Escrito por Teresa Arteaga / Nº 229 /  12 septiembre 2015
Bienvenida adolescencia

Tal como nos preparamos para el parto de un hijo recién nacido, debemos estar en forma para recibir al adolescente. Es una etapa en que hay que adecuar y flexibilizar antiguas normas y costumbres, cuidar el apego y los vínculos afectivos.

Dicen que la adolescencia es “algo” que afecta a los padres llegada cierta edad de los hijos y que en algunos casos se manifiesta con síntomas parecidos a una enfermedad: nerviosismo ante sus nuevas y originales opiniones, ansiedad creciente como reacción a sus intentos de salir solo, y pensamientos obsesivos sobre si se los educó correctamente.

Lo cierto es que la adolescencia, siendo un proceso natural y deseable, efectivamente “les llega” a los padres y hay que saber reaccionar ante ella. Lo ideal es haber pensado y conversado el tema anteriormente, porque desde que un hijo nace se comienza a criarlo en vistas al adulto que deseamos formar. Así, en la adolescencia, simplemente debiéramos pasar a otra etapa en el proceso. Pero no siempre es tan fácil.

Claudia Maggi, psicóloga y co autora de un libro sobre dinámicas familiares próximo a publicarse, participó en el III Congreso internacional Familia y Sociedad organizado por la Universidad de los Andes, y se refirió precisamente a este tema:
“La adolescencia es una turbulencia en la vida individual y familiar. Se entra en una etapa en que todo se moviliza: se cuestionan valores y costumbres previamente establecidas en la infancia. Pero en vez de luchar contra este movimiento, lo indicado es normalizar el ajuste. Es una etapa en que los hijos buscan diferenciarse para fortalecer su identidad y el objetivo de los padres entonces tiene que ser apoyarlos sumándose al movimiento”, explicó.

Las bases sólidas

“Se puede normalizar y sumar al movimiento con total tranquilidad, cuando la familia cuenta con bases sólidas. Esto es un capital afectivo previo y positivo, construido desde el primer momento del desarrollo del hijo. Es un vínculo incondicional, que permite no pararse con temor frente al adolescente, no cuestionarlo, no compararlo, no criticarlo, no lamentar que ya no sea el niño pequeño de antes”, explicó la académica en su ponencia.

Este vínculo afectivo positivo permite, llegada la adolescencia:
Mantener conversaciones más guiadas
Negociar algunas normas estableciendo nuevos límites adecuados a la edad
Apoyar la identidad de los hijos
Entrar en una nueva etapa de la relación

No obstante, hay padres que han tenido mucha cercanía con sus hijos y que sienten que llegada la pubertad la relación se tensa. Por ello, sin saber cómo reaccionar, intentan mantener el control aferrándose a las antiguas dinámicas familiares.

Claudia Maggi aclaró que es entonces cuando hay que revisar estas cinco características de la parentalidad positiva y adecuarlas a la nueva etapa.
1. Buscar que los hijos crezcan en ambientes seguros: por lo tanto, hay que permitirles salir, pero conocer los lugares donde van.
2. Crear un ambiente positivo en sus hogares estando presentes. En esta etapa esto implica darse tiempo para escucharlos, aún cuando sus anécdotas escolares nos parezcan sin importancia
3. Promover una disciplina asertiva, conversando las normas que son importantes. Por ejemplo, el cuidado de las horas de sueño, el uso de los medios tecnológicos, la forma en que tratan y se comunican con los hermanos…
4. Mantener expectativas realistas y adecuadas respecto al desarrollo de sus hijos. “No esperemos que llegada la adolescencia los hijos no nos critiquen, porque eso harán y no debemos sorprendernos”, señaló Claudia Maggi.
5. Promover el autocuidado de si mismos como padres y como pareja, pues muchas veces el cansancio es lo que genera tensiones familiares.

¿Qué ocurre durante la adolescencia?

¿Por qué tanto temor a esta etapa? “Porque los adolescentes van a probar los límites parentales, van a buscar mayores libertades, más autonomía y a desarrollar un sistemas de valores independientes para crearse una identidad propia”, respondió la psicóloga. Pero, explicó que mientras algunas personas logran hacer ese transito de la adolescencia a la adultez de modo fluido, otros lo hacen de forma muy conflictiva. Investigaciones señalan que existe un factor que marca esa diferencia: la permanencia y el amor de los padres. Demostrar la permanencia de ese amor implica realizar actos concretos y éste es el gran desafío para ellos:

1. Vivir con mayor flexibilidad las dinámicas familiares:
Implica buscar nuevas formas de compartir, permitirles ejercer una autonomía más vigilada y manteniendo un consenso parental en parámetros educacionales; incluir al grupo de amigos en actividades que antes eran solo familiares.

2. Nunca cuestionar el vínculo con el hijo adolescente, manteniendo un ambiente cargado de apego: Esto significa cultivar una relación afectiva de respeto, comunicación, aceptación. “Es difícil a ratos porque los adolescentes tensan el vínculo para modificarlo, para moverse hacia la independencia, para mostrar que tienen opinión y puedo hacerla valer”, recordó Claudia Maggi.

3. Normalizar el movimiento: El niño ya creció, pero hay un adolescente por conocer. Debemos darle espacio al hijo para esa exploración, permitiendo que tenga a veces su puerta cerrada, que no quiera ir siempre al té familiar…

4. Cuidar la calidad de tiempo que otorgamos al hijo, porque se puede creer que el adolescente nos necesita menos: La verdad es que nos necesita igual o más que antes, solo que de otro modo. Escuchándolo, por ejemplo. Por eso los padres deben poner especial atención en esta etapa a la sobrecarga de trabajo con que llegamos a la casa o al uso del whatsapp.

5. Mantener una comunicación honesta y directa, con interés real por resolver problemas y diferencias: Es a través de la comunicación que el padre entiende que el hijo es una persona distinta a él, con intereses, gustos y opiniones propias.

Cuidando estos puntos, concluyó Claudia Maggi, la adolescencia no se hace tan difícil y pronto brota frente a nosotros el hijo joven que tantas veces intentamos imaginar cuando nació.

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