Parece utópica y sencillamente inalcanzable, pues este mundo a simple vista está lleno de semblantes fríos, retraídos y egoístas. En la calle, en el supermercado, en el trabajo y hasta en los hogares hay espacio para el mal humor, las actitudes duras y reservadas. No se mira al del lado, al vecino, al compañero e incluso se descuidan las verdaderas expresiones de cariño con el cónyuge, con los hijos, con los más cercanos…. Así las cosas, el amor se diluye y ¡urge rescatarlo! Por Magdalena Pulido S. / mpulido@hacerfamilia.net
Engañarse respecto al amor es la pérdida más espantosa, es una pérdida eterna, para la que no existe compensación ni en el tiempo ni en la eternidad: la privación más horrorosa que no puede resacirse ni en esta vida… ni en la futura.
Con estas palabras Soren Kierkegaard, destacado pensador del siglo XIX confirma la importancia del amor. “Es que el amor es el principio de toda vida humana”, reafirma el filósofo español Tomás Melendo. Se dice que quien no ama nada o a nadie, no puede alegrarse aunque lo intente. Y Rafael Llano, abogado y escritor mexicano, va más allá: “Negarse a amar, es negarse a ser, es decir, es un suicidio”.
La antítesis de la sensiblería
Pero, ¿qué es exactamente el amor? Amar no es un simple impulso o un mero sentimiento. El verdadero amor nada tiene que ver con el sentimentalismo romántico, ni con el placer. No se debe confundir con el enamoramiento.
En su sentido más sublime, escribe Tomás Melendo, “el amor es el acto supremo de la libertad, es la actividad reciamente humana. Los animales no aman, pues amar es un acto inteligente, voluntario y responsable por el que una persona elige y realiza el bien del otro en cuanto otro”.
El hombre, al contrario del animal es por naturaleza altruista, es decir, tiende a entregarse a los demás por la simple satisfacción del otro. El animal tiende a su propia autorrealización, sólo se preocupa de lo que le afecta a él.
Por amor, el hombre busca lo mejor de quien está a su lado, no por motivos subjetivos, personales o propios para uno, sino que simplemente porque el otro es digno de amor y punto. El amor es la supremacía radical del Tú. Sin embargo, eso no es tan fácil.
Entre dos amores
Al respecto Rafael Llano, escribe y explica que hay dos formas de amar:
- Se ama el bien en sí mismo o,
- Se ama aquello que redunda en el beneficio personal y se acomoda a los propios intereses. Aquí, en realidad se ama egoístamente al otro, es decir, sólo porque nos satisface y construye nuestra realización. Todos los amores toman uno de estos dos caminos. Y la única manera de alcanzar el verdadero amor es luchar por vencer al segundo, es decir, el del egoísmo.
El egoísmo es justamente lo contrario al amor, es la supervaloración del YO. Y no pocas veces amamos, fundamentalmente porque el objeto o la persona amada nos completa, nos satisface y se integra a nuestra personalidad como un elemento más de la realización personal.
En el falso amor no se le concede a la persona el valor que tiene en sí. Mientras que quien ama verdaderamente lo hace sin segundas intenciones ni motivos secundarios. Así el amor es coherente, simple, entero y de entrega total. Ese es el amor verdadero y sin duda este es el que conduce a la ansiada Felicidad.
Amor a la obra
¿Y cómo se logra amar de esa manera? Paso a paso, con las actitudes correctas, pensando sin resquemor en el otro. Para esto es fundamental:
1-. Mirar: Hay miradas indiferentes y frías y otras sensibles y acogedoras. La diferencia entre ambas, marca la forma de amar.
El verdadero amor implica saber observar a los otros, mirarlos no como números que integran cuantitativamente una masa, sino que distinguirlos por sus características, por sus cualidades peculiares e irrepetibles.
“Así como uno necesita ser reconocido, todos necesitan serlo, como persona, con una identidad insustituible”, escribe Rafael Llano.
Nos quejamos de que la gente anda de malhumor, es fría y distante. Pero probablemente eso es espejo de nuestras propias actitudes. “Abrámonos a los demás con una palabra atenta, con una sonrisa y sin duda las actitudes cambiarán”, concluye Llano. Fijarse que al lado hay alguien. Eso es amor.
2-. Mirar más allá: Vivimos rodeados de personas, pero cuánto sabemos de quienes están a nuestro lado. De hecho, en ocasiones nuestros juicios hacia ellas son excesivamente primarios y superficiales, y sentenciamos por ejemplo; “no sirve para nada, no trabaja, solamente piensa en él, es muy antipática, retraída”. Pero tal vez todo eso se explica por algún problema y es ahí, hasta ese nivel más profundo, a donde debemos esforzarnos por llegar. Rafael Llano afirma: “El amor tiene que perforar lo superficial, sintonizar con la realidad de cada persona y aceptar al otro tal cual es, sin juzgar ni criticar. Sino simplemente tirándolo para arriba”.
“Como me agradaría esa persona si no tuviera ese defecto”. Pensar así, escribe Rafael Llano, no es únicamente un egoísmo revestido de aparente nobleza, sino una absoluta falta de perspectiva. Porque los seres ideales no existen. Lo que realmente existe son seres concretos con sus limitaciones, defectos y debilidades. Si tan sólo amáramos a los perfectos entonces no amaríamos a nadie.
Según agrega el autor, “las personas callan con frecuencia sus debilidades y necesidades. Algunas veces por pudor o vergüenza, en ciertas ocasiones por no dar trabajo o causar disgustos. Otras por orgullo para no revelar sus limitaciones o reconocer la superioridad de los demás”. Por eso es necesario tener los ojos muy abiertos y mirar más allá. Eso es amor.
3-. Comprender: “Comprender es más que un mero conocimiento racional. Comprender es un conocimiento cordial, por el cual somos capaces de internarnos en la vida de los otros”, define Rafael Llano. Quien realmente comprende al otro, vive sus penas y alegrías. Se enorgullece de lo que hace y se entristece con sus derrotas, se coloca realmente en su lugar.
Por ejemplo, se sabe por la razón que existe gente con depresión que está tan triste que llega a pensar en quitarse la propia vida, pero como no lo hemos experimentado no nos acongojamos. Es decir, como concluye Llano, “nuestra inteligencia sabe muchas cosas, pero nuestro corazón continua ignorándolas”. Abrir el corazón a los demás. Eso es amor.
¿Vale la pena?
Relacionarse con los demás a través del amor cambia la calidad de nuestra familia, de nuestro trabajo, del mundo en que vivimos. Los hace infinitamente mejor ¿Por qué?, porque con amor:
Se sabe esperar: Recordemos nuestras irritaciones insensatas, las palabras que no deberían haber sido dichas, la voz que se eleva a decibeles inaceptables.…”Recordarlas nos hará comprender que la calma, el silencio son señal de madurez, de fortaleza y una verdadera conquista, que sólo se logra por el amor que le tenemos a los demás”.
Se hace más fácil la carga: Cuando el amor es el que lidia nuestra relación con los demás los dolores, las preocupaciones, se hacen más llevaderas.
Se aprende a servir: Cuando hay amor las actitudes cotidianas se transforman en servicio y según Rafael Llano: “eso se nota en mil y un detalles de la vida diaria. Como en la prontitud de colaborar con el trabajo de los demás, en la buena disposición de asumir las tareas más lateras, en la presteza para hacer las pequeñas tareas domésticas. En la prontitud en anticiparse a atender el teléfono, en la aceptación de un desajuste en nuestros planes para beneficiar a los demás, etc, etc, etc”.
Se puede sonreír: Si hay amor, sin dudas hay sonrisas. Y si hay sonrisas: un largo discurso se hace más corto. Uno, sonrisa es capaz de representar la clara señal de un perdón. Una sonrisa que acompaña a un favor realizado; es como si se dijera: “no fue nada, para eso estamos”. Una sonrisa delicada puede ser una forma de ayudar a otros a pasar una pena.… Llano escribe que: “el correr de los años, las decepciones, las preocupaciones, el cansancio, y las enfermedades, probablemente disminuyen la capacidad de sonreír. Sin embargo, la sonrisa cumple la función de aproximación y de amabilidad calurosa”. Por lo mismo vale la pena intentarlo.
La escuela del amor
Para el filósofo Tomás Melendo, la vía más común para aprender a amar es el matrimonio, y luego, la educación de los hijos. Los hijos que han venido y han surgido del amor de sus padres, crecen y se alimentan también del amor que se tengan ellos. “Cuando en una familia hay un problema con un hijo, en el 90% de los casos lo que hay que intentar hacer para solucionarlo, es incrementar el amor entre los cónyuges, y no como papás”. Esto porque según agrega el experto, lo que los hijos más desean es que sus papás se quieran. Así, si yo me esfuerzo en amar a mi mujer, sin duda, mejoro la calidad de mi familia”.<
Y la clave para que un matrimonio funcione así, es cada día enamorarse y enamorar al otro un poco más. Para ello bastan gestos de preocupación muy sencillos, como una llamada a mediodía, una palabra de cariño o una discusión sin descalificación. “Ese trato amable enseña a los hijos a estar más pendientes del bien de los demás que del de uno. Y esto según el filósofo, “equivale a que aprendan a no subordinar toda acción buena a un premio, sino que el premio sea sencillamente la felicidad del otro”. Por ejemplo, preocuparse de dejar la pieza ordenada, no es una manía, sino que es para que la mamá tenga que trabajar menos. Es pensar en su bien. Lo mismo cuando un hijo pregunta por qué tiene que estudiar. Generalmente le decimos para que pueda ser profesional. Cuando en realidad la mejor respuesta sería: Si tú estudias puedes ayudar al que más le cuesta. Es pensar en el bien del otro. Si los padres están constantemente con esa actitud, los hijos, sin duda, la aprenderán. Y por el contrario, si al término de cada acción se pone un premio por su ejecución, en el fondo los hijos pueden actuar materialmente bien, pero se les estaría convirtiendo en personas tremendamente egoístas. HF

