Escrito por Luz Edwards / Nº 191 /  03 mayo 2012
Serie Adolescencia / Capítulo 2: Rol de los papás: ¿Qué necesita mi hijo?

Si el niño creció y cambió, lo mismo tienen que hacer sus papás. Ellos deben empeñarse en ser buenos padres para un hijo adolescente. El primer paso es revisar con sinceridad que la familia esté bien, pues cuando hay conflictos o falta de comunicación no es un apoyo para el hijo. Luego, saber combinar la demostración de cariño con los límites, binomio fundamental para tener éxito en el camino a la adultez.

UNA FAMILIA FUERTE

Cada nuevo estudio vuelve a arrojar que lo más gravitante en el desarrollo del adolescente es su familia. Porque los seres humanos, si bien traemos una carga genética, ésta se va modulando a través de las interacciones con el ambiente. Y la familia es el principal ambiente con que nos relacionamos.

Así lo explica la doctora Tamara Zubarew, pediatra y directora del diploma Desarrollo y Salud Integral del Adolescente de la UC. Y enfatiza en un punto clave: una “buena” o “mala” familia no depende de datos objetivos como si la mamá trabaja o el número de hermanos, sino de la percepción que el adolescente tiene de ella. “Una familia que el adolescente siente que lo apoya, es el principal factor protector, y una familia que él percibe que no lo apoya, es el principal factor de riesgo para conductas como el consumo de drogas, trastornos alimenticios y agresividad”, advierte.

Para nombrar a familias que apoyan, se ha acuñado el término “familias fuertes”, que apela a la calidad de los vínculos entre todos los miembros, no sólo con el adolescente. Una familia fuerte es donde hay interés por el sentir y pensar de los demás, donde se deja tiempo para conversar y donde lo pasan bien juntos. También es una familia que tiene una identidad, es decir, hay ciertos principios que son importantes y que todos -los papás, los hijos, pololos y amigos de los hijos- deben respetar, al menos cuando están en la casa. También se refiere a que sea una familia que promueve el desarrollo de un área concreta como el deporte, la música o la espiritualidad.

“El fondo valórico donde ocurre la vida familiar es muy importante y es algo que se ha ido perdiendo. Me parece que fomentar eso y conversar más, reflexionar más juntos, es lo único que puede equilibrar el avance de la tecnología”, dice la doctora Zubarew, quien por su experiencia en consulta sabe que detrás de un adolescente con problemas, como una anorexia nerviosa o una depresión, la mayoría de las veces hay una familia que no funciona con armonía y donde los padres no son conscientes de eso. “Muchas veces el problema no es del hijo, es de la familia. Pero a los papás les cuesta mirarse a sí mismos y reconocer errores”, corrobora el psiquiatra Juan Martín Castillo, académico de la Universidad Los Andes y terapeuta del Instituto Schilkurt.

Cuando comienza a acercarse la adolescencia del hijo mayor, lo ideal es que los padres revisen cómo está su familia, para así darse cuenta de si podrá ser un apoyo para ese hijo o no. En esta reflexión los beneficiados son todos los miembros de la familia. Y esto marca también un enfoque del asunto: el adolescente no es un ser aislado, sino que es parte de un sistema que es la familia. Cuando los padres lo entienden así, la familia va creciendo y cambiando junto con los hijos y, en general, el proceso fluye espontáneamente, sin conflictos extras a los propios de cada etapa . Para la tranquilidad de todos, éste es el caso del 80% de los adolescentes y la principal característica de sus familias es estar juntos, conversar y pasarlo bien. Lo demás viene por añadidura.

AMOR Y DEMOSTRACIONES DE CARIÑO

Aunque les diga explícitamente a sus padres que no los quiere o no los necesita, el adolescente sí desea que ellos estén cerca. Eso hay que tomarlo como principio absoluto y nunca ponerlo en duda. El amor de los padres a esta edad debe seguir siendo un amor incondicional, que ama al hijo sólo por ser él quién es.

Y en realidad, eso es el amor, el resto es conveniencia. Al adolescente, saberse querido de esta manera, le entrega paz y estabilidad en un momento donde todo parece cambiar y volverse más confuso.

En el ámbito psicológico se habla de cercanía emocional. “Es como el apego en la primera infancia, se trata del vínculo. Se refiere a un padre que es cercano emocionalmente, que sabe lo que se pasa al hijo, que está siempre entregando afecto, a pesar de que el adolescente se muestre rebelde y frío a ratos”, dice la doctora Tamara Zubarew. Entonces, pensar que se educa hasta los 12 años y que de ahí en adelante “sigue con el vuelito”, es completamente errado. En esta etapa la compañía y el apoyo de los papás son fundamentales.

A la educadora Edite Barbosa le interesa especialmente este punto. Explica que amar a los hijos es estar para ellos en cada etapa, aceptarlos como son, apoyarlos en su desarrollo y permitir que sean ellos mismos, y no lo que a uno le gustaría que fueran. El psiquiatra Juan Martín Castillo complementa: “Los papás tienen que adaptarse a los hijos y preocuparse de que se sientan queridos dependiendo de la manera de ser de cada uno”. Explica que este “cómo” es muy importante para el adolescente, es decir, no basta con pagarle los estudios y darle una casa donde comer y dormir, sino que les importa mucho la manera en que se les entrega eso. La mejor forma es que se dé en un contexto de cariño y preocupación genuina por los sentimientos del hijo.

Tomás Melendo, español Doctor en Filosofía, entrega una clave para lograr esto. Cuando el hijo es pequeño, el amor de los padres fluye hacia él de manera espontánea, principalmente por la experiencia tan profunda que significa el que esa persona haya nacido carnalmente de ellos. A ese cariño natural que sienten por la consanguinidad, Melendo dice que es necesario agregar un amor que es fruto de la libertad y que se llama amor electivo. Día a día los padres eligen amar a ese hijo y ya no sólo por ser su hijo. De esa manera se produce el salto hacia el mayor amor, que se concreta en respetar, promover y llevar a la plenitud la libertad del amado.

LÍMITES RAZONABLES

“Escuché una vez de Carolina Dell’ Oro lo que considero una muy buena explicación de lo que necesitan los adolescentes. Si entendemos la vida como una travesía, un camino, la adolescencia es la etapa por donde estamos pasando por un puente que lleva de la niñez a la edad adulta.

Ese puente no es cualquier puente, sino que es colgante. Y no tiene barandas. ¿Quién las pone? Los adultos, los padres especialmente”, ilustra Edite Barbosa. Esas barandas -los límites- permiten que el cruce no tenga accidentes graves y los adolescentes, aunque no lo puedan reconocer directamente, traducen esa determinación de límites en amor.

Si por el contrario, los padres no actúan como guías, los jóvenes se sienten abandonados, mal queridos. “Los límites tienen que ver con el cuidado. Los adolescentes necesitan alimentarse bien, dormir bien, y los papás deben garantizar que eso sea así”, afirma Barbosa.

La doctora Tamara Zubarew dice que una de las preguntas más frecuentes que hacen los padres de adolescentes es acerca de qué tan duros ser. “Sirve mucho mostrarles los dos polos, que son los permisivos y los autoritarios. Lo adecuado es el término medio. La pura afectividad es muchas veces temor a poner límites y alejar al adolescente, y el autoritarismo, temor a que se desbanden o creer que aunque le pidan algo, igual no lo va a hacer”, observa. El equilibrio sería un papá cariñoso capaz de poner límites sin agresividad.

Es importante que estos límites estén basados en el bien del hijo y no en caprichos de los padres. Ese bien tras la norma se le debe explicar al adolescente y pedirle su opinión, aunque eso no implique necesariamente hacer los cambios que él sugiere. “Hay reglas que pueden ser negociables como la ropa. Pero otras relativas a la seguridad y a la salud, por ejemplo, no es recomendable que se negocien”, dice la doctora Zubarew. Agrega que es bueno hacer segundas lecturas a las cosas: ¿qué es más importante, que llegue a tal hora o que yo sepa dónde está o con quién?

Eso es lo que se llama monitoreo. Pues no basta poner reglas, sino ver que se cumplan e ir leyendo los signos que entrega el comportamiento del adolescente. De eso se trata el binomio amor y límites, de que los padres se involucren realmente en la educación de sus hijos. Por lo mismo, deben ser límites que apunten a formar la voluntad y la inteligencia del hijo para que luego pueda desenvolverse bien en el escenario que él escoja. Lo mismo con los castigos, donde el foco no es que el hijo pase un mal rato, sino hacer que se dé cuenta de que le conviene a él mismo cumplir con las reglas.

PADRES QUE SEAN UN MODELO

Hoy en día casi nadie hace caso porque sí. Sino que se aceptan las órdenes de las personas que parecen respetables o dignas de admiración. Ése es un modelo que funciona bien con los adolescentes, además de que ellos necesitan tener cerca adultos que les sirvan de ejemplo de vida. Si considera que su mamá, por ejemplo, es una mujer fuerte e interesante, que se preocupa de ser feliz, seguramente va a serle más fácil escucharla y va a tenerla como ejemplo.

Tamara Zubarew explica que los adolescentes consideran fundamental la coherencia. “La ambivalencia de los padres es una de las cosas determinantes en que el adolescente perciba a su familia como un apoyo o no. Un papá que no lo deja tomar y abusa del trago, es fatal”, dice. Eso no significa pretender ser padres perfectos, pues es imposible.

Además, quienes creen ser perfectos posiblemente cometan muchos errores por pensar que tienen siempre la razón. Lo óptimo es estar siempre revisando cómo están haciendo su labor, conscientes de cómo sus acciones repercuten en los hijos. Se trata de ser realistas y a la vez positivos y esperanzados. Por ejemplo, que un papá no haya terminado la universidad, no le impide poder exigirle a su hijo que vaya a clases. Precisamente porque pasó por esa experiencia puede contarle a su hijo que está arrepentido y que por eso se lo está exigiendo a él.

Además de la coherencia, otro aspecto clave es que los padres sean personas que sepan controlar sus reacciones y conversar de manera calmada. Los padres que se alteran con facilidad caen de categoría. Con un adolescente más vale decir “Mira, estoy nerviosa con esto que pasó, así que hablemos más rato” antes que lanzar opiniones de manera atolondrada.

Esto de ser modelo no es una carga para los papás sino que es su mejor aliado en la educación. Porque a través de su comportamiento están siendo la encarnación de los valores que consideran importantes. ¿Queremos hijos responsables? Seamos cumplidores en lo que nos comprometemos ¿Queremos hijos que no sean materialistas? No hagamos un escándalo si le bajan el sueldo al papá. ¿Queremos hijos cariñosos? Saludémoslos con un beso en las mañanas.

UN ADOLESCENTE NECESITA DE SU PADRE Y DE SU MADRE
Que le den cariño. Que le pongan límites. Que lo eduquen en valores. Que lo pasen bien en familia. Que conozcan su mundo. Que sepan cómo está. Que se interesen por su colegio. Que lo motiven a participar de la sociedad. Que sepan distinguir cuándo está en problemas. Que se pongan en su lugar. Que sean un modelo de persona. Que le dediquen tiempo. Que escuchen y respeten su opinión. Que no se alteren al discutir. Que le pidan perdón cuando se equivocan.

PADRES QUE ESCUCHAN

Para el educador español José Manuel Mañú el principal consejo que se puede dar a los padres de un adolescente es conseguir hablar con él. “Es de probada eficacia saber escuchar y tener paciencia. También es clave no estar siempre dando consejos y saber ‘perder el tiempo’ con ellos, que no es perderlo sino ganar confianza. Si ésta existe, nos abrirán su intimidad y podremos ayudarles más eficazmente”, dice.

De esto se trata la comunicación, que todos puedan mostrarse cómo son en realidad, y para eso es necesario creer que los demás no van a juzgar. Esto es muy importante, ya que son frecuentes los malos entendidos entre padres e hijos por culpa de no haber tenido la capacidad de entender las razones que tuvo el otro para hacer lo que hizo. Si un hijo le pide plata a su papá, él puede contestar enojado: “¡Siempre me pides plata!”, cuando a lo mejor la plata es para pagar algo del colegio, no para un gusto personal. O si el hijo dice que no quiere ir tomar té donde la abuela, a lo mejor es porque está abrumado por algo y quiere aprovechar que la casa está sola para poder pensar tranquilamente.

QUE CONOZCAN SU REALIDAD

La doctora Tamara Zubarew es clara: los adolescentes están más solos que nunca. Los papás trabajan, muchos viven solo con la madre o el padre, y el que los acompaña es el computador o el celular.

“Por primera vez por la brecha digital el adolescente le enseña a los papás, y los adultos no saben cómo es este mundo. Piensan que es inocuo porque están en su pieza, pero en realidad sucede que están viviendo en una pantalla”, describe.

En los adolescentes con familias que los apoyan, el tema no pasa de la mera entretención. En Facebook conversan con sus compañeros de curso y al cabo de un par de horas lo dejan para conversar con la familia, hacer deporte, leer o alguna otra actividad.

Pero los adolescentes más retraídos y con menos apoyo, pueden estar todo su tiempo libre en la pantalla y la adicción a internet se vuelve algo real. Hay adolescentes que su vida consiste en ganar puntos en un juego y no lo apagan por nada del mundo porque van a perder. “Para los niños que tienen problemas de autoestima y les cuesta relacionarse, estos juegos son la perdición. Ahí toman las decisiones que quieren, se relacionan como quieren, que es algo que les cuesta en la vida real”, dice Tamara Zubarew.

La manera de evitar esto no es prohibir, sino estimular que tengan otros intereses, que inviten amigos, que salgan de la casa, acompañarlos a algo que les interese. También ayuda limitar los aparatos en sí, porque tener un computador para él solo todo el día, puede ser demasiado tentador.

APOYO PARA SALIR AL MUNDO

Siempre se dice que a muchos padres les cuesta aceptar que su hijo ya no los necesite como antes y que tenga ganas de estar fuera de la casa. Pero, al mismo tiempo, debe haber pocos procesos más emocionantes que ver a un hijo que está cada vez más desenvuelto y que disfruta descubriendo sus intereses.

Se trata de una etapa llena de desafíos. Al principio el adolescente va tanteando terreno hasta ir encontrando los lugares o roles donde calza mejor y donde se siente a gusto. La inseguridad y el miedo lo acompañan junto con el entusiasmo y la adrenalina. Edite Barbosa dice que este proceso será alegre si es que los papás saben entregar las herramientas que el hijo necesita.

La doctora Tamara Zubarew explica que una manera de apoyar esta salida al mundo es interesarse por los amigos y el colegio del hijo. Esto último cuesta, porque los padres a veces creen que como sus hijos ya están más grandes, no hace falta involucrarse. “Pero el colegio es el lugar donde el hijo pasa la mayor parte del día, entonces es necesario saber cómo se desarrolla ahí.

También preguntarle si le gusta su colegio, si le gusta ir a clases”, dice la especialista. Explica que estar contento con el colegio es el segundo factor protector más importante, después de la familia. Porque ahí se supone que se hacen amigos, se aprenden a relacionar con los pares y con la autoridad, se aprenden conocimientos… Es el primer mundo fuera de la casa y los papás tienen que saber si el hijo se está desenvolviendo bien o no.

Se trata de motivarlo a salir de la casa, pero estando atentos a cómo lo está pasando y qué apoyo necesita. Se trata de animarlo en sus proyectos, pero a la vez ayudarle a ser realista y ordenado para que de verdad puedan cumplirlos. Si sólo se les limita o se desconfía de ellos, tal vez nunca se caigan, pero no habrán sido libres. Tamara Zubarew pone como ejemplo la elección de carrera. “A los 18 años no se tiene la madurez ni la experiencia para hacer una elección de ese tipo, pero aún así la decisión la tiene que tomar el adolescente. Los papás pueden guiarlo, darle información, pero no decidir por él”, concluye.

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(2) Comentarios de lectores

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