Escrito por Luz Edwards / ledwards@hacerfamilia.net / Nº 191 /  24 October 2012
Una bioética para vivir más plenamente la existencia

Alejandro Serani es uno de los médicos investigadores más reconocidos de Chile en el campo de la Bioética. Ahí, su objetivo no es tanto debatir sobre el aborto y otros grandes temas, sino sobre todo, formar profesionales de la salud e intelectuales que tomen con responsabilidad y humanidad sus decisiones cotidianas.
Alejandro Serani es médico neurólogo y Doctor en Filosofía. Es profesor investigador de la Facultad de Medicina y del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes. Fue uno de los fundadores del Centro de Bioética de la UC, en cuyo magíster dicta el curso Filosofía de la Naturaleza, y desde 1996 es miembro de la Pontificia Academia para la Vida. Tiene 56 años y está casado con Maritza Busquets, con quien tiene 8 hijos.

Hubo un tiempo en que Alejandro Serani pensó que lo suyo era el trabajo de laboratorio. Haciendo experimentos con ratas, gatos y perros, y se sentía tan a gusto con el desafío intelectual que implicaba, que parecía que las ciencias llenaban su vida.

Sin embargo, ese quehacer respondía sólo a una parte de sus intereses originales. Desde joven le atraían la Química, la Física y la Biología, pero también el contacto con la naturaleza, la reflexión, la Literatura y la Historia. “Entré a Medicina porque me pareció que ahí iba a poder satisfacer mis inquietudes humanísticas tanto como mis intereses más científicos. Por lo tanto, en cierto sentido, podría decirse que me equivoqué de carrera”, dice Serani.

Esto, porque en la formación para convertirse en médico encontró mucho de ciencias básicas y médicas, pero poco o nada de humanidades. Al principio se las arregló bien con eso, pero cuando fue atendiendo pacientes y se vio frente al dolor, la fragilidad, la muerte, la invalidez, entendió que para estar a la altura de las circunstancias necesitaba una formación que no tenía. Así fue como se encaminó a la Filosofía y fue encontrando un nuevo punto de vista a través del cual mirar el quehacer médico y el día a día de las personas en general.

– ¿En qué se sentía limitado?
– Trabajando en el laboratorio comprobé cómo la especialización creciente de mis investigaciones me iba alejando de una comprensión general del sistema nervioso, de la conducta animal y humana, y del conocimiento, que eran las motivaciones iniciales por las cuales me había dedicado a lo científico. Así, con otro colega, Manuel Lavados, comenzamos a estudiar Filosofía por nuestra cuenta.

Luego surgió la posibilidad de ir a trabajar con un grupo de personas que eran discípulos del francés Jacques Maritain, a quien nosotros habíamos leído. Nos fuimos a Francia, donde me doctoré.

– ¿Allá encontraron otras personas que vinieran con este interés desde la ciencia?
– Encontramos justamente un clima de apertura, de personas que venían de la física, de la matemática, de la psicología y constituimos un grupo de estudio en Filosofía de la Naturaleza. Fue la primera concretización de ese trabajo que comenzábamos a visualizar como tremendamente necesario. Precisamente un trabajo que consistía en poner en común las preguntas que surgían desde las distintas ramas de la vida científica para intentar darles una comprensión desde la Filosofía.

– ¿Cómo unió la Filosofía con la Medicina en su trabajo?
– Junto con progresar en mi formación personal, fue surgiendo la necesidad de poder comunicar esto a personas que estudiaban Medicina u otras profesiones de la salud para que ellos también pudieran acceder a completar su formación fundamental. De ese modo con un grupo de colegas dirigidos por el doctor Carlos Quintana, en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica, concebimos e implementamos un proyecto de investigación y docencia en estos temas filosóficos ligados a las ciencias biológicas y a la Medicina.

– ¿Y lo puso en práctica con pacientes?
– Al volver a Chile nos dedicamos a ese proyecto y yo retomé el trabajo en neurología clínica. Eso constituyó para mí un verdadero descubrimiento, porque la Filosofía y la Teología me habían preparado para descubrir en la enfermedad y en el sufrimiento a la persona que está detrás de eso. El trabajo clínico con los enfermos adquirió una dimensión, un atractivo y un desafío de los cuales yo no era en absoluto consciente antes de hacer este recorrido.

No cualquier Bioética
En la época en que Alejandro Serani estudiaba Filosofía en Francia, comenzaba a surgir la Bioética. Los temas que se discutían a nivel internacional eran el aborto, la eutanasia, la clonación, la manipulación de embriones, la muerte encefálica y, en general, los límites de la ciencia.

“La Bioética es un ámbito de desafíos y problemas éticos, relativos a la consideración y al cuidado que el ser humano debe tener con los seres vivos en general y, en particular, con sus semejantes, sobre todo en lo que se refiere a su salud y enfermedad”, define Serani.

– ¿Es necesario que haya instancias de discusión sobre esos temas?
– Es cada vez más necesario. Pero con respecto a este movimiento de interés por la Bioética que comenzaba en esa época, vimos de inmediato que si no se inspiraba en fundamentos sólidos desde una ética general, de una antropología con una visión amplia y profunda, era un trabajo que corría el riesgo de esterilizarse.

– ¿Y era justificada su aprensión?
– Desgraciadamente sí. Hoy en día vemos que buena parte del proyecto intelectual de la Bioética de los años 80 y 90, es un proyecto frustrado. Muchas iniciativas se han transformado en una búsqueda de justificaciones para la realización de acciones cuya moralidad no se está verdaderamente dispuesto a reflexionar y ni menos a cuestionar.

Se promueve a través de organismos internacionales ideologizados una Bioética centrada en la elaboración de procedimientos, de reglamentos, de leyes, en definitiva, de mecanismos impersonales. Ha faltado, a mi juicio, una inserción de la preocupación Bioética en la amplia consideración de la Filosofía y de la Biología, y lo que es más grave, ha faltado una preocupación cercana por las personas individuales.

– ¿Cuál fue la principal falla?
– La reflexión ética es una reflexión que interpela a la voluntad y exige ciertas disposiciones que apuntan a la libertad. Cuando ya la cultura en que uno está inserto se ha sometido a ciertos poderes en el ámbito ideológico, en el ámbito económico, en el ámbito político, entonces ya no tiene libertad. Y por eso es que la Bioética ha resultado muy decepcionante para mucha gente. Porque no ha dado lo que ella prometía de sí misma y se ha sometido servilmente al espíritu de la época.

– ¿Qué resolución tomaron ante esa falencia?
– La motivación de participar en esos debates cuyas conclusiones ya estaban comprometidas, se nos fue apagando. Optamos por centrarnos en la formación de los futuros profesionales de la salud y de los intelectuales, de tal manera de posibilitar la formación de personas libres. Creo que si en la universidad logramos eso estamos haciendo un servicio a la comunidad.

– ¿Se trata de una mirada más amplia de la Bioética?
– Hay muchos temas importantes para la vida de las personas que no se discuten, pero a los que uno se ve enfrentado en el día a día. Se trata de poder cuestionarse acerca de la manera de cómo se hacen las cosas y de adquirir una formación para esto, para el bien actuar cotidiano.

Se trata también de desarrollar un actuar reflexivo, comprometido y libre, que asegure una vida mejor a los pacientes, a los investigadores científicos, a los profesionales de la salud y a la colectividad en general. Más que esforzarse en elaborar argumentos supuestamente irrebatibles para “la” ocasión en que te encuentres con el dueño de una clínica abortiva -que por supuesto no tiene la más mínima disposición a reflexionar-, se trata de despertar la admiración y el amor por las personas que sí están abiertas a entender y a dejarse ayudar.

– ¿Esto apunta principalmente al trabajo cotidiano de los científicos y de los profesionales de la salud?
– Por supuesto, creo que el impulsar a asumir con generosidad, valentía, responsabilidad, lucidez, espíritu crítico el trabajo con los enfermos, es lo que va a llevar, a la larga, a los profesionales a comportarse a la altura del ser humano cuando se vean frente a problemas nuevos y complejos. En ese sentido el diseño y la implantación de ciertas regulaciones jurídico-administrativas puede a veces sernos de alguna utilidad, pero ello no resuelve para nada los problemas concretos que tenemos que enfrentar a diario cuando en las personas no hay conocimiento y no existe motivación ni voluntad.

Lo normal que no es normal
A Alejandro Serani le interesa investigar temas que son tan específicos como pertinentes a todas las personas por igual. Por supuesto muchos de sus textos son difíciles de comprender por un lector que no tiene formación filosófica y que no maneja términos científicos o médicos. Pero ese mismo mensaje, Serani lo traduce para que todos puedan comprenderlo y aprovecharlo. Porque no sólo le motiva la formación de médicos responsables y humanos, sino promover que la sociedad entera se haga cargo de sus decisiones y que éstas se orienten al bien.

– ¿Cuál es el tema que más lo ocupa por estos días?
– Estoy interesado en cómo el ser humano ha ido configurando su idea del hombre y del mundo y en cómo esas cosmovisiones han ido modificándose en función de los descubrimientos científicos y técnicos, y en función de las filosofías que se han ido incorporando en la cultura. De esta manera podemos entender los problemas que afectan a la sociedad y cómo ciertas respuestas que hoy nos parecen normales y que surgen de manera espontánea tienen en realidad una historia y son en realidad raras, anormales.

Por ejemplo, el que frente a un dolor de cabeza lo primero que hagamos sea pensar en tomarnos un medicamento, o en someternos a un examen tecnológico caro, riesgoso y muchas veces inútil, o a una cirugía de moda, como si se tratase de un ritual mágico o supersticioso. O en el plano político, que aceptemos como perfectamente normal que existan aberraciones como son las cárceles donde ponemos a seres humanos en jaulas sin hacernos cargo de manera seria de los problemas de fondo.

– ¿Qué debiéramos hacer antes de tomarnos un remedio?
– Me parece que frente a un dolor de cabeza hay cien preguntas que hacerse antes de llegar a la conclusión de que vale la pena tomarse un medicamento, eventualmente riesgoso, caro e ineficaz. Preguntas como: ¿Qué me está pasando? ¿Qué le está pasando a mi familia, a mi lugar de trabajo, a mi ciudad, a mi modo de vida? Preguntas que debieran surgir de manera natural y no surgen. Y es porque hoy tenemos una idea tremendamente pobre de la enfermedad, tremendamente reductiva. Por eso respondemos con conductas incorporadas pasiva y acríticamente que son frecuentemente ineficaces, potencialmente dañinas, caras e impersonales.

– ¿Estamos determinados por esas respuestas que propone la cultura?
– En nuestra idiosincrasia nacional somos tremendamente pasivos en la vida cultural, en la vida social y política, y pasivos en nuestra calidad de pacientes. Y eso no ayuda a que la vida humana sea vivida a la altura de lo que las circunstancias exigen. Cuando la existencia cotidiana se vive en un nivel de ignorancia, de falta de libertad, de mediocridad, ni siquiera resulta una experiencia estimulante, satisfactoria, digna de ser vivida.

Se vive así porque se piensa que de ese modo se disminuye la angustia de la incertidumbre y se soslaya el sufrimiento propio y ajeno. Pero esas no son situaciones que tengan que ser evitadas. Las personas debemos ser capaces de aprender a vivir con los sufrimientos, angustias e incertidumbres que son propios de la condición humana, y no pretender resolverlos con subterfugios ideológicos o con mentiras piadosas.

La vida humana en el laboratorio, en el hospital, en la calle debe ser asumida dignamente, libremente, generosamente. Sólo de ese modo se crece y se encuentra verdadera satisfacción en el ejercicio de nuestras tareas, por mucho que haya que enfrentar y vencer dificultades. Pero formarse para eso exige todo un trabajo colectivo y no sólo de especialistas en Bioética.

– ¿Y cómo encontrar mejores respuestas?
– El objetivo es que cuando las personas tengan un problema puedan hacerse las preguntas correctas y que nosotros respetemos sus respuestas, que no le temamos a ello. Cuando respondemos tratando de adaptarnos a los patrones establecidos somos poco libres. La manera de zafarnos de los condicionamientos ideológicos es a través de un cuestionamiento crítico de nuestras acciones.

Hoy contamos con el conocimiento para eso. La Antropología, la Etnología, la Literatura, permiten una visión más lúcida respecto a las maneras que nos estamos comportando. Si hay soluciones que no han dado resultado, cambiémoslas. Por ejemplo, es lo que parece faltar en el sistema de salud chileno. Más que recursos son ideas las que faltan. Y voluntad para hacer las cosas de una manera más adecuada al ser humano. No hay libertad para pensar el problema más allá de las categorías privado-Estado. HF

La Filosofía y las preguntas de todo ser humano
“La Filosofía tiene que ver con esa especie de actitud frente a la generalidad de las cosas que lleva a entenderlas, asimilarlas, ordenarlas, respetarlas, admirarlas”, dice Alejandro Serani. Y recalca que eso no es patrimonio exclusivo de las personas que han estudiado Filosofía de manera sistemática en la universidad. “Existe un primer nivel, que podríamos llamar común o experimental, en el sentido de que todo el mundo se hace preguntas filosóficas.

Vivir supone atribuirle significado a ciertas cosas, jerarquizar y unificar ámbitos diversos de la realidad”, explica. Por eso, para él, la Filosofía debiera tener una tremenda sintonía con aquello que cualquier persona que hace el mínimo esfuerzo por pensar se plantea frente a la existencia.HF

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