UNA MUJER LO DEJÓ TODO POR ACOMPAÑAR A SU MARIDO A UN LUGAR REMOTO. HOY SÓLO SACA CUENTAS ALEGRES. A VECES INCLUSO CARECIERON DE SERVICIOS BÁSICOS, COMO AGUA, PERO PARA LA FAMILIA FUE UN MOMENTO DE SILENCIO Y REENCUENTRO.
Por Teresa Arnaboldi
Poly Olavarrieta se sentía totalmente urbana. A pesar de haber nacido en Punta Arenas, disfrutaba de su vida santiaguina, de su trabajo como ejecutiva de publicidad en una revista, y además, junto a su marido militar, tenían un buen grupo de amigos. Sin embargo, cuando en el 2008 él le dijo que lo trasladarían a una región remota no dudó en apoyarlo. La alternativa era Punta Arenas o Pozo Almonte, y obviamente Poly cruzó los dedos para irse a su tierra natal. Pero su marido le explicó que Pozo Almonte era más conveniente para su carrera. Poly pensó en sus tres hijos, de 12, 9 y 1 año. Preguntó si habían colegios para ellos y ante la respuesta afirmativa de su marido, ella decidió apoyar su decisión. Para Poly fue muy difícil renunciar: “Me lo lloré todo, me dio mucha pena dejar de lado mi proyección en el trabajo por mi marido, el ambiente era muy bueno y renunciar implicaba quedar fuera del mercado y dedicarme a ser dueña de casa”, explica. Para los niños también fue complicado. Su hija mayor, de 13 años, iba a echar de menos su colegio y a familiares.
Mirar el lado positivo
Poly se fue llena de incertidumbres, sin embargo, cuando llegaron a su nuevo destino se sorprendió. Su casa quedaba en medio de un condominio ubicado entre tamarugos, donde vivían 30 familias. “Lo que nos dejó más sorprendidos fue el contraste que se producía dentro de la villa, donde todo era verde, pero si cruzabas la reja te encontrabas con el desierto… y ese espectáculo te recogía el alma”, comenta.
La casa era enorme, tenía un patio interior y según Poly, esa no era una residencia estándar para un militar. “Era como para un millonario, podía recibir a mi familia completa y no se sentía”, cuenta. Eso sí, no había teléfono fijo y tampoco señal de celular. Además, escaseaba el agua, que se cortaba varias veces al mes. Para remediarlo, usaban baby wipes, llenaban un tambor y sólo podían tomar agua de bidón. Aunque los niños extrañaban la tecnología, la experiencia se transformó en algo positivo. “Ellos disfrutaban y se entretenían en el “bosque”, jugando con piedras y tierra, bañándose en la piscina casi todo el año y tirándose por el resbalín. Jugaban igual que como lo hacíamos nosotros cuando éramos chicos, al aire libre”, explica. Dice también que la experiencia les sirvió para realizar actividades juntos y afiatarse como familia. “Los fines de semana jugábamos Monopoly, Pictionary y cualquier juego de mesa que teníamos a mano”, cuenta.
Poly dice que depende de cada uno pasarlo bien en la vida. “Si llegas a un lugar con mala disposición y mala cara, vas a estar mal. En cambio, si miras el lado positivo del asunto, vas a ver todo lo bueno que hay”, comenta. Agrega que su hijo se curó del asma gracias al aire seco del desierto y que su marido, que trabajaba cerca de la casa, iba a almorzar todos los días con ella y volvía muy temprano.
Hoy, Poly vive en Iquique y recuerda con felicidad todo lo bueno que vivió en el desierto.●

