Escrito por Luz Edwards / ledwards@hacerfamilia.net / Nº 196 /  12 diciembre 2012
Suelta el estrés

Nos estamos acostumbrando a vivir en un estado de tensión permanente. Le echamos la culpa al tráfico, a los horarios laborales e, incluso, a lo demandantes que son nuestros hijos. Sin embargo, la situación ya no resiste más excusas: nuestro cuerpo no está hecho para soportar tanto estrés. Podemos engañarnos un rato con remedios para dormir o relajantes musculares, pero el daño se seguirá acumulando. La única solución es hacer un cambio en nuestro estilo de vida y volver a disfrutar.

El término estrés viene del inglés, stress, y es un concepto tomado de la física: significa “tensión”. Este origen es de gran importancia, pues muestra que el estrés no es algo malo en sí ni una enfermedad, sino un estado biológico. El término fue acuñado por el médico austríaco Hans Selye y su primera publicación sobre el tema fue en 1936 en la revista médica británica Nature. Ahí describía que todos los organismos vivos reaccionan ante los cambios de las condiciones que los rodean, con el objetivo de adaptarse.

Es lo que le sucede a un animal cuando la época de frío llega antes de tiempo o a una célula a cuyo ambiente se le ha inyectado una sustancia extraña. También es lo que le ocurre a un empleado cuando se entera de que el plazo de entrega de un trabajo es antes de lo que él pensaba.

Por supuesto, desde muchos puntos de vista, el animal, la célula y el empleado son radicalmente diferentes. Pero desde la perspectiva del estrés, son similares, pues no se trata de una respuesta mental ni consciente. El neurobiólogo Francisco Aboitiz, jefe del Laboratorio de Neurociencias Cognitivas de la Universidad Católica, explica que por eso sirven los experimentos en animales para las investigaciones sobre estrés en las personas. Que sea una respuesta de todo el organismo se debe a que el protagonista de la acción es el cerebro.

Lo importante son los resultados de lo que está pasando. Si con el estrés se están logrando resultados positivos, sentirse bien, estar mejor con los seres queridos, perfecto. Si no, se vuelve en contra de la persona y comienza una escalada de daños que puede terminar, incluso, en un trastorno mental”. Francisco Aboitz, neurobiólogo.

En una situación de estrés se produce más cortisol, hormona secretada por las glándulas suprarrenales. Esta mayor cantidad de cortisol en la sangre gatilla una serie de efectos en el cuerpo que son los que se identifican como consecuencia del estrés. “Afecta el sistema inmune, el cardiovascular y también el hipotálamo, que es el centro que controla nuestras hormonas y genera una respuesta total. Se trata de una muy buena reacción que puede salvarle la vida a una persona”, explica Aboitiz.

En la vida cotidiana el estrés nos ayuda a salir del paso de situaciones inesperadas. Así lo explica el psiquiatra Alexander Lyford-Pike: “Uno va llegando tarde al metro, entonces empieza a estar estresado porque va a llegar tarde al trabajo y eso puede valernos un reto del jefe. Esto provoca que se libere cortisol, adrenalina y noradrenalina que hace que la sangre vaya fundamentalmente a los músculos y a la cabeza para fomentar la acción, permitiendo el esfuerzo final. Es una conducta adaptativa que permite superar un obstáculo”.

El problema: del uso al abuso

Lo mismo ocurre cuando tenemos que hacer una exposición o una conferencia y pasamos los días anteriores con cierta tensión. Uno de los efectos de estas sustancias liberadas es que aumenta el azúcar en la sangre, haciendo que el cerebro esté más activo. De esta manera el estrés nos permite adaptarnos a nuevas demandas del entorno.

Pero el error de nuestros tiempos es que en lugar de dejarlo para emergencias, improvistos o escenarios puntuales que necesitan mayor alerta, lo hemos convertido en una forma de vida. Además, en vez de aprovechar los beneficios del estrés positivo, aumentamos la carga hasta que se vuelve un estado perjudicial. “Es la misma respuesta que comienza a hacer daño cuando se prolonga en el tiempo.

Es ahí cuando empiezan a aparecer enfermedades crónicas y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares. También está asociado a patologías mentales y del tipo degenerativo como el Párkinson y el Alzhéimer, por ejemplo”, explica Francisco Aboitiz.

Para el psiquiatra Lyford-Pike, un aspecto gravitante en este paso del estrés positivo al negativo es la poca importancia que le damos al descanso. Se puede tener una jornada laboral eficiente y concentrada, pero llegada una hora es necesario parar, despejar la mente, pensar en algo liviano, hacer algo entretenido, interesarse por las responsabilidades de la vida privada, como son las relaciones con la familia y los amigos.

El especialista afirma que de otra manera es muy difícil poder dormir bien, una necesidad vital que tratamos de obviar. “Es una de las principales formas de neutralizar el estrés. Y cuando una persona trabaja hasta tarde o tiene televisión o computador prendidos en el dormitorio en la noche, no se va a producir la secreción de melatonina, que es la hormona del sueño, y le va a costar quedarse dormido. El despertador, en cambio, va a sonar religiosamente por la mañana”, describe el psiquiatra.

Así, partimos el nuevo día agotados, deseando que llegue otra vez la noche. La razón no es sólo haber dormido pocas horas, sino que nos hemos despertado en la fase del sueño equivocada: aún no ha llegado el momento del ciclo en que el cuerpo está preparado nuevamente para la acción, sino que cortamos en seco el sueño profundo con todos los procesos químicos que ocurren durante él.

Por otro lado, Lyford-Pike explica que al dormir poco o dormir mal no se alcanzan a recargar los neurotransmisores que se descargaron durante el día. Eso provoca que al día siguiente continúe la descarga y hace que el organismo comience a no reaccionar bien frente a situaciones de tensión. Otra consecuencia del mal dormir son los problemas a las articulaciones y dolores o tensión muscular, aumentando la probabilidad de hacer una poliartritis o una fibromialgia, síndrome que produce dolor y sensibilidad.

Alexander Lyford-Pike: El sueño provoca una relajación e incluso una atonía muscular, que es cuando se paraliza el músculo. Si uno no tiene esos descansos, los músculos se van agarrotando y empiezan a tirar y va provocando dolor de los tendones”, explica el psiquiatra. Advierte que es sólo una de las posibles causas de esas enfermedades y otros dolores que los médicos traumatólogos a veces no pueden explicar. “Pero existe una correlación. Me ha tocado ver pacientes con depresión que tienen también fibromialgias y que por el sólo uso de los antidepresivos y de dormir mejor se les quita”, dice.

 

Las consecuencias del mal dormir son muchas más y dan para un reportaje aparte. Pero conviene tenerle respeto y considerarlo la piedra de tope: es un lujo que no nos podemos permitir. Viéndolo por el lado positivo, es una situación tan evidente y desagradable que puede ser el signo que nos haga parar y reflexionar qué estamos haciendo mal.

“Cuando se duerme mal y no se descansa, el estrés pasa a ser nocivo. Lo sano sería trabajar de manera responsable, pero quedando energía para disfrutar de la familia. Esto se logra teniendo una jerarquía de valores, pero también tiene que ver con el funcionamiento de la sociedad. Por ejemplo, que el transporte público sea más eficiente es algo urgente”. Alexander Lyford-Pike, psiquiatra.

Estresados desde el útero

Los estudios muestran que las personas más estresadas son las que viven en las grandes ciudades. Es una población que duerme mal y tiene dolores que se asocian a la tensión permanente. Esto no ocurre por mala suerte o coincidencia, sino por las características de la vida urbana actual, como el hacinamiento, las largas distancias, la contaminación ambiental y acústica, el ritmo acelerado de vida, el poco tiempo para relaciones interpersonales, la sobrecarga de estímulos, la delincuencia… Por lo mismo, son personas que muchas veces viven en un estado de estrés permanente, llamado crónico.

Se trata de une seguidilla de rabias, malos ratos y de situaciones que ponen nervioso, pero que catalogamos de “nada grave”. La mala noticia es que el cuerpo no hace la misma vista gorda, sino que va acumulando los daños, pues la regla es clara: el estrés debe durar poco. Aquello de vivir con estrés, como si fuera un estilo de vida más, es un invento cultural que nuestra biología no soporta.

Si a los adultos les hace daño vivir en estrés, en los niños es aún más perjudicial, pues su cerebro está en desarrollo. Por eso, el Laboratorio de de Neurociencias Cognitivas de la Universidad Católica se dedica específicamente a estudiar su efecto en las primeras etapas de la vida. Hacen experimentos donde estresan a ratas embarazadas y, luego, estudian a sus crías. Las ponen, por ejemplo, media hora diaria en un cilindro sin salida. No es algo que les cause dolor, pero sí las estresa porque es una situación extraña y donde no hay salida posible.

Al analizar a las crías de esas ratas estresadas durante el embarazo, han visto que tienen déficit de memoria, tienden a ser más ansiosas y presentan patrones conductuales distintos que las no sometidas a estrés. “Esta situación probablemente las pone en riesgo. Extrapolándolo al ser humano, son niños más propensos a desarrollar algún tipo de trastorno, porque tienen menos herramientas cognitivas para desenvolverse y se pueden estresar por cosas que los demás no consideran amenazantes.

Por ejemplo, se sabe que los hijos de mujeres que estuvieron embarazadas en época de guerra, tienen mayor incidencia de esquizofrenia que el promedio de la gente”, afirma Aboitiz. Una de las explicaciones posibles es que el niño por nacer está en una situación en extremo riesgosa. Por un lado, recibe los factores estresantes de la madre a través de la placenta y, además, esta situación demandante gatilla su propia respuesta de estrés. Francisco Aboitiz afirma que dado este contexto, el trastorno mental podría ser el resultado de un intento de compensar el ambiente adverso. Sería algo así como una adaptación que salió mal.

Una vez que nacen, los niños siguen siendo muy sensibles al estrés del ambiente. La psicóloga Magdalena Muñoz, del Centro de Estudios y Atención al Niño y la Mujer (Ceanim), cuenta que es algo que les dice de manera explícita a los padres. No con el afán de asustarlos, sino porque es la realidad, y porque ella observa que estar al tanto de esa evidencia los motiva a hacer un esfuerzo que permita un desarrollo más sano en sus hijos. “Los padres tienen que darse cuenta de que su estrés se traspasa al hijo.

MAGDALENA MUÑOZ:
Un niño que ve a sus papás irritados, quejándose todo el tiempo, muy cansados, va a aprender que el mundo es un lugar hostil y se va a sentir inseguros. También porque verlos tan frágiles no le permite sentir que ellos pueden protegerlo. Esto es algo que los adultos transmiten muchas veces sin darse cuenta, a través de sus gestos, tono de voz y forma de hacer las cosas”, explica la psicóloga, quien está a cargo del centro Crecer en Familia, en la comuna de Macul.

“¿Qué hace la diferencia entre unos papás sobrepasados y unos que disfrutan de su rol? El sentimiento de autoestima parental que tienen. Hay mamás que sienten que lo hacen mal y no lo están haciendo mal. Sólo sucede que son muy exigentes con ellas mismas y con lo que significa ser madre. Por otro lado, es cierto que faltan apoyos. Que un hijo se enferme y no pueda ir al jardín es muy estresante. Es necesario que seamos menos individualistas y le pidamos ayuda a la vecina o a un familiar; no hay otra opción”. Magdalena Muñoz, psicóloga.

Nuestra gran diferencia con el estrés animal

La liebre que es perseguida por un zorro, comienza a correr con una trayectoria errática que está hecha para que su depredador le pierda la pista, pues él no sabe qué dirección va a tomar su presa. “Es una especie de programa motor que se activa, la liebre no sabe lo que está haciendo”, ejemplifica Francisco Aboitiz. Las ratitas del experimento en el cilindro sin salida, tampoco sabían por qué estaban ahí ni para qué estaban pasando un mal rato.

Los seres humanos, en cambio, y a diferencia de los animales, podemos encontrarle un sentido a eso que nos estresa. “Estar en el cilindro de las ratas es como hacer un viaje largo en avión, medio incómodo, sin ninguna puerta que se pueda abrir. La diferencia es que nosotros estamos sufriendo ese encierro para poder ir a Europa y sabemos cuánto dura el viaje, lo cual aumenta el control sobre la situación y, por lo tanto, disminuye el estrés”, grafica el neurobiólogo.

En otras palabras, cuando la tensión vale la pena, se hace mucho más llevadera. Está comprobado científicamente que esta gratificación sólo actúa como tal si es a corto plazo y algo más o menos constante. Es una de las variables que explican por qué hay tanta variedad en el ánimo de personas que están sometidas a presiones similares; por ejemplo, alumnos de Derecho que estudian su examen de grado. Todos le dedican alrededor de ocho horas al día, están nerviosos y les cuesta sacarse el tema de la cabeza.

Pero quienes confían en sus capacidades en esa área y les gusta su carrera, sin duda lo pasan mejor que los que creen que por mucho que estudien les va a ir mal o no les interesó nunca la materia. Ellos, probablemente estén experimentando el estrés negativo, ese que hace dormir mal, tener jaquecas o dolor de estómago. Los primeros, el estrés positivo, ese que llena de energía a la persona, le da la claridad mental para planificar su tiempo y ser constante en su tarea. “En situaciones como ésta se ve la importancia de pensar bien antes de escoger en qué actividad o desafío embarcarnos. Estar estresado todos los años que dura una carrera produce un estrés crónico que hace mal. Seguramente había otra profesión más adecuada para esa persona”, aconseja Aboitiz a partir de los datos que ve cada día en el laboratorio.

Otra diferencia de los humanos con los animales y que también se relaciona con que el estrés sea positivo o negativo, es que podemos darle distintos significados a un mismo agente estresor. De acuerdo a eso, la respuesta se considerará adaptativa o desadaptativa. “Una persona que piensa que su ponencia tiene que salir perfecta porque de lo contrario lo pueden echar del trabajo va a tener una secreción de cortisol, de noradrenalina y adrenalina que posiblemente no le permita dormir en la noche, entonces no descansa.

En cambio, quien interpreta el evento como algo bueno, lo ve como una oportunidad para mostrar lo que sabe y para que lo conozcan los gerentes, se quedará sólo con la parte positiva de la tensión”, ilustra Lyford-Pike. Es decir, según la interpretación que se hace de la realidad, reacciona el cuerpo, pues de eso depende que se trate de un desafío o de una amenaza.

Los más estresados:
Las personas obsesivas y preocupadas de los detalles. Tratan de controlarlo todo e interpretan como una falla el que las cosas salgan de otra forma a la planeada.
Las personas muy competitivas. Son personalidades con rasgos paranoides y piensan que cada cosa que dejan de hacer le da una ventaja al de al lado.
• ¿Quiénes se salvan? Las personas realistas y prudentes, que saben darle a cada cosa la importancia que tiene y están abiertas a pedir ayuda.

Frente al reto de ser padres, sucede lo mismo, y depende de cuál es la idea de ser buen papá o buena mamá. La psicóloga Magdalena Muñoz observa que muchas veces somos demasiado exigentes y hacemos relaciones que no son del todo ciertas. Por ejemplo, personas que piensan que si no le dan al hijo todo lo bueno que hay alrededor -llámese el mejor colegio, la mejor ropa, las mejores vacaciones- están fallando en su rol.

“Hay investigaciones de sobra que muestran que lo más importante es la calidad del vínculo con el hijo y que eso es lo que más incide en el futuro del niño. Pero los padres a veces se confunden e incorporan como necesidades fundamentales cosas que no lo son”, explica la psicóloga. Muchas veces lo que necesitan los niños no es una casa más grande, sino que sus papás sepan jugar con ellos. “Parece muy básico, pero implica desconectarse y estar abierto a pasarlo bien, a reírse. Con los ritmos de vida actuales no sale fácil, sobre todo para las mujeres”, agrega Muñoz.

Una interpretación inadecuada puede llevar a situaciones como las crisis de pánico, que no por nada han aumentado en los últimos años. Es un cuadro provocado por una ansiedad excesiva que produce sensación de muerte, aumento del ritmo cardíaco, sudoración, sensación de falta de aire y de completo descontrol y vulnerabilidad, todo gatillado por distintas hormonas y sustancias. En esos casos es importante que la persona reciba un tratamiento farmacológico que quite la crisis, pero se debe tener cuidado con las soluciones parche. El psiquiatra Lyford-Pike recomienda asociarla en seguida con un tratamiento psicoterapéutico de la línea cognitivo comportamental, que se enfoca en corregir la interpretación que la persona está teniendo de la realidad.

Por otro lado, algunos sistemas o valores del mundo actual -y que nosotros avalamos consciente o inconscientemente- no cooperan a que el estrés sea adaptativo. Por ejemplo, círculos laborales donde hay mucha competencia o donde todos trabajan 12 horas diarias y verían peligrar un bono si no lo hacen. Lo mismo con las madres que trabajan fuera de la casa y quieren que al volver esté todo perfecto. Las personas que viven tratando de calzar con esos modelos tienen más tendencia a sufrir estrés del malo, porque el cuerpo no da.

Para que los padres logren un nivel óptimo de estrés que les permita cuidar al hijo y también disfrutarlo, es necesario que ellos se abstraigan de esas demandas impuestas desde afuera. Magdalena Muñoz cuenta que ése es gran parte del trabajo que hacen en Crecer en Familia, donde asesoran a mamás y papás para que puedan reflexionar acerca de su trabajo, sus horarios, sus redes de apoyo y puedan sacarle el mejor partido posible a lo que tienen. “He visto familias en situaciones muy difíciles y que logran vivir contentos. La clave es que han sabido pedir ayuda y que han podido encontrarla, cosa que a veces no es tan fácil”, dice la psicóloga.

La “visión de túnel”

¿Por qué una persona estresada ve la realidad más amenazante de lo que es? Se debe a que uno de los efectos que produce el estrés prolongado sobre el cerebro es modificar la amígdala y el hipocampo. La amígdala es una glándula relacionada con la generación de las emociones; y el hipocampo, la que permite a una persona ubicarse en el espacio y entender su contexto. En las personas que sufren estrés, el hipocampo se atrofia, lo cual afecta la capacidad para saber dónde estamos, tanto a nivel físico como con respecto a las otras personas. Es decir, se pierde el cable a tierra. La amígdala, en cambio, se hipertrofia, o sea, crece y la reactividad emocional se dispara. “Se produce la llamada visión de túnel. La persona cada vez más toma sus emociones como referente de la realidad. Puede estar exagerando y no se da cuenta”, explica Francisco Aboitiz.

Decálogo contra el estrés:
1-. Pensar qué nos preocupa. Muchas veces no lo hacemos y es la única manera de poder abordarlo. A partir de esa reflexión, elaborar un plan con lo más importante de hacer y partir por solucionarlo, pues seguramente es lo que más nos perturba y nos desvela.
2-. Confiar en el “estómago”. Lo que a una persona le parece fundamental o un esfuerzo que vale la pena, a su hermano gemelo puede que no le haga falta. Para decidir, confiemos en nuestro sentido común, que finalmente no es más que escucharnos con sinceridad y coherencia.
3-. No cargarse la mano. Hay tareas mínimas que es nuestra responsabilidad cumplir. Sin embargo, es común que nos vayamos comprometiendo con más actividades que no son, para nada, de vida o muerte. Si creemos que esa actividad nueva va a ser un aporte a nuestra felicidad a corto plazo, tomémosla; si será una carga, no.
4-. Aprovechar el tiempo. No quiere decir correr de un lado a otro, sino planificar el día y no demorarse más de lo necesario en hacer algo. Por ejemplo, si va a buscar a su hijo al colegio, no es necesario que converse con la profesora todos los días.
5-. Dejarse tiempo libre. El estrés no sólo proviene de lo malo, sino de una sobrecarga de eventos positivos como almuerzos familiares, cumpleaños o partidos de fútbol. No pasa nada si un día se queda en su casa o hace con su familia ese paseo que tienen pendiente.
6-. Vivir el día. No quiere decir que el futuro no importe, pero la verdad es que no hay buen futuro posible si es que en el presente lo estamos pasando mal. Por otro lado, pensar mucho en el futuro hace que no gocemos de lo bueno que tenemos frente a nuestros ojos en el momento.
7-. Aceptar el plan B. Ser perseverante es una virtud importante. Sin embargo, a veces lo correcto es inventar un nuevo plan que calce más con nosotros. Por ejemplo, cuando insistimos en que un negocio funcione o que los hijos queden en tal colegio. Flexibilidad y creatividad para cambiar lo que se puede cambiar.
8-. Descansar. Cuando se tiene una vida ajetreada, es necesario respetar las noches, los fines de semana y las vacaciones. También la hora de almuerzo y de comida. Ojo, que un viaje a un lugar exótico puede ser muy interesante y divertido, pero a lo mejor nos deja físicamente más cansados.
9-. Pedir ayuda y dejarse apoyar. Ser autosuficientes da una sensación de control muy satisfactoria, pero a veces no es posible aspirar a eso. Y no tiene nada de malo. Por algo vivimos en comunidad y tenemos personas que nos quieren y están dispuestas a escucharnos o a darnos una mano.
10-. Admirar la naturaleza y gozar de las pequeñas cosas. Un antídoto para el espíritu inquieto es pararse frente a la estabilidad y grandeza del paisaje natural. Recibir los rayos del sol o la fuerza del viento también energiza y alegra el día.

Glosario
Estrés. Es la adaptación del cuerpo a los cambios en el entorno. Se secretan una serie de hormonas y sustancias que hacen que los músculos se vigoricen, la mente se concentre y cumplamos un objetivo. Se le ha llamado eustrés, siendo “eu” el prefijo griego para bueno o saludable.
Distrés. Es el estrés que se ha vuelto patológico por su excesiva duración o intensidad. Cuando hablamos de estrés nos referimos a éste.
Estrés crónico. Es el estrés como estilo de vida. Dormir mal, rabiar por el tráfico o por un problema familiar que no hemos solucionado. Es peligroso, precisamente, porque nos acostumbramos a vivir así, en permanente búsqueda de la estabilidad, lo que produce daños a veces peores que los de un estrés agudo.
Estrés agudo. Es consecuencia de algo puntual. En casos de situaciones muy duras o violentas como la muerte trágica de un ser querido, puede durar hasta 3 meses.
Estrés postraumático. Cuando el estrés agudo no amaina, se habla de estrés postraumático. En general se necesita apoyo profesional para aprender a manejarlo y darle al evento una significación que no produzca daño.

Reportajes Relacionados

About Author

Ma1da_2011

(0) Comentarios de lectores

Los comentarios han sido cerrados.