12 November 2012
El poder de “había una vez”

La distancia psicológica que proporciona la fantasía nos permite elaborar mejores estrategias de supervivencia. Todo parte con tres palabras mágicas: había una vez.

Los niños estaban fuera de control. Reunidos en la sección infantil de la librería, protagonizaban una pataleta colectiva. Cuando el hada por fin apareció -una mujer con un par de alas poco convincentes- la miraron sin interés antes de volver a protestar.

Todo iba de mal en peor hasta que el hada pronunció tres palabras mágicas: había una vez. Los niños parecían hechizados. Si antes no paraban de moverse, ahora estaban concentrados en la historia que contaba la mujer del disfraz.

¿Qué poder tienen estas tres palabras vagas y distantes -érase una vez- con la que comienzan los cuentos infantiles? ¿Por qué logran engancharnos si parecen ir a contrapelo de la cercanía y precisión que se supone debe tener una buena historia?

La fuerza del érase una vez se encuentra precisamente en su vaguedad y lejanía; en su capacidad para sacarnos del aquí y del ahora.

En los cuentos de hadas o fantásticos esta invitación a abstraerse de la realidad se realiza sin rodeos y todos parecemos dispuestos a creer en lo que viene. Al relato le puede faltar toda lógica histórica -tener, por ejemplo, valores medievales y ocurrir en el espacio como La guerra de las galaxias-, pero de todas formas lo aceptamos y nos identificamos con sus personajes, incluso con más fuerza que si se tratara de un documental. Lo interesante es que este hechizo opera en nuestra mente de la misma forma que cuando buscamos solucionar un problema difícil. Veamos cómo.

Kilómetros de fantasía
El poder del érase una vez radica en la fuerza de la distancia sicológica. Según el psicólogo de la Universidad de Nueva York, Yaacov Trope, cuando nos alejamos de nosotros mismos vemos aspectos de la realidad que por su propia naturaleza -cercana y abrumadora- permanecen en un punto ciego.

Como alejarnos físicamente es imposible (deberíamos estar dispuestos a creer en el desdoblamiento), recurrimos a la fantasía. ¿Cómo? proyectándonos en el mundo remoto del había una vez. Y para ello no necesitamos de un hada con alas pegadas en su espalda. Basta con tomar la decisión de salir a “dar una vuelta” o de realizar una pausa con el humo del café nublando nuestros ojos.

La distancia psicológica es un arma cognitiva a la que recurrimos a diario, casi sin darnos cuenta. En algún momento de la evolución nuestros antepasados descubrieron la ventaja adaptativa de retirarse al mundo de la fantasía. La realidad era muy amenazante, con depredadores y tribus enemigas siempre rondando. ¿Cómo planificar entonces tácticas para cazar mejores presas? Para su fortuna, estos homínidos ya habían desarrollado las capacidades cognitivas más recientes -la abstracción y la generalización- y podían inventar un mundo paralelo donde ensayar distintos escenarios y adoptar variadas identidades.

Gracias al poder del lenguaje y a la invocación del érase una vez, fueron capaces de proyectarse como seres invencibles. Ahí, reunidos en torno al fuego, se contaban historias, inventaban mitos, de los que sacaban ejemplos que después les servirían para enfrentar fieras o cazar presas más contundentes.

En el mundo moderno son otros los factores de estrés, pero el recurso de la fantasía funciona de igual forma. La lejanía del érase una vez nos permite abstraernos, sacar patrones de cómo funciona la realidad y, en definitiva, tomar mejores decisiones ya sea para cambiar de trabajo o planificar un viaje.

Y entre más “kilómetros” seamos capaces de poner entre nuestros conflictos y ese mundo imaginario, mejor y más variadas serán las soluciones. Lile Jia, profesor de la Universidad de Indiana, realizó un experimento que sirve como metáfora de lo que estamos planteando. El investigador les pidió a dos grupos de estudiantes que realizaran una lista con la mayor cantidad de medios de transporte posible.

Al primero de ellos le dijo que la prueba había sido desarrollada por universitarios de la misma sede, en Indiana, mientras que al segundo le explicó que fue idea de un grupo de jóvenes también del plantel, pero que estudiaban en Grecia. Pues bien, fue este último grupo (el que situó el origen del desafío en otro continente) el que elaboró la lista más larga y creativa de formas de movilización, con caballos y hasta naves espaciales.

A conclusiones similares llegaron estudios de Singapore Management University y sus colaboradores de las universidades de Michigan y Cornell. Tener la habilidad de transportarse a una tierra lejana ayudaría a mejorar la originalidad, fluidez y flexibilidad en la resolución de conflictos.

Los niños lo saben muy bien y por eso apenas escuchan las tres palabras mágicas se sumergen sin cuestionarse en historias de hadas, príncipes y dragones. Después de todo, los menores están en pleno desarrollo de sus habilidades cognitivas y es en el ensayo de distintos escenarios donde aprenden estrategias de supervivencia (la resiliencia del Patito feo; la astucia de Pulgarcito).

Y es lo mismo que hacemos de adultos cuando antes de tomar una decisión importante partimos a la montaña, a la playa o a una humilde esquina para contarnos la primera historia de la humanidad, esa que parte con el irresistible llamado del había una vez.

Fuente: La Tercera, Sonia Lira

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