Escrito por Felipe Hidalgo Bustos / Nº 240 /  04 October 2016
Ecología humana

Para ser ecológicos con nosotros mismos debemos tener una vida a escala humana: caminar, escribir, conversar, aprovechar lo natural -cuidando la naturaleza- pero a la vez conociéndola en sus miles de formas.

A la hora de almuerzo y comida, una tía muy aristocrática y querida por todos siempre tenía un jarro de agua en la mesa. Para justificar su precariedad económica, ya que según ella pertenecía a los “nuevos pobres”, decía “no hay nada más elegante que un vaso de agua”. Era humanamente sustentable ya que cultivaba la amistad, manejaba ella el tiempo que siempre le alcanzaba, no tenía auto y llegaba caminando a todas partes. La vida estaba hecha a su escala y la sencillez fue siempre su principal valor.

Hoy, cuando las relaciones humanas pasan por una crisis de ultra sensibilidad, donde existen los temas vetados y cada día cuesta más comunicarse auténticamente, parece imposible dar una opinión sin que queden heridos. Se ha perdido el humor, la sencillez y la naturalidad. Nos preocupamos de la ecología descuidando la ecología más importante: la ecología humana.

¿De qué nos sirve ser ecológicos si no somos sustentables con nosotros mismos? Debemos recuperar el manejo del tiempo, abandonar los activismos y el estar permanentemente ocupados. Para ser ecológicos con nosotros mismos debemos tener una vida de escala humana: caminar, escribir, conversar, aprovechar lo natural -cuidando la naturaleza- pero a la vez conociéndola en sus miles de formas.

¿En qué minuto olvidamos el campo chileno, la tierra, los bosques, una yunta de bueyes, comernos una tortilla al rescoldo o un buen pebre? ¿Por qué decidimos que nuestra vida la pasaremos en medio del cemento, el vidrio y las máquinas? Debemos darnos el tiempo de disfrutar de la observación y la contemplación de la naturaleza y de nuestros seres queridos, tenerlos presentes en nuestras cabezas.

Estamos llenos de proyectos y cosas artificiales y descuidamos lo más básico y elemental que somos nosotros mismos. Pregúntese con toda sinceridad: ¿Desde cuando que no escribe una poesía, pinta un cuadro o toma una fotografía? A mi tampoco me gusta la poesía, pero para ser ecológicos con nosotros mismos debemos hacer un esfuerzo y escribir un poema al menos. Hágame caso, deténgase a escribir un poema de cualquier cosa aunque no le guste y no tenga facilidades. Muéstreselo a su mujer y junto con septiembre renacerá también el amor. Ahora que empieza la primavera le sobrarán motivos. He aquí un esfuerzo humilde para recordar un hongo cordillerano olvidado pero que puede encontrarlo en la vega.

ODA AL DIGüEÑE

En la selva húmeda y fría vive el viejo hualle.
Cansado y viejo, pero al lado del pehuén, un niño de pecho.
Basta una tarde de sol de agosto,
Para que sus brazos con aroma a bosque profundo
Dejen espacio a este hongo iracundo.
Y en el plato enlozado, ya abollado y picado de tanto causeo precordillerano, un limón / explota bañando su fondo
y esterilizando este nuevo cobijo
que ayer recibió la sangre caliente del chivato.
El racimo blanco y naranjo, inflado y desinflado, redondo
y cuadrado ya fue descolgado.
Toma esa cebolla y rápido transfórmala.
Toma ese cilantro y oblígalo a soltar, la esencia única de la frescura inmortal.
Ahora dejarás caer los digüeñes sin ningún esfuerzo, y la cuchara en su baile terso barnizará brillante y salará este diamante.
Cierra los ojos y devórate el bosque, con montaña inmensa
y el invierno entero.

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