Escrito por Andrea Puyol M. / Nº 225 /  06 June 2015
Luis Eugenio Manterola: Una vida sin límites

Su vida es una vida digna de contar, una historia que demuestra que los límites están en uno y no en las circunstancias que nos toca vivir.

Nació en una familia numerosa, fue el noveno de diez hermanos y prácticamente fue criado por sus hermanas mayores que siempre lo quisieron mucho. Entró al Verbo Divino con la matrícula número 2 y ahí estuvo hasta los 15 años. Su carácter rebelde lo hizo pasar varios períodos suspendido en su casa. “Era bueno para los combos, me metía en hartas peleas…hasta que a los 15 años le pedí a mi papá que me inscribiera en la Escuela Militar, mi estadía en el colegio no daba para más; ahí me ordené y discipliné”, recuerda.

Después de terminar el IV medio entró a estudiar Ingeniería en la Universidad de Chile, se recibió a los 21 años y se casó a los 24 con Verónica Sweet, con quien tendría cinco hijos, una mujer y cuatro hombres.

Desde el comienzo de su carrera tuvo mucho éxito como empresario en el área de montajes industriales y fabricación de estructuras metálicas. En 1969 decidió ampliar los horizontes de su empresa e irse a Argentina con su familia, que en ese entonces consistía en su señora y sus dos hijos mayores. Ahí echó raíces, abrió una oficina propia, se compró una casa y tuvo tres hijos más. Sin embargo, el año 1979 el conflicto chileno-argentino que tuvo a los dos países al borde de la guerra lo obligó a volver a nuestro país. “Me acusaron de espía por haber pertenecido a la Escuela Militar de Chile en la época de estudiante -cuenta-, la situación no era muy buena y quise protege a mi familia”.

Los planes eran pasar un tiempo en Chile y, si la situación se arreglaba, volver a Argentina. Su empresa en ese país continuaba funcionando. Sin embargo el día 30 de enero de 1980 marcó el fin de estos planes.

El antes y el después

Estaban de vacaciones. Ese día amaneció sin viento y Luis Eugenio descartó la posibilidad de ir a navegar en un pequeño velero que tenía y en cambio, acompañó a su señora y a sus hijos a la playa. Se acercó a la orilla del mar y jugó con sus hijos. Mientras acompañaba a uno de ellos, le dio la espalda al mar porque estaba calmado, sin oleaje. Sin embargo, según él mismo recuerda, de la nada se levantó una gran ola que le golpeó la espalda y le hizo caer en una especie de zanja que se había formado en la arena; luego vino otra y lo golpeó de nuevo.
Sintió de inmediato que algo había sucedido en su espina. Se dio cuenta que no se podía mover y que estaba flotando boca abajo a merced del ir y venir de la marea. Nadie se percataba que él se estaba ahogando, hasta que la hija de un amigo alertó a todos: “el tío pelao” estaba flotando en el agua y no se movía.

Lo sacaron entre varios y lo llevaron en un auto hasta un hospital donde lo estabilizaron. Al salir de la urgencia le dieron a su familia el diagnóstico: una lesión gravísima en su espina que lo dejaría sin movimiento desde el cuello para abajo.

Nada volvería a ser igual. Nada podía ser igual. De inmediato comenzó una intensa rehabilitación en Chile, pero sabía que aquí había un punto en que no se podría avanzar más. Gracias a la tenacidad de su señora lograron hacer contactos para ir a un centro de rehabilitación en Estados Unidos, especializado en lesiones de médula espinal. Ahí estuvieron diez meses, él y su señora, mientras los niños quedaron en Chile al cuidado de la familia. En Estados Unidos tuvieron que “armar” una vida, una rutina que permitiera seguir la rehabilitación de Luis Eugenio. En esta tarea lo acompañaron su cuñada, su suegra y una amiga de su señora.

No fue ni fácil ni barato. Tuvo que vender su casa y su oficina en Argentina para costear su estadía en ese país. “En ese tiempo no había seguros, pero doy gracias a Dios que a los 35 años tenía un patrimonio que me permitió solventar el inmenso gasto de mi estadía en EEUU. Me quedé solo con la casa y la oficina de Santiago”.

Aprendizajes

Desde ese día en la playa, Luis Eugenio Manterola no puede realizar ninguna acción para atender sus necesidades más básicas: “Si tengo sed no puedo tomar un vaso para refrescarme; si no lo pido, no tomo agua”.

Sin embargo, y a pesar de que su cuerpo no se mueve, su personalidad, su lucidez y su locuacidad son tan potentes que lo proyectan de otra manera frente a los demás. “La mayoría de mis amigos y gente que me conoce, al cabo de un rato, se olvidan que están frente a una persona con limitaciones”, cuenta.

Esa potencia se debe en gran parte a su vida interior y aprendizajes que han surgido a partir de su accidente. No duda en responder “sí” cuando le preguntan si valió la pena viajar a Estados Unidos si allá no pudieron “sanarlo”.

“Acá en Chile los pronósticos sobre mi futuro eran muy inciertos. Me habían dado una expectativa de vida de no más de un año e imposibilidad absoluta de desenvolverme. Regresé de EEUU renovado mentalmente, apto para seguir trabajando y con una clara visión de que tenía que salir adelante con todo mi grupo familiar, proporcionándoles la educación y los estudios. La Divina Providencia me proveyó de ese anhelo”, afirma.
Definiendo específicamente los aprendizajes que le dejó su viaje, él los resume así: “En Estados Unidos aprendí que tenía que ser autovalente, que me tenía que desarrollar y valer por mi mismo para mantener a mi familia, sin autocompadecerme; que debía cambiar mi mentalidad de enfermo a discapacitado y aceptar que no podría usar nunca más mis manos y mis brazos y que tendría que desarrollarme en áreas en que se usara el habla y la cabeza, esos eran los únicos medios que tenía a partir del accidente”.

¿Cómo fue la vida acá en Chile después de su llegada?
– Laboralmente durante ese período trabajé en forma part time en seguros y en el gobierno por el cambio de sistema de pensiones. La reinserción a la vida cotidiana y diaria no fue fácil porque el sistema de vida familiar se trastornó debido a mi realidad física, pero traté de ser lo menos dependiente posible y de no coartar la vida de mi señora y de mis hijos. Para eso me valí de dos asistentes, de un chofer, más la ayuda generosa de mi secretaria y del personal de mi oficina.

¿Cómo cree que cumplió su rol de padre?
– Pienso que fui un papá presente, participativo en todas sus actividades de colegio, deportes, etc. Ayudé en las tareas, asistí a la mayor cantidad de veces que pude a las reuniones de colegio. Así mis hijos no vieron en mí a una persona inválida y dependiente, sino más bien un pilar que les dio la seguridad y la estabilidad emocional que requerían para su formación. Mi señora fue un gran apoyo en llevar la casa y apoyarme con disciplina, creando así un ambiente familiar normal, como todas las demás familias.

La partida de Verónica

Hace siete años Luis Eugenio recibió un golpe tan fuerte como el de aquella ola. Su señora Verónica Swett murió después de padecer cáncer de pulmón. “No estaba así concebida la vida”, dice.

“En términos racionales y lógicos mi preocupación de vida era dejar a mi señora e hijos en buena situación, porque mi lógica me decía que yo iba a tener una sobrevivencia menor que la de ella. Como nada de eso se puede preveer, fue ella quien me dejó a mí y falleció a temprana edad, a los 61 años”.

La partida de Verónica le significó asumir en parte un rol de papá y mamá, pero esto no fue difícil porque él se había preocupado de construir una sólida relación con cada uno de sus hijos. Hoy es muy cercano a todos ellos y es feliz cuando los recibe en su casa junto a sus 12 nietos, a los que adora.

Pare, mire y escuche

Con esta frase que recuerda haber leído en su niñez en el cruce del tren, Luis Eugenio le da sentido a todo lo que le ha tocado vivir: parar de correr, mirar todo lo que Dios nos ha dado, escuchar a las personas que necesitan ser escuchadas y hacerse el tiempo para ver las necesidades de otras personas.

¿Cómo ve su vida antes del accidente, añora esa vida posible?
– No, al revés, yo llevaba una vida altamente agitada, muy demandante de tiempo lo cual iba en desmedro de dedicar más tiempo a la familia. A medida que pasaba el tiempo y tomaba más responsabilidades, menos tiempo tenía para la casa. Sinceramente creo que por ese camino probablemente mis hijos no serían lo que son hoy, probablemente mi matrimonio habría sido muy distinto y no tendría la alegría de hoy, de tener la familia que tengo, los amigos que tengo y la tranquilidad espiritual que tengo.

Hoy Luis Eugenio divide su tiempo entre su oficina en la que está de lunes a viernes jornada completa. Ahí un leal equipo que lleva años junto a él, colabora diariamente para seguir ofreciendo la eficiencia y calidad de siempre en el trabajo que realizan.
El resto del tiempo está con su familia, en su departamento en Santiago o en su campo en Requínoa donde pasa los fines de semana de invierno y verano junto a su familia.

Asegura que ya no lo bota cualquier ola, que después del accidente en Reñaca y la muerte de su señora, no se va a desmoronar fácilmente. Y así lo demostró hace un par de años cuando una infección lo tuvo en coma por varias semanas y a punto de morir. A pesar de todos los pronósticos fue dado de alta y retomó su vida con más fuerza y energía que antes.

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