Los matrimonios que no han podido tener hijos viven con dificultad el día a día. En silencio la mayoría, intentan lidiar con la incertidumbre de si alguna vez serán padres, con la presión que, aún sin quererlo, ejerce su entorno más cercano y con la propia desilusión que genera la frustración de un proyecto tan anhelado. Aún así, ese período de espera no tiene porqué ser un tiempo maldito. Por el contrario, si se le pone cabeza y corazón puede ser una gran oportunidad para reforzar la relación y, si es el caso, prepararse mejor para la paternidad.
Por Pía Orellana G.
Lograr un embarazo no es tan fácil como se podría pensar. De hecho, el ser humano es de las especies con menor fertilidad por ciclo, con sólo un 20% de probabilidades de concebir. Eso quiere decir que en promedio una pareja común se demora cuatro meses en lograr un embarazo. Cuando ha estado expuesta a ello durante un año sin lograrlo, se habla de infertilidad.
El porcentaje de parejas infértiles alcanza el 10 a 15% de aquéllas en edad reproductiva y las causas son variadas. Entre las atribuidas a la mujer se encuentran factores ovulatorios, tubo peritoneales, uterinos, cervicales, endometriosis y la edad (ver recuadro). Los factores masculinos, en tanto, están determinados por la calidad y cantidad de espermatozoides, que se ven alterados por condiciones genéticas, tabaquismo y otros.
Sin embargo, hay un 10% de los casos de infertilidad en los cuales la causa es desconocida. Muchos -con buenas intenciones, pero sin conocimientos científicos- lo atribuyen a un factor emocional. La psicóloga Rosario Domínguez, del equipo de Medicina Reproductiva de la Clínica Las Condes, señala: “En general muchos aspectos de la salud se ven afectados por lo emocional, el estrés, la calidad de vida. De hecho, hay una creencia muy extendida de que ello tendría relación con la fertilidad, lo que afecta emocionalmente a las parejas infértiles, porque lo sienten como una culpa. Pero no hay evidencia que diga que ello sea así”.
¿Cuánto influye la cabeza?
Rosario Domínguez agrega que sí hay estudios recientes que demuestran cierta tendencia a que cuando las personas están enfrentando un problema de infertilidad y trabajan de forma adecuada su estrés durante el tratamiento, obtienen resultados más rápido.
El Dr. José Antonio Arraztoa, gineco-obstetra y docente de la Universidad de los Andes, coincide: “Las causas reconocidas de infertilidad son fundamentalmente biológicas, orgánicas; no se ha logrado establecer causas psicológicas. Lo que pasa es que la mujer tiene una gran vulnerabilidad ambiental, sobre todo su ciclo ovárico, que está conectado con el sistema nervioso central. Pero eso se puede tratar. Distinto es el estrés que significa el diagnóstico de infertilidad para la pareja, el cual podría afectar al resultado de los tratamientos, especialmente su adhesión a ellos”.
Pero hay otro factor que también genera presión sobre los matrimonios: la sociedad. La psicóloga Rosario Domínguez cree que mucho se debe a que “vivimos en una sociedad muy homogénea, que tolera mal la diversidad. Cuando la pareja no se embaraza pronto, empiezan los cuestionamientos. Se dicen cosas de manera muy liviana, del tipo ‘no sean flojos’, ‘no sean egoístas’, ‘cuándo se van a decidir’, sin tener idea de que la pareja a lo mejor ya está en eso hace rato”. Finalmente, el poder tener hijos es otra vara más con la cual la sociedad mide el éxito.
Jocelyn Ávila y Luis Palma, “Para nosotros nunca fue tema”.
Jocelyn había sido operada de endometriosis muy joven, antes incluso de casarse. Por eso, cuando con Luis -con quien lleva siete años de matrimonio- quisieron tener hijos, se hizo un chequeo para asegurarse de que todo estuviera en orden… pero no lo estaba. Nuevamente era necesaria la cirugía, pues la endometriosis había vuelto a aparecer y de manera más agresiva. “Circunstancias ajenas a nosotros impidieron que me pudiera operar inmediatamente; esperé once meses. En ese tiempo la enfermedad empeoró a tal grado, que perdí un ovario”, explica ella.Tras ello sus posibilidades de concebir se redujeron a un 20%. Paralelamente, a Luis un examen le indicó que también tenía problemas. Aún así, “no estábamos angustiados, ni estresados, ni obsesionados, sino todo lo contrario: muy tranquilos, sabiendo que si Dios nos tenía un hijo, llegaría en su momento, pero haciendo lo posible porque llegara”, recuerda Jocelyn.
Sin embargo, sentían la presión social. “Cada vez que llegaba alguien diciéndonos ‘Prueben con este doctor’, quedábamos desorientados, preguntándonos si estábamos haciendo lo correcto o no”. Fueron a cuatro especialistas en total. “Es un tema tan importante e íntimo que uno necesita sentirse acogido y no que están experimentando contigo,”, dice Luis.
Ambos coinciden en que el punto a favor era que su relación seguía firme. Gran parte de la fuerza interior que mantuvieron en el proceso, que en total duró cuatro años, la atribuyen a que estaban muy entregados. La adopción era también una alternativa, aunque la última.
Por eso tampoco la infertilidad fue “tema”. “Conversábamos lo que había que conversar, pero nunca en la casa, sino que al salir del doctor, en el camino de vuelta y sería. Sabíamos que estábamos en un proceso y no lo teníamos que apurar”, dice Jocelyn.
Hoy tienen una hija de un año y medio. “Si bien en estos tratamientos está la intervención humana, en la medida que uno se va metiendo en el tema se da cuenta que en realidad si no está la obra de Dios, no ocurre. La técnica en sí no es 100% efectiva. Hay muchas variables que están fuera del alcance del mejor de los especialistas y por eso, finalmente, el que manda es El de arriba”.
Un golpe para el matrimonio
Qué duda cabe: saberse infértil es un golpe fuerte para un matrimonio. “Genera inestabilidad, porque la gran mayoría, cuando deciden unirse, jamás se plantea la posibilidad de no poder tener hijos. Esto desordena toda una estructura”, explica el Dr. Alejandro Manzur, gineco-obstetra, experto en infertilidad, del Hospital Clínico de la UC. “Todo el mundo tiene más o menos definido lo que va a ser su proyecto de vida, y cuando lo que tienes pensado no llega, genera angustia, roces y preocupación”.
Lo que sigue es la negación. “Muchas veces las personas empiezan a echarle la culpa al empedrado: que estoy muy cansado, que he tenido mucho trabajo… Se apela a uno u otro ejemplo para pensar que no hay un tema real, sino que son factores externos los que determinan la infertilidad”, agrega el Dr. Manzur.
Cuando la pareja cae en la cuenta que efectivamente ha pasado tiempo, que sus amigos están teniendo hijos, que sus familiares les preguntan, se preocupan. Viene la incertidumbre y la angustia. “Si tú tuvieras una bola de cristal y pudieras decirles que van a tener hijos, pero que se van a demorar, se relajarían. Es esa incertidumbre de si los van a tener o no lo que los mata”, dice el Dr. Manzur.
Luego aparecen los sentimientos de culpa: si no hubiera hecho esto o si hubiera hecho esto otro… la infertilidad termina siendo un castigo.
Mientras tanto, la vida sigue: las actividades sociales de sus pares ocurre alrededor de los niños, y es natural que el matrimonio quede fuera de esa dinámica. Por ello algunos se aíslan.
Dentro de la misma pareja, el tema tampoco es fácil. Están cargados de emociones que a veces no coinciden. Ella quiere hablarlo, él no. La relación sexual es un objeto de presión más. El Dr. Manzur complementa: “Al hombre le cuesta más hablar del tema, sobre todo cuando tiene que someterse a procesos que, aunque no queramos, son súper invasivos, como el espermiograma o el test post coital. Nosotros les tenemos que mandar un mensaje de cuándo tienen que tener relaciones. Pero ellos tienen derecho a haber tenido un mal día laboral, a estar cansados, a estar resfriados. El acto sexual no debiera ser algo mecánico y a veces uno lo mecaniza”.
Magdalena Warner: “Aprendí a ver el vaso medio lleno”
“Nuestra infertilidad no tiene causa conocida. Llevamos diez años de matrimonio y tenemos un hijo de cinco, pero ha sido difícil”, cuenta Magdalena Werner, periodista y profesora.Tanto para ella como para su marido Alejandro Reid, el proceso ha tenido un antes y un después de Tomás. “El primer período fue mucho más sufrido, porque estás en la incertidumbre de si podrás tener hijos o no. Todos los exámenes indicaban que estábamos perfecto, pero aún así no me quedaba esperando guagua”.
Pasaron por los tratamientos menos invasivos; el paso siguiente era inseminación artificial o fertilización in vitro. “Nosotros lo investigamos y, después de mucho darle vuelta, decidimos que no queríamos hacerlo así. Lo que la Iglesia Católica nos recomendaba sería nuestro límite. Nos cambiamos de doctor y seguimos con lo que ya habíamos hecho, hasta que llegó el minuto en que nos dijo: ‘No sé qué más hacer, sólo darles un certificado de infertilidad para que empiecen los trámites de adopción’”. Fue un balde de agua fría. “Lo habíamos pensado, pero nunca como algo concreto, porque sentíamos que aún no era el momento”.
Para entonces, la infertilidad ya era “tema” para la familia y amigos. “Vienen los chistes, las opiniones y uno entiende que es en buena onda, pero uno no quiere más. Optas por cerrarte y decir ‘mi vida no es sólo esto, no quiero pensar en esto todo el día, tengo que cuidar mi matrimonio, mi trabajo, el resto de mi vida’”.
Por casualidad Magdalena se topó con una especialista argentina, que le dio una dieta muy rigurosa, basada en la medicina Mayr, que plantea que todo lo que pasa en el estómago repercute en el resto de los órganos del cuerpo: “La seguí rigurosamente. Cuatro meses después, fui a un iriólogo que me habían recomendado, quien me dio unas gotitas a tomar. Ese mes me quedé esperando guagua”.
Tomás nació en Inglaterra, donde vivían mientras Alejandro estudiaba. ¿La dieta? ¿Las gotitas? ¿Un milagro? “Para mí fue una mezcla de todo o que en realidad era lo que Dios quería que fuera no más”. El tema “hijos” dejó de ser tema, pero la idea era tener otro apenas pudieran. Aunque todos les presagiaron que ahora sí les sería fácil, pasaron dos, tres años, y nada. De vuelta en Chile, volvieron a los tratamientos de antes, sin éxito.Todo de nuevo
“El segundo período ha sido más lento y menos angustioso. Ya no es podré o no tener guagua. Sé que puedo tener, aunque quizás Dios no me va a mandar otra, pero ya estoy en el rol de mamá”.Aún así, es un tema: “Esto rompe tu estructura. Empiezas a pensar que tu hijo ya tiene 3 años, que toca que tenga un hermano, e incluso él mismo te empieza a preguntar. Y vienen las crisis, momentos en que lloro y me rebelo y digo por qué, pero después todo vuelve a la calma porque valoro el milagro que es él”. Hace un año comenzó a quemar lo que ella llama sus “últimos cartuchos”: la dieta estricta y las gotitas del iriólogo, lo que no la deja de asustar: “Ya sé que todo está bien, entonces, si no resulta, ¿qué?”
Para ella es un proceso que nunca termina y que le cuesta entender. “Pero he aprendido a mirar el lado lleno del vaso. Pienso que podría no tener nada y tengo a Tomás, un milagro”.
Se inicia el tratamiento
Una vez determinada la infertilidad, se hace una evaluación para encontrar la causa. De acuerdo a ella se pueden realizar una serie de tratamientos. Los primeros y menos invasivos son aquellos previos a la relación sexual: estimulación de la ovulación y cirugías (por ejemplo, para reparar las trompas). Si ello no ha dado resultado, se interviene después de la relación sexual, ya sea a través de apoyos hormonales al embarazo o cirugía, como sería el cerclaje del cuello del útero. Todo ello no implica ningún cuestionamiento ético, ya que sólo refuerza al acto sexual.
Luego está la inseminación intrauterina, que consiste en la obtención de semen del marido, el cual es introducido a través de un catéter al útero de la mujer, a quien, a su vez, se le ha estimulado la ovulación. El Dr. Arraztoa explica que existen protocolos que hacen de ésta una técnica más o menos cuestionable desde el punto de vista ético: “Hay variantes. Es muy distinto que los espermios sean del marido a que sean donados, o que la muestra se obtenga a través de la relación sexual o de la masturbación. Sin embargo, si los espermios son del marido y se obtienen tras la relación sexual… no hay consenso entre los expertos en ética y es algo que al menos la Iglesia deja en la libre conciencia de los esposos y el médico, quien tiene que velar por el protocolo adecuado”.
Por último está la fertilización in vitro, que tiene una implicancia ética difícil de entender. El Dr. Arraztoa explica: “Sobre todo es difícil de entender para la pareja infértil, ya que está viviendo un proceso doloroso por las expectativas frustradas, acompañadas de grandes esfuerzos físicos, psicológicos e incluso económicos”. Pero este cuestionamiento tiene una lógica: la fertilización in vitro consiste en sacar óvulos de la mujer, espermios del hombre, fecundar el óvulo fuera del cuerpo de la mujer y luego transferirlos al útero. “Es una técnica que choca con la ética porque el modo en que se está gestando un ser humano no es producto sólo del gesto propio de los esposos a través de la relación sexual. Hay una intervención tal de terceras personas, que el niño es concebido gracias a la capacitación técnica de otros. Cuando se comienza por ese lado, es coherente que el técnico que está a cargo quiera ver la calidad del producto. Esta preocupación se manifiesta en escoger los mejores óvulos para fecundar; en la selección de embriones para transferir; en el diagnóstico pre implantacional de enfermedades y descarte de embriones defectuosos; en el aborto selectivo si hay un embarazo múltiple, etc.”
Pero no estamos hablando de una cosa, de un producto, sino que de una persona. Entonces la pregunta es si es ético tratar a un embrión -un ser humano- como si fuera un producto, y evaluarlo con la misma mirada con la que uno evalúa el resultado de un proceso productivo. “Es evidente que ese no es el modo en que los padres ven a sus hijos, pero es la forma en que los embriones se arriesgan a ser tratados por parte de quienes asisten la reproducción”, concluye el Dr. Arraztoa.
El sentido de la espera
¿Cómo elaborar sanamente el duelo que produce la infertilidad y que lleva al matrimonio al límite? Los especialistas concuerdan que la clave es no perder el sentido del tratamiento, que es la paternidad.
El Dr. Arraztoa señala: “Si el foco está demasiado desbalanceado hacia el logro de un embarazo biológico, se arriesga incluso a desnaturalizar la relación sexual, quitándole su aspecto de donación mutua entre dos personas que se quieren. Se puede transformar en una especie de ‘uso’ del otro a través de la instrumentalización de la relación sexual, para lograr un embarazo. Nada más lejos de lo que originalmente motiva a esas mismas parejas”.
Por lo mismo y dado el estrés que generan los procedimientos es que la mirada debiera ser positiva y esperanzadora. “Como médico trato de presentarles las cosas desde una perspectiva más práctica”, cuenta el Dr. Manzur. “Les pregunto: ¿Cambia mucho las cosas el que tengan un hijo en seis meses o en dos años más? ¿No creen que deben enfocarse en que cuando llegue tienen que estar lo más preparados posible, con una relación de pareja fantástica, que aprendan sobre los cuidados de un recién nacido, que piensen en cómo van a dedicarle tiempo?”
El Dr. Manzur sabe de lo que habla. Él mismo con su señora fueron infértiles durante cinco años; hoy tienen cuatro hijos. “Ese tiempo de infertilidad no es un tiempo maldito, sino que un período para ganar en muchas otras cosas: en experiencias, en conocer la fisiología reproductiva del cuerpo humano, en ser mejor papá. Mientras más años lleva el matrimonio de infertilidad, más privilegiado es ese ser que nace, porque nace en un entorno de mucho cariño, ya que está en medio de una pareja que ha permanecido unida a pesar de esta adversidad”.
Continúa: “Yo soy un férreo defensor de que es súper importante estar con un espíritu ganador. Hay parejas que llegan preguntando ‘y si esto no resulta, qué’. A ellos les llora que uno les diga ‘en esto estamos ahora y tienen que poner de su parte’. El equipo médico raya la cancha, pero los jugadores son ellos”.
La psicóloga Rosario Domínguez coincide: “Yo intento que miren también los otros aspectos de su vida: ¿Estoy satisfecho con mi trabajo? ¿Está bien nuestra relación de pareja? ¿Y mis amigos? Trato de hacerlos ver la vida más allá del momento, porque aunque sea lo más importante para ellos, aunque estén detenidos en ese aspecto, en otros van creciendo”.
Principales causas femeninas de la infertilidad
- Factores ovulatorios: se refiere a la ausencia de ovulación y una de las causas más frecuentes es el Síndrome de Ovario Poliquístico, alteración que hace que la mujer no tenga ovocitos de buena calidad.
- Factores tubo peritoneales: son alteraciones en el funcionamiento de las trompas, las cuales pueden verse afectadas por cirugías previas, peritonitis, adherencias secundarias a infecciones o endometriosis.
- Factores uterinos: condiciones congénitas o adquiridas, como miomas, pólipos endometriales, sinequias uterinas.
- Factores cervicales: malformaciones en el aparato genital de la mujer.
- Endometriosis: presencia de tejido endometrial fuera del útero.
- Edad: la cantidad y calidad de los óvulos disminuye a lo largo del tiempo.
¿Cómo puede ayudar el resto?
Para quienes rodean a un matrimonio que no ha logrado tener hijos, la situación también es compleja. No saben si tocar o no el tema y, cuando lo hacen, muchas veces es con la mejor intención, pero con cero tino. Los especialistas sugieren:
- Respetar la privacidad del matrimonio. No preguntar hasta que ellos lo hagan.
- Escucharlos y saber que ocurre frecuentemente, pero la mayoría lo resuelve.
- Sólo ofrecer ayuda si es que la piden y evitar llegar con “lo último” en tratamientos, pues los confunde.
- No dejar de invitarlos a los panoramas familiares y con niños sólo porque ellos no los tienen. Si ellos quieren aislarse, bien, pero también tienen que saber alegrarse por el resto y dejar de hacer de su infertilidad “el tema” para todos.
Aún así, evitar la monotonía de temas. Es normal que cuando un grupo de amigos se juntan conversen sobre las cosas que les están pasando, sobre todo si están viviendo la etapa de crianza. Pero si hay una pareja infértil, valorar también lo que ellos están viviendo y hablar de cosas que los involucre a todos. De lo contrario, es como hablar de los logros profesionales frente a alguien que está cesante.
- Transmitirles el mensaje “estoy con ustedes, cuenten conmigo, cómo los puedo ayudar”. Que sepan que pueden acudir a uno cuando los necesiten.
- Ayudarlos a evitar que la infertilidad se transforme en un factor de desunión y a darse cuenta que los hijos son un regalo, no un derecho, porque no somos los dueños de la vida. HF



