prohíbe que la lleve al colegio. Luego encuentran otra donde a dos no se les ve la cara porque salen mirando para atrás.

“Bueno, al menos salimos todos y eso es lo importante, ¿o no?”. Pero al niño no le convence la idea. “¿Y si le pedimos al papá que en el computador pegue tu cara en la que no sales?”. Esa opción tampoco lo deja contento, entonces, le propone a su mamá sacar una foto el fin de semana. Ella se complica un poco pero dice que sí. A la hora de comida les cuentan a los demás el plan y todos aceptan.

Como este niño, todos podrían tener una foto de su familia feliz para llevar al colegio. No existen requisitos excluyentes ni factores que imposibiliten el desafío; pero tampoco es cosa de suerte o algo que llega de un día para otro. Tienen que quererlo, organizarse y posar. Para que sea algo más fácil la tarea, es buena idea informarse y encontrar ejemplos positivos alrededor que sirvan de inspiración.

¿Cómo es esta familia modelo?

Se dice que hay tantos tipos de familias como familias existen, pues ninguna es igual a la otra. Pero los terapeutas familiares, psicólogos y psiquiatras las han dividido en clases para poder estudiarlas. A esta familia feliz -que será nuestro modelo- la han llamado familia funcional. Pudo haber sido “ideal”, “perfecta”, “normal”, “sana”, pero se optó por un concepto más técnico.

La definición de familia funcional también es fría, pero inevitablemente trasluce amor. Pues no hay otra forma en que se pueda dar este “sistema familiar que favorece la realización y logro de las funciones de todos sus miembros”. El educador de la Universidad de Navarra, Gerardo Castillo, lo explica con otras palabras: “Para que una familia sea considerada feliz, lo tienen que ser las personas que la integran. Y sólo así, este grupo estará siendo realmente lo que es una familia, una comunidad de vida y de amor”.

El psicólogo y terapeuta familiar Pablo Isakson explica que estas familias no tienen causas específicas. Pero que comparten factores que están asociados a una buena convivencia dentro de la casa, lo que la convierte en lugar donde desarrollarse desde el punto de vista físico, cognitivo y afectivo.

Los padres:

Enamorados, contentos con su vida; de valores claros, pero flexibles en las normas.

Los padres de la familia feliz son personas que comenzaron este camino estando contentos consigo mismos. Muchas veces tienen una forma de ser optimista o alegre, pero también puede que sean mal genio. Lo fundamental en ellos no es su personalidad, sino que a cada uno le gusta su proyecto de vida, están conformes con su trabajo y se sienten bien en sus roles de cónyuge y de mamá o papá.

La educadora Angélica Zañartu agrega que no significa que tengan que ser personas perfectas, sino sinceras respecto de lo que son. También humildes para reconocer los aspectos que convendría dejar atrás antes de lanzarse con este proyecto. “Todos tenemos nuestros rollos, miedos por vivencias anteriores; todos venimos cargados de algo. Los matrimonios que comienzan bien es porque lo han conversado abiertamente y así han construido un plan que les gusta a los dos”, dice Angélica Zañartu.

Ese plan de a dos continúa a lo largo de la vida y hace crecer el amor que los llevó a comprometerse. Así, este matrimonio feliz no se desmorona ante el crecimiento de los hijos ni frente a los cambios que puedan tener ellos mismos, porque tienen un proyecto común y un sentimiento fuerte que los une. Además, se preocupan de cultivar su relación, encontrando momentos para conversar durante el día y escapándose de la casa los dos solos para estar tranquilos. Saben que si ellos dos están bien, los hijos estarán bien.

Como padres, este matrimonio no educa apagando los incendios del día a día. Se rigen por una meta que han conversado mucho y que está enfocada al tipo de persona que quieren que sean sus hijos. “No pretenden que estudien una determinada profesión o que destaquen en un área específica. Tampoco les piden desarrollar habilidades que simplemente no tienen, sino que quieren que cada uno dé su 100%, sea cual sea”, dice Angélica Zañartu. En resumen, son idealistas, pero realistas a la vez.

Se dejan ayudar y son abiertos a otras opiniones

En esa tarea se preocupan especialmente de que sus hijos aprendan a estar pendientes de las necesidades de los que están a su alrededor. Están convencidos de que así serán más felices. Esto, el matrimonio feliz lo enseña con el ejemplo. Sus hijos los ven preocupados siempre el uno por el otro; que su mamá acompaña al papá a panoramas que no encuentra demasiado entretenidos y que él le pone especial empeño a cosas que a ella la dejan contenta, aunque él no les vea mucha importancia. También ven que son acogedores con los vecinos y, por supuesto, con los demás familiares.

Esta actitud abierta hacia los demás, beneficia al matrimonio feliz. Gracias a ello tienen personas dispuestas a apoyarlos cuando lo necesitan y así su vida es más fácil y libre de angustias. Estas personas, además, se van convirtiendo en un termómetro de su rol como papás. “Si bien tienen claro lo que quieren para sus hijos, estos padres están permanentemente reflexionando acerca de cómo lo están haciendo. Se escuchan el uno al otro, escuchan a los hijos y también a su contexto. Toman en cuenta la opinión de un abuelo, por ejemplo, o de amigos cercanos”, dice Pablo Isakson.

Así como están abiertos hacia afuera de la casa, estos papás felices también están abiertos hacia sus hijos. Por supuesto que hay temas de pareja que no tienen porqué compartir, pero hablan con ellos todo lo que les compete. No esconden secretos importantes que puedan herir las confianzas o hacerles tener una visión sesgada de las cosas. También están dispuestos a conversar de lo que toca, sin hacerle el quite a temas difíciles como la sexualidad o drogas. “Lo más duro que le puede pasar a un papá es sentir que llegó tarde a ayudar a un hijo. Estos padres tienen menos riesgo de que eso suceda”, explica Pablo Isakson. Por otro lado, cuando ocurre un problema o un hijo reacciona mal, intentan descifrar qué hay detrás de esa conducta. Piensan más en cómo ayudarlo que en cómo castigarlo.

Este matrimonio feliz sabe que educar no es corregir todo el tiempo, sino que es enseñar y hacer florecer a cada una de esas personas que tienen a cargo. Saben que para eso necesitan cultivar la paciencia, mirar las cosas con perspectiva amplia y, así, ser capaces de dejar pasar algunas fallas.

Una labor seria, pero entretenida

Si bien la mamá y el papá feliz están conscientes de la responsabilidad que es educar, están más tiempo disfrutando su opción que preocupados. Se esfuerzan por no dramatizar cuando hay problemas y no se identifican con el rol de víctimas -“Yo que he hecho tanto por ti, mira cómo me respondes”- y son capaces de dejar de pensar en el futuro para aprovechar el presente.

Si esta mamá y esposa feliz trabaja -porque lo necesitan o porque le gusta mucho- tiene un trabajo que le permite llegar a la casa en disposición de entregarles cariño a sus hijos con una actitud tranquila y satisfecha. Si, en cambio, se queda en la casa, lo toma como una elección y no cobra después los “sacrificios” que hace por la familia. Tampoco lo usa como excusa para no cultivarse intelectualmente, pues sabe que no tiene ninguna relación y a ella le gusta aprender de los temas que le interesan.

El papá feliz es fuerte, es apoyo y puntal de todos en la casa. Y lo consigue sin ser lejano ni frío; sino al revés. Conoce muy bien a su señora y a cada hijo, sabe cuáles son sus sueños. Se empeña en animarlos a llegar a esa meta con las fortalezas y debilidades de cada uno, rasgos que él también conoce. Esa es la esencia de su fortaleza, así como lo explica Neva Milicic en su libro “Vivir en familia”: “Aunque la protección económica y la disciplina son aspectos importantes para la seguridad de un niño, hay otro tipo de seguridad que es más básica y más primaria, y que es la necesidad de ser aceptado, querido, respetado, el sentir que a uno lo entienden”.

Diagnóstico familiar
¿Es agradable vivir en nuestra casa? ¿Por qué?
¿Los papás hacemos cosas CON nuestros hijos, o sólo cosas PARA nuestros hijos?
¿La casa es acogedora? ¿Hay espacios donde se pueda jugar?
¿Nuestros hijos saben qué nos gusta de ellos? ¿Se los hemos dicho?
¿Qué vemos más seguido; caras sonrientes, neutras o tristes?
¿Cómo reaccionamos cuando hay diferencias de opinión? ¿Sabemos discutir sin herirnos innecesariamente?
¿Cómo hablamos cuando otro hizo algo que no nos gusta?
¿Tenemos un plan para cada hijo o los estamos ayudando a que lleven a cabo su propio plan?
¿Sentimos que nuestros hijos pueden ser tal como ellos son en la casa? ¿O sospechamos que se sienten más a gusto con otra gente?
¿Nuestros hijos se atreverían a contarnos cualquier cosa que los aqueja? ¿Por qué sí y por qué no?
De nuestras costumbres familiares, ¿cuáles nos hacen bien y cuáles sería mejor tratar de cambiar?
¿Nos pedimos ayuda unos a otros?
¿Es fácil organizarnos para hacer un paseo juntos?

Los hermanos – hijos:

Se conocen, se valoran, se apoyan unos a otros. Y saben que sus papás están felices de tenerlos.
De niños, estos hijos fueron muy abrazados y regaloneados. También les pusieron límites, pero al mismo tiempo confiaron en ellos. Por ejemplo, saben que sus papás reconocen lo que ellos saben hacer bien y les dan oportunidades para practicar.

“Si un hijo se interesa por las máquinas, dejan que trate de arreglar la lavadora cuando se echa a perder. Si no lo logra, llaman al técnico y le permiten quedarse mirando, que le haga preguntas”,  ejemplifica Angélica Zañartu y lo resume en dejarlos que hagan todo lo que son capaces de hacer.

Al acercarse la adolescencia,los hijos se sienten cómodos con sus papás, pues ven que ellos los tratan distinto a medida que crecen. Llevan a sus amigos a la casa, al pololo, hablan de lo que hacen con ellos… Y lo que no cuentan, no es por esconder deliberadamente, sino porque necesitan algo de intimidad.

Además, ven que sus papás se esfuerzan por informarse sobre el mundo en que ellos viven y que buscan argumentos racionales. También que tratan de ponerse en el lugar de ellos y que están muy contentos de tenerlos como hijos. “Mientras más temas quepan en las conversaciones, menos temas importantes quedarán afuera. Eso lo saben estas familias y por eso están dispuestas a que el mundo de los hijos quepa de manera integral en el espacio familiar. Aceptan que opinen distinto y eso hace que ellos se muestren tal como son”, dice Pablo Isackson.

Como hermanos, ven la riqueza de ser diferentes y saben que todos valen lo mismo, porque sus papás los han tratado como iguales. También les enseñaron a saber negociar los espacios y las preferencias, a reconciliarse luego de las peleas, a no abusar del más chico ni del más grande. A escucharse y a ayudarse.

Es decir, les mostraron lo que es ser realmente hermanos y les enseñaron que no deben dejarse estar frente a ese lazo de sangre, sino que deben cuidarlo y construirlo. Eso les permite relacionarse sin competir y los libra de tener conflictos demasiado profundos.

Lo tienen todo para ser amigos además de hermanos, si es que así lo quieren (porque los amigos se eligen libremente y no es requisito de la fraternidad).

Además, estos hermanos e hijos felices participan de la familia y no dejan todo en manos de los papás. Opinan sobre lo que pasa en la casa, pueden proponerles soluciones a sus papás y también decirles cuando creen que ellos están equivocados. Saben que sus padres no les van a hacer caso en todo, pero que de todas maneras los van a escuchar. Esta participación ayuda a que sean comprometidos con la familia. Además, es un aporte valioso para los padres, pues les muestra que no están esforzándose en vano.

Obstáculos
Hablar a gritos.
Ser rígidos y juzgar.
Los “Tú siempre” o “Tú nunca”.
Usar sarcasmos e ironías que no todos entienden.
Papás que están todo el tiempo dando órdenes, corrigiendo o limpiando.
Ante los problemas: sobrerreaccionar o minimizarlos.
Acusar y criticar.
Hacerse la víctima y cobrar sentimientos.
Pretender que los hijos sean como los papás quieren.
Justificar el mal ambiente familiar con razones como “Es que los adolescentes son tan difíciles”.
Hacer dramas por cosas chicas.
Poner reglas que son imposibles de cumplir.

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