18 December 2012
¡Cuatro horas y media!

No necesito petrificarme adoptando la clásica postura del Pensador de Auguste Rodin para elaborar una lista interminable de cosas a las que poder dedicar mi precioso tiempo y el de cualquiera durante cuatro horas y media cada día. Muchas de ellas ni siquiera ocuparán tanto rato seguido, así que se podría combinar dos o más de las siguientes actividades: 

* Terminar de leer el libro que empezamos hace ya tiempo y aún no habíamos encontrado el momento para rematar.

* Ordenar la habitación que siempre está manga por hombro (o el apartamento o el piso entero, si no tenemos tantas cosas).

 * Dar un largo paseo, solo o acompañado según el gusto, junto al mar o por el bosque (para los más afortunados) o incluso por el parque más cercano a casa (para los que viven en lugares muy urbanizados).

* Terminar el paseo con una larga y apasionada relación con nuestra pareja, allí donde nos pille la ocasión.

* Preparar con cariño los regalos navideños en lugar de esperar a última hora y comprar cualquier tontería (y encima dejarla sin envolver).

* Aprender a tocar la guitarra, el teclado, las castañuelas o cualquier otro instrumento musical que nos llame la atención.

* Planear al detalle el viaje a ese sitio al que siempre hemos querido ir.

* Llamar por teléfono a aquel familiar o amigo con el que hace tiempo que no tenemos contacto y quedar con él o ella a tomar una cerveza para recuperar la relación.

* Limpiar el baño, que ya le va haciendo falta.

* Experimentar en la cocina con la receta que nos contaron el otro día, a ver si somos capaces de reproducir ese plato casero sabrosísimo que nos tomamos en casa de alguien.

* Escribir por lo menos un capítulo (quizá más) de esa novela que se resiste a salir de la cabeza. O tal vez la poesía completa que lleva días rondándonos.

* Visitar cualquiera de los maravillosos museos que tenemos en nuestra propia ciudad y que, paradójicamente, nunca nos tomamos la molestia de ir a ver (aunque luego viajamos a otras ciudades y vemos hasta su última y fea piedra).

* Batir nuestro propio récord de resistencia nadando (en el mar, si uno vive junto a él, o en la piscina, aunque sea municipal).

* Organizar los álbumes de fotos, sean digitales o en papel.

* Ir al teatro a ver actores de verdad y en directo.

* Sentarnos en un lugar recogido y tranquilo en plena Naturaleza (los más afortunados) o en el sitio más relajado de nuestra propia casa, para meditar.

* Sacar la bicicleta de paseo, que debe tener ya hasta telarañas desde la última vez que nos subimos a ella.

* Meter en bolsas toda la ropa vieja que ya no nos sirve para darla a beneficencia y de paso hacer sitio en los armarios.

Cualquiera de estas cosas y muchas más que se me están ocurriendo podrían ser más provechosas que pasar las mismas cuatro horas y media (exactamente cuatro horas y 29 minutos) como zombies pegados a la televisión.

Cuatro horas y media todos los santos días del año… Porque es que ése es el tiempo que por término medio permaneció cada ciudadano español absorto delante de la caja tonta durante el mes de noviembre de 2012 según el informe que ha hecho público esta semana pasada Barlovento Comunicación, con datos facilitados por Kantar Media.

Hasta hace pocos años, si le preguntabas a un niño pequeño qué quería ser de mayor, te decía que astronauta, bombero, vaquero, policía… Ahora, te contesta que quiere ser famoso. Pero no famoso como adjetivo del éxito obtenido en una actividad profesional rentable y útil a la sociedad, sino famoso entendido como miembro de esa repelente y deleznable fauna de protagonistas de los programas de la telebasura.
Fuente: facilparanosotros.wordpress.com

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