Poco tiempo y muchos bienes son las características propias de la sociedad moderna. Un binomio completamente opuesto al de nuestros antepasados, quienes gozaban de muchas horas libres. Sin los infinitos recursos tecnológicos, con dificultad para movilizarse, una población pequeña, con tiempos para siestas semanales y largas sobremesas… La gente hasta “lograba” aburrirse. Volver a esa calma ancestral es imposible. Pero no todo está perdido, porque si hay una adecuada actitud personal, desde el interior de cada uno se puede cambiar no sólo la velocidad de nuestra vida, sino que, aún más profundamente, el sentido que le estamos dando. Por Magdalena Pulido S./ mpulido@hacerfamilia.net
Vivimos apurados. De ello no hay dudas: cuando aún nos congelamos por las lluvias y las bajas temperaturas las tiendas exhiben en sus vitrinas trajes de baños para la temporada de verano. Y si incluso a la fruta que cuelga del árbol se le echan químicos para que madure más rápido, con mayor razón aplicamos la lógica de la inmediatez con nuestros hijos. Necesitamos resolver ¡ya! la mala conducta de un niño y sin pensar si es o no lo más adecuado aplicamos lo que parece la solución más “expedita”: el castigo.
La comida rápida y las carreteras urbanas de alta velocidad, por algo surgieron; hay que alimentarse y movilizarse sin atisbos de demora. Las horas por día de trabajo productivo son excesivas. Por ejemplo, en la sociedad norteamericana el promedio es de 12 horas diarias en un 10% de la población, lo que es bastante.
El celular e internet nos dan el “don de la ubicuidad”, es decir, con ellos podemos estar a toda hora operativos y pendientes de la vida de los demás y del mundo entero. Con tanta conexión se pierden los espacios de real pasividad y existe la común sensación de que “no tenemos tiempo para nada”.
Es más, hoy tener horas libres es simplemente mal visto. Mientras, en épocas pasadas, dedicar ratos a la lectura, al cultivo de un pasatiempo o a tomarse una largas vacaciones eran signos de estatus. Ahora se valora más a quien pasa el día con celular en mano, lleno de trámites y extremadamente ocupado. “Eso de ‘no tener tiempo para nada’ es sinónimo de distinción”, explica el Eduardo Valenzuela, sociólogo de la Universidad Católica.
Y qué decir de los niños, están la altura de los adultos. Con clases de chino mandarín a los dos años, con violín a los cinco, reforzamiento particular de química y un largo etcétera, copan su agenda al nivel de un alto ejecutivo. Además, según explica Valenzuela, como los padres se las ingenian para que siempre tengan algo que hacer, son niños que no saben lo que es aburrirse.
Lento, pero seguro
Un cambio de actitud personal que pondere la velocidad del tiempo exterior, en otras palabras es simplemente:
- Prestar más atención al presente.
- Revalorizar los afectos.
- Rescatar el sentido común.
- Respetar a quienes tenemos a nuestro alrededor.
Un joven que trabajaba en la empresa Volvo en Suecia, llevaba pocas semanas de llegado a ese país. Por lo mismo, otro empleado era el encargado de recogerlo cada mañana para irse juntos al trabajo. Al cabo de unos días al joven le llamaba la atención que a pesar de que cada día llegaban muy temprano, el hombre ponía su auto en el lugar más lejano del estacionamiento. Hasta que un día le preguntó: “¿Ustedes tienen estacionamientos asignados? ¿Por qué te estacionas tan lejos?” La respuesta fue muy simple: “Me estaciono en el lugar más lejano porque el que llegue atrasado necesitará ponerse más próximo a la puerta”.
Sacar el pie del acelerador, evitar llegar siempre primero, sin duda, redunda en un claro beneficio para el crecimiento interior, para el bienestar de las demás personas y para una infinita mejor calidad de vida.
Pero nada es en vano
Se vive sin respiro y cuando eso ocurre las consecuencias no tardan en surgir. En 1982, Larry Dossey, un médico norteamericano diagnosticó la enfermedad del tiempo, cuyo principal síntoma es el de creer obsesivamente que éste se aleja, es inalcanzable, y, por lo tanto, hay que ¡APURARSE!
Además se ha descrito el Síndrome de la Felicidad Aplazada que consiste en la profunda angustia que experimentan las personas que no cuentan con tiempo suficiente para cumplir con todas las obligaciones diarias y que posponen cualquier experiencia gratificante a un hipotético momento futuro que finalmente NUNCA se alcanza.
Y como si fuera poco aparecen los NUEVOS POBRES. Éstos son los pobres de tiempo, es decir, aquellas personas que tienen un montón de bienes, pero que sólo se dedican a producir. “Tienen lo que quieren, pero tienen una pobreza enorme de horas libres para ellos y sus familias. Han empeñado la capacidad de disponer de su tiempo, y eso genera un terrible vacío interior y una gran infelicidad”, explica Valenzuela.
En una sociedad tan materialista como la actual, la riqueza se suele medir en bienes, y se olvida de medir también el tiempo disponible. Sin embargo, eso es un error pues no hay que olvidar que la vida se arma con dos componente: los bienes y el tiempo y es clave poner ambos en la ecuación para el ajuste personal.
Con estas “dolencias” no pueden dejar de aparecer también los problemas físicos: estrés, angustias, crisis de pánico e incluso síntomas bastantes más desapercibidos, como es la conclusión a la que llegó un estudio encargado por Hewlett Packard: la excesiva y permanente conexión al celular y al computador reduce nuestro coeficiente intelectual en un 10%.
Y como si fuera poco, producto de una vida tan apurada surge en gloria y majestad la agresividad: “El aceleramiento es muy agresivo”, dice Braulio Fernández, doctor en Literatura y profesor de la Universidad de los Andes. La gente se enoja cuando las cosas no van a alta velocidad. Cuando las personas corren se vuelven hacia adentro, hay silencio, ni hablar de mirar alrededor, hay apatía, indiferencia, ensimismamiento. Un ejemplo, ¿cuántas veces que un hijo quiere hacer una pregunta a sus padres y tiene como respuesta “no, ahora no”?. “Eso es muy violento”, concluye Fernández.
Con el aceleramiento cotidiano, no sólo no somos capaces de darnos cuenta cuán verdes están las hojas del árbol del jardín, sino que peor aún, no le damos tiempo a los demás, no consideramos a quienes tenemos cerca como se lo merecen, no somos capaces de ver quién está solo o con algún problema. Según Fernández, la alta velocidad finalmente hace “que nos volvamos increíblemente egoístas”.
Conclusión: lo más grave de ir de tan rápido, es que se ha llegado a una terrible pérdida de sentido.
“Nunca antes tanta gente había ido tan rápido a ninguna parte”. Con esta frase, según Braulio Fernández, se grafica perfecto el gran problema de hoy en torno a la velocidad. “Lo peor no es lo rápido que vamos, sino el sentido que le estamos dando a ese movimiento”. ¿A dónde nos dirigimos? ¿qué buscamos?
En esta misma línea, la idea de disminuir el ritmo e ir más lento, más que una cuestión de velocidad en sí, es hacerlo por un fin superior. “Es decir, no se trata sólo de comer lento por que sí, sino que al hacerlo aprovechemos ese rato para estar con la familia. Lo mismo con el trabajo. La idea de bajar las revoluciones es para dar paso a la reflexión y tomar por ejemplo, mejores decisiones”, explica Fernández.
Perder el sentido es lo más grave que está sucediendo, y el problema es que eso sucede en todas partes: en la familia, en la educación de los hijos, en el trabajo, en los establecimientos educacionales y es necesario un alto para la reflexión.
Cuenta una mamá que todos los días llegaba a su casa muy cansada del trabajo y luchaba por “despachar” rápidamente el baño y la comida de los niños. Lo hacía como si estuviera en una competencia. Pero Braulio Fernández dice que basta pensar un momento para darse cuenta que esa actitud, que sucede comúnmente, no tiene ningún sentido, ya que “lo que uno se ahorra en tiempo real, es mínimo y lo que se pierde efectivamente son espacios de conversación, de dar cariño, de bromear un rato y de transformar algo que hay que hacer de todas maneras, en un rato agradable y no en una tortura”.
Según Braulio Fernández, “pareciera que con tanta velocidad estuviéramos viviendo la vida a fondo y en realidad es todo lo contrario. Estamos viviendo más bien superficialmente, sin gozar lo que es importante, relacionándonos con nuestras familias y con nuestro entorno como si fueran un trámite”.
El mundo slow
Hay quienes realmente quieren bajarse de este ritmo vertiginoso, y como hay organización para todo, a nivel mundial se ha formado el movimiento Slow.
Nació en 1986 como reacción a la apertura del primer Mc Donald`s en Roma y, por lo mismo, su primera manifestación es la slow food. Una tendencia que promueve el disfrute de las comidas tradicionales y caseras. Además, postula la necesidad de comer en compañía, disfrutando de una buena conversación.
Hasta se han fundado slow cities: ciudades donde los habitantes disfrutan de la naturaleza y viven sin apuro. La primera fue fundada en Italia. Son ciudades que no pueden superar lo 50.000 habitantes y a nivel mundial ya hay cerca de 750.
¡Paremos! ¿Se puede bajar el ritmo en un mundo como el actual?
El caso descrito demuestra que aunque el mundo vaya rápido, uno puede cambiar la actitud interior y la disposición que nos mueve. Así por ejemplo, en vez de bañar a los niños casi incrustándole la esponja por sólo ganar medio minuto, podemos optar por disfrutar ese rato. El tiempo ganado por hacer las cosas “volando” es prácticamente cero, en cambio las gratificaciones obtenidas por sacarnos el apuro son infinitas. “Si se baja la velocidad interior uno puede hacer las mismas cosas, en casi el mismo tiempo (probablemente sólo unas milésimas más lento), pero con resultados infinitamente mejores. Es una actitud más de adentro que de afuera”.
“A veces es el aceleramiento interior el que más agota. De hecho, muchas veces construimos ficcionalmente una montaña (de cosas por hacer), que en realidad no existen y el “no tengo tiempo” es una muletilla”, sostiene Braulio Fernández. Por todo esto, reflexionar sobre el uso de nuestra disposición es el gran llamado. Lo importante es ser selectivos en la actuación y ser plenamente conscientes de cómo invertimos cada minuto. Para ello una buena herramienta es la de no olvidar jerarquizar los quehaceres de manera de reconocer cuáles son las prioridades.
“Cuando todo está en un mismo plano es decir, todo ocupa el primer lugar hay una línea horizontal que hay que abordar, donde a todo se le da la misma energía, y es ahí donde uno se agota. Por el contrario, si ésta se verticaliza, surge el 1, 2, 3
de manera que queda claro qué hay que hacer primero y que puede quedar para otro momento. Con las prioridades claras esa sensación de estrés con la que convivimos a diario se dosifica”.
También Braulio Fernández habla de la necesidad de distinguir lo urgente de lo importante. Por ejemplo, es urgente salir de la casa porque van a llegar los niños tarde al colegio, pero quizás es más importante decirle adiós a quienes se quedan y darse un minuto más para desearles un buen día. A veces se nos transforma en una urgencia salir a comprar algo, pagar una cuenta o arreglar el riego, pero si estamos conversando, comiendo, jugando con un hijo… “Ojo que muchas veces por las ‘urgencias’ postergamos cosas verdaderamente importantes. Lo urgente es lo inmediato, pero no es lo más primordial. Lo urgente y lo importante no suelen coincidir y lo importante no puede quedar sin tiempo ni espacio para realizarse”, dice Braulio Fernández. No se trata de dejar de hacer las cosas, obviamente hay que pagar las cuentas, pero la lucha está en que las urgencias no se coman el tiempo para reflexionar, para conversar, para dar cariño, para mirar la naturaleza.
Por su parte, el sociólogo Eduardo Valenzuela sostiene que en medio de esta sociedad hay que saber encontrar los espacios donde el tiempo se pueda usar de otra manera, sin sentirse presionado por lo haya que hacer después. “Hay que saber y es un deber buscar los momentos donde uno puede ‘perder el tiempo’”, dice el experto. Perder el tiempo es quedarse conversando por horas con alguien, mirar la naturaleza, escuchar música e incluso aburrirse.
Saber perder el tiempo es clave para la sana existencia, pues esas experiencias son las que permiten nuestra madurez, la profundidad en nuestras relaciones y la sociabilidad” explica Valenzuela.
Y, ¿cuándo se puede perder el tiempo? Los fines de semana, los feriados, en las vacaciones. Al menos en estos momentos hay que saber descansar, evitando llenarse de actividades, y gozando con la sensación de que no hay que cumplir obligaciones, ni mirar el reloj. HF
Para lograr poner Pausa
- Educación de los hijos; clave es poder estar más tiempo con los hijos, dedicarles más horas, comprometerse con ellos. “La cantidad sí importa”, afirma Eduardo Valenzuela. El estar juntos y demostrarles amor a toda prueba, jugar con ellos son las actitudes que permiten frenan el aceleramiento de hoy. La neuropsiquiatra Amanda Céspedes, a raíz del lanzamiento de su último libro afirma que los niños necesitan saber qué les pasa, y que se les explique qué es lo que hicieron mal para que no se vuelva a repetir. Pero eso requiere tiempo para sentarse con los hijos, escucharlos y buscar juntos una solución.- Trabajo: En países como en Suecia, la jornada laboral es de 32 horas a la semana, en Alemania de 28,8 horas semanales. La tendencia es a reducir el tiempo destinado al trabajo. Pues a menor tiempo mayor será la concentración obtenida por cada empleado para desarrollar sus funciones. Además se benefician los tiempos destinados a las familias, a los amigos y a uno mismo. En ningún caso significa menos productividad, sino un trabajo más acusioso, más atento a los detalles.

