Escrito por Angélica Heredia / Nº 228 /  13 agosto 2015
Llegar a los 100 años

Cumplir un siglo es cada vez más factible. Pero como sociedad no parecemos preparados, hay mucho miedo y prejuicio frente a la ancianidad. Algunos piensan que es bueno vivir mucho, pero cuestionan las condiciones físicas, sociales y cognitivas de quienes cumplen los tres dígitos. He aquí buenos ejemplos de todo lo contrario.

Obispo Bernardino Piñera, 101 años:
“Estoy escribiendo un nuevo capítulo del libro que publiqué el año pasado”.

¿Qué cree que lo ayudó a llegar tan bien a su edad?
– No lo sé. Mis padres tenían muy buena salud, en mi familia hubo muchos longevos. ¿Mi receta? Elegir bien al papá y a la mamá, ¡yo los elegí bien!

¿Y qué más?
– Soy partidario de la vida familiar, es útil que el niño vea que en todas las edades de la vida hay alguien en quien puede confiar. En mi caso, fue diferente: me dediqué siempre a mi ministerio, no a la familia. He pasado la mayor parte del tiempo fuera porque he sido obispo de Temuco, La Serena, he sido independiente.

¿Cree que a las nuevas generaciones les cuesta dedicar tiempo a sus mayores?
– Yo vivo en un hogar de ancianos y me doy cuenta de que la gran mayoría de los hombres y señoras que están aquí tienen una herida con los hijos y nietos. Dicen que los vienen a ver y no vienen nunca. Ellos están pensando en su casa, en sus hijos, en la pega, no hay tiempo ni tampoco tantos recursos disponibles para los viejos, es cierto. Pero yo creo que la Biblia insiste mucho sobre la necesaria fidelidad con los padres: “Honra padre y madre y vivirás muchos años”, dice. Ocurre que el amor que baja de los padres o de los abuelos a los nietos se da muy naturalmente. La naturaleza se encarga de eso, pero al revés no.

¿Y en su caso?
– Conmigo son muy cariñosos. El año pasado siete de mis sobrinos me llevaron a Paris a celebrar mis 100 años, porque allá nací. Lo pasé tan bien.

O sea que no se queja…
– No, yo paso ocupado, leyendo, escribiendo. Ahora estoy escribiendo un capítulo más del libro que publiqué el año pasado “Estar con El”. Recuerdo que cuando llegué aquí un domingo se acercó una religiosa y con cara de pena me dijo: ¿No lo han venido a sacar padre? Y yo dije: ¡Ay Madre por favor! Quiera Dios que no vengan a sacarme, que me conviden a almorzar mejor. Porque sacar a los viejos es como decir: ”Pobre viejo, saquémoslo”. Pero yo entiendo que los hijos y nietos tienen tantos problemas, entonces los viejos son uno más. En ese sentido, hay hogares como éste fuera de serie. Aquí las “madres” celebran todo, hasta el fútbol; hay mucha preocupación porque se viva una vida de familia.

Padre, ¿cómo se agranda el corazón? ¿Cómo se educa la generosidad?
– Haciendo cosas. Acá nos maravillamos cuando vienen los colegios, vienen mucho alumnas de Las Ursulinas, por ejemplo, y niños hombres también de 10, 13 años y más grandes también. Tan gentiles con nosotros, tan respetuosos, todos quedan maravillados diciendo: ¡Por Dios los jóvenes de hoy, que tienen tanta preocupación de ser cariñosos y preocupados! Yo en ese sentido veo muchos colegios haciendo muy bien su tarea de educar la generosidad a los niños, no recuerdo que en mi tiempo se haya puesto énfasis en estos actos de cuidado y preocupación. Noto que hoy día la juventud es más suelta, espontánea, más libre.

¿Y qué le gustaría que se reforzara en la educación?
– Hay que volver a descubrir el amor adolescente, creo que sería muy bueno hacer un esfuerzo educacional para que después de la infancia venga una adolescencia con sentimiento más que con instintos, que se vea bien el Amor. Esa etapa en la que no solo haya que prevenir a los niños contra la droga y el alcohol, o contra la relación sexual peligrosa o dañina, sino que iniciarlos en un amor adolescente que puede ser amor más puro y verdadero, no tan sexualizado.

Otro esfuerzo muy importante es la ayuda del Estado a los matrimonios jóvenes. La economía debería organizarse para apoyar a las parejas jóvenes que se comprometen. El problema de la familia es más complejo que decir “hay que obedecer ley divina”, porque existe una vertiente económica que es casi indispensable solucionar para lograr los otros aspectos.

Ludovica Sauer viuda de Berczeller, 103 años, dos hijos y seis nietos:
“Hice cheques hasta hace un año y ni uno devuelto”.

Llegó a Chile junto a su marido a los 27 años, en el último barco que salió de Alemania antes de la ocupación nazi. Durante cinco años no supo nada de su familia y hoy también extraña a su única hija que vive hace 40 años en Canadá. Hoy vive en una residencial donde lee a diario y conversa con otras señoras que disfrutan de su inteligencia y claridad.

¿Qué cree que le ayudó a llegar bien a su edad?
– No hice nada especial, hasta hace poco andaba solita e hice cheques hasta el año pasado y ni uno devuelto.

¿Y qué le gustaba hacer durante su vida más activa?
– Me dediqué a trabajar. Mi marido era abogado, pero yo también trabajé mucho: en la calle Huérfanos puse mi centro de cosmetología donde yo misma hacía las cremas porque las que había entonces no me gustaban. Tenía muchas clientas.

¿Cómo se llamaba su pyme?
– Ferderica Sauer.

¿Usted hace vida de familia?
– Mi hijo me viene a buscar mucho, no me quejo, pero escucho mucha soledad acá en este hogar. Hay casas que tienen cinco hijos y no hay lugar para un abuelo y cuando viven juntos muchas veces hay grandes problemas por dentro de las familias se critican mucho. Por eso existen estas instituciones. Muere alguien y a los 30 minutos hay otro que sube de la lista de espera. Antes un abuelo tenía siempre un sitio al lado de la chimenea, se le consideraba más. Creo que es importante mantenerse neutral y ser realista entendiendo que con los jóvenes no hay muchos temas para hablar.

Pero con su hijo Francisco, ¡sí tiene tema!
– Mi hijo es demasiado cariñoso conmigo, imposible mejor. Mi hija vive hace 40 años en Canadá, trabaja allá, se casó y tiene hijos. La extraño, pero viene cuando puede, casi todos los años. Con los nietos la relación es mucho menor, para ellos es más fome una abuela tan mayor. Pero yo misma cierro los ojos y veo cómo fui yo. Yo me porté mal porque me fui del lado de mi familia, salí en 1939 de Hungría antes de la invasión nazi. Teníamos 27 años con mi marido y salimos en el último minuto antes de la ocupación a Hungría. Estuvimos horribles cinco años sin saber qué había pasado con nuestra familia, ninguna noticia de Europa porque no llegaban cables, ni el teléfono. Gracias a la Cruz Roja tuvimos noticias.

Y antes de eso, ¿usted hacía vida con sus abuelos?
– Yo me porté mal porque tampoco me precupé de mis abuelos. Yo no tenía relación con ellos. Uno verdaderamente debe hacerlo y proponerse al menos dos veces a la semana visitar a los abuelos. Mis nietos tampoco tienen tiempo hoy día, es una lata para ellos, tienen muchas cosas que atender además.

Rafaela de Buen, 96 años. Dos hijos, seis nietos.
“Soy tallerista: me meto en cuanto taller hay”

Rafaela vive muy feliz entre sus libros y tertulias literarias. A través de Happy hours y escapadas con sus nietos y amistades ha logrado que su ánimo y alegría se mantengan intactos.

Llegó junto con otros 50 españoles en un barco desde Buenos Aires. Con ella venían los fundadores de Muebles Sur, los Aguadé, Los Tarragó y el arquitecto Rodríguez Arias quien pronto construiría el Estadio Español. Se instaló en una pensión en la Calle Morandé 542.

A pesar de que venía de la Universidad de Barcelona, aquí no pudo seguir estudiando, sino que ponerse de lleno a trabajar en el Instituto Chileno Francés. Ahí tuvo la oportunidad de conocer a Manuel Rojas, González Vera, José Santos y Enrique Lafourcade quienes pronto la introdujeron en el mundo de los libros.

Está contenta con su vida, ¡se nota!
– Sí, mucho. Tuve una vida dura, con guerra incluida, la división de mi familia ya que la mayoría se fue a México. Fue triste y duro, pero ahora tengo dos hijos, seis nietos y un país donde me sentí siempre en casa. ¡Qué más pudeo pedir!

¿Qué la une con sus nietos?
– Inventé los Happy hours con los nietos. Nos juntamos aquí a tomar ponche de vino blanco con unas tacitas de vidrio que ellos disfrutan mucho. Después empezamos a salir al Pimpilimpausha u otros restoranes. Todavía lo hacemos. Hasta hace poco viajé con ellos.

¿Qué actividades la han ayudado a estar tan contenta?
– Los jueves en la mañana voy a un taller de literatura, donde escribimos y leemos. Nos criticamos y hay un proyecto de hacer un libro con lo que hacemos en ese taller. Otro taller que continúa era antes con Carlos Cerda, pero lo seguimos después de su muerte. Y ahora nos juntamos acá en mi departamento. Tambien voy a un taller que se trata de lectura de clásicos. Hace poco no sabía qué poner en el formulario de ingreso a Argentina en la casilla de profesión. Luego me iluminé: tallerista. Porque me meto en cuanto taller hay…

¿Con qué otras cosas disfuta?
– En lo único que gasto plata y pido que me regalen son libros. Ya no me compro ropa, pero sí compro libros. Y algo rico de comer, esas son mis prioridades.

¿Y qué lee?
– Leo de todo. Me gusta el ensayo, la novela. He publicado dos libros: Días cálidos y azules y Teselas para un mosaico. No me gusta la ficción. Yo escribo fragmentos. Datos reales, biografías y datos de fantasía y que no se sepa cuál es cuál. Me gusta leer a Javier Cercas, es de mi generación, ha vivido lugares que conozco.

¿Y qué cree que le ha servido en la vida para no decaer?
– Es que soy vasca y los vascos no nos rendimos, siempre hemos tenido esa fama. Es algo interior que impide que te quejes. Es muy innato, llegué a los 18 años sola, medio enamorada de un poeta que pronto se enfermó de tuberculosis y terminó en el Peral. Yo no me amilané. Lo visité todos los fines de semana durante mucho tiempo hasta que la cosa se enfrió.

¿Y hace cuánto tiempo vive sin su marido?
– Hace 10 años que enviudé. Pero por suerte no me sentí abandonada porque tengo muchos amigos de todas las edades y más los hijos y los nietos.

¿Y qué hace para ser alegre y no convertirse en una gruñona?
– Soy optimista. Me ayuda a serlo el pensar que no me ha ido mal en la vida, que tuve una infancia feliz, fui a un buen colegio, después pasé penurias, una guerra, un bombardeo, he tenido miedo pero en el fondo me fue bien porque llegué a un país donde me sentí como en mi casa.

Entonces, ¿de qué me voy a quejar? Tengo nietos, hijos, bisnietos.
– En la vida no todo te va a salir bien, imposible. Pero si peso lo que ha salido bien con lo que ha salido mal, lo que ha salido bien me hace olvidar lo otro. No es que olvide lo malo: muy duro fue el fin de la guerra, la separación de mis padres, salir joven recién entrada a la universidad en Barcelona y luego llegar a Chile sin poder estudiar porque tenía que trabajar para ganarme la vida, me tocó vivirlo, pero lo asumo.

Reportajes Relacionados

About Author

Carolina

(0) Comentarios de lectores

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *