Escrito por Diego Ibáñez L. / Nº 171 /  25 February 2015
Los alumnos ¿piensan?

Una de las importantes quejas de los profesores, especialmente universitarios, es la poca y escasa capacidad que tienen sus alumnos para reflexionar. Lo importante es saber cómo cambiar la tendencia.

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Soy profesor universitario y me llama mucho la atención la facilidad con que en una sala de clases se conjuga el verbo sentir. Constantemente mis exposiciones son interrumpidas por la voces de alumnos que afirman: “profesor, siento que lo importante es…” o que contraargumentan diciendo: “siento que es un poco diferente…”, “yo siento, siento, siento…” ¿No será mejor enseñarles, en vez de sentir, a pensar? ¿Por qué se siente más de lo que se piensa? ¿Cómo erradicar el mero sentir? Está claro que este “rubro” no es materia de ninguna asignatura, pero creo que los profesores debiéramos tenerlo como desafío. ¿Cómo lograr que sea exitoso?

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De que ocurre la situación descrita, ocurre y de hecho se oye mucho más frecuentemente de lo que quisiera un profesor, sobre todo cuando éste está en frente de un aula universitaria.

Las preguntas planteadas son pan de cada día y es parte del quehacer educacional intentar dar una respuesta y, ante todo, un vuelco.

¿Qué ha llevado a esta forma de responder? ¿Por qué el estudiante no redacta su respuesta, por ejemplo, de las siguientes maneras: “me parece que”, “creo que”, “yo pienso que”…? No es lo mismo decir, sobre la materia que se comenta, “estuve reflexionando” que “estuve sintiendo”. ¿Por qué entonces esta situación?

Hay explicaciones

Según Alejandro San Francisco, historiador y profesor universitario, hay varias causa. “La primera es una situación propia del sistema educacional, especialmente en el ámbito humanista, que procura un sistema de más repetición que reflexión, de poner exactamente lo que dice el libro o la materia, más que una interpretación de ciertos problemas, sus distintas posibilidades, etc. Esto a diferencia, por ejemplo, de un sistema de evaluación a través de los ensayos. No está de más recordar que la evaluación de la enseñanza media y del ingreso a la universidad es a través de un sistema de alternativas, que no requiere una gran reflexión sino más bien una memorización. Presentar en cambio un ensayo con una propuesta, una argumentación racional, unas conclusiones inteligentes, aunque sean discutibles, es muy distinto”.

Un segundo aspecto puede ser la influencia de la televisión y de algunos entrevistados, a veces en el ámbito político o de la farándula. Si se ve con claridad y en diversos momentos, muchos de ellos, ante diferentes problemas o situaciones, dicen “yo siento que”, en vez de decir “yo pienso que”. Según San Francisco, hay una explicación para eso: “El dirigente político o social debe empatizar con sus oyentes, pero por otro lado también se empieza a transmitir una forma de hablar que es necesariamente en esa línea y que, por lo tanto, se repite hasta la saciedad a veces sin darse cuenta de lo que significa. Sería interesante que un periodista, por ejemplo, preguntara después de escuchar la respuesta tradicional: ¿y qué piensa del problema que estamos analizando?”

Finalmente, hay una tercera razón, y es que los jóvenes están demasiado sensibilizados. Es decir, como explica Alejandro San Francisco, “carecen de algunas cosas importantes en la vida intelectual y en la vida en general: por ejemplo, la fortaleza. Los jóvenes tienen un enorme potencial y una primera actitud positiva hacia el dolor, la injusticia o la miseria. Muchas veces se rebelan y se la juegan por una causa positiva. Pero no es extraño ver a jóvenes llenos de ideales y carentes de virtudes para llevarlos a cabo. Las virtudes nos hacen mejores, los valores sólo describen algo que es valioso y que yo puedo admirar fríamente desde fuera”.

Por el contrario, “cuando un escritor llega a un resultado de un gran libro, o un investigador a un buen artículo, un empresario a una buena decisión de negocios o un abogado a una buena propuesta jurídica, lo que es seguro es lo siguiente: han gastado muchas horas estudiando, pensando el caso, analizando alternativas y contradicciones. Han pensado”, explica San Francisco.

Camino al pensar

Una de las características centrales de la actividad universitaria se refiere al cultivo de la inteligencia: es así como los profesores se dedican a estudiar, incrementar el conocimiento a través de la investigación, difundir lo que se ha aprendido. Lo mismo ocurre con los estudiantes, como su nombre lo indica: leen, asisten a clases, conversan, preguntan, en definitiva, estudian y aprenden. Al menos así debería ser en los dos casos.

¿Dónde está la clave? “En muchas horas de estudio -codos sobre la mesa- lecturas abundantes y aprovechadas, ojalá leídas con pasión y no meramente por obligación, “por la nota”, porque hay prueba. Y con el estudio, un verbo clave: pensar, es decir, reflexionar, examinar con cuidado”, explica Alejandro San Francisco.

De hecho, el paso de la mera repetición de cosas que se han oído o leído a una reflexión más profunda siempre representa un salto cualitativo en la formación de un estudiante. Pensar, de esta manera, no es sólo una posibilidad interesante de la vida universitaria, sino que es esencialmente la gran actividad universitaria.

En Inglaterra, específicamente en la Universidad de Oxford, existe el llamado sistema de tutorials, es decir, de una reunión entre un profesor y un alumno. Nadie más. Se publicó un libro al respecto, sobre el impacto de los tutorials en los alumnos, y la portada era maravillosa: “Gracias por haberme enseñado a pensar”.

“Tal vez sea un tema cultural, son siglos de experiencia y una tradición universitaria. Pero no cabe duda que también existe una actitud intelectual, una posición ante lo que se está haciendo. Hacia allá hay que caminar”, concluye San Francisco.

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