Escrito por Liliana Orellana / Nº 248 /  26 July 2017
Al rescate de las lenguas nativas

¿Alguna vez se han preguntado por qué en la educación tradicional no hay alguna asignatura donde se enseñe quechua, mapudungun o aimara a los niños? Diversos estudios señalan que su aprendizaje, y traspaso de generación en generación, desarrolla un fuerte sentido de pertenencia, valor clave para vivir en sociedad.

Ko, Uma, Yaku y Vai. Todas significan agua. Mapudungun, aimara, quechua y rapanui son las cuatro lenguas indígenas que aún se mantienen vigentes en nuestro país. El kawésqar, el yagán y el kunza, en cambio, están en vías de extinción.

De acuerdo al estudio Vitalidad y peligro de desaparición de las lenguas, realizado por un grupo especial de expertos de lingüistas convocado por la Unesco, la diversidad de idiomas, lenguas y dialectos es esencial en el patrimonio de la humanidad. Éstas reflejan tanto la cultura de una comunidad, como la identidad étnica de distintos individuos.

Con el fin de rescatar este enorme patrimonio cultural, es que hoy en Chile existen distintos programas que buscan que los estudiantes se acerquen al estudio de las lenguas indígenas locales. Con más o menos problemas, estas iniciativas buscan que los descendientes de los pueblos originarios no abandonen su idioma nativo, ya que la extinción de estos dialectos significa una pérdida irrecuperable de saberes únicos, culturales e históricos.

Uno de ellos es el Programa Nacional de Educación Intercultural Indígena. Nacido en 1993, bajo el alero de la Ley N°19.253, establecía la enseñanza del idioma o lengua local en áreas donde hubiera alta concentración de población nativa. Luego, en el año 2009, el Ministerio de Educación emanó el decreto 280, donde se fijaron qué tipo de programa se realizaría y en qué áreas. Así, desde 2010 se comenzó a impartir el Programa de Educación Intercultural Bilingüe (PEIB), que decretaba que se iniciaría específicamente en Primero Básico, ya que justamente en esta edad, entre los 6 y 7 años, los hábitos de pronunciación y gramática del castellano ya están más interiorizados, por lo tanto, es más fácil comenzar con una segunda e incluso una tercera lengua.
El programa se comenzó a impartir obligatoriamente en los colegios que tenían más del 50% de estudiantes de ascendencia indígena y este debía ir subiendo de nivel cada año. Es decir, en el 2011 hasta Segundo, el 2012 hasta Tercero, y así sucesivamente, llegando hasta Octavo Básico.

RIQUEZA CULTURAL

Según el estudio elaborado por los expertos de la UNESCO, cerca del 90% de todas las lenguas nativas del mundo podrían ser sustituidas por idiomas dominantes de aquí a finales del siglo XXI. Es por eso que el traspaso generacional no puede continuar siendo la única herramienta para mantener las tradiciones originarias. Adoptar nuevas políticas lingüísticas, favorecer la interculturalidad y producir material educativo acorde a esta realidad, es un imperativo sociocultural.

De acuerdo a Rodrigo Becerra Parra, Magíster en Lingüística de la Universidad de Concepción, abrirse a otras lenguas sería ideal, no solo para los indígenas, sino también para los niños y jóvenes. “Es una riqueza cultural y cognitiva”, afirma.

Hoy, tanto la 8ª como la 9ª región lideran la implementación del PEIB en sus establecimientos educacionales. A pesar de ello, se necesita profundizar los programas de educación estatal, potenciar la cantidad de horas que los establecimientos puedan dedicarle a estos, formar profesores y reforzar sobre todo a los bilingües, sentencia Becerra. Esto cobra real sentido cuando, de acuerdo a datos de la Fundación Educación 2020, los colegios multilingües en los que se enseña la lengua materna, junto a un segundo idioma, demuestran que la implementación de estos programas mejora el aprendizaje en ambas lenguas, así también como en otras asignaturas.

LENGUAS MUERTAS O DORMIDAS

La interrupción de la transmisión de una lengua, es decir, cuando esta se deja usar, y ya no es conocida por los hablantes, se considera como una lengua muerta o dormida. Sin embargo, a pesar de que puede no hablarse por muchos años, hay casos en los que vuelve a ser usada por otras generaciones. El riesgo de que esto ocurra, es que nadie las vuelva a usar.

“El peligro es que cada lengua tiene mucha sabiduría, cosmovisiones que van a dejar de conocerse. El problema es que toda lengua tiene una relación con la identidad, por lo tanto, si deja de hablarse, cambia la identificación de esas personas con su pueblo y se dificulta el acceso a los conocimientos plasmados en la lengua”, explica el profesor Becerra.

En Chile solo existen programas patrocinados por el Estado para cuatro lenguas: mapuche, aimara, quechua y rapanui, excluyendo el kunza y el kawésqar. Para estos casos, explica Becerra, hay iniciativas independientes o bien se postula a proyectos estatales, pero estos deben ser autogestionados.

Según el docente, no existe ningún programa que se preocupe, por ejemplo, del yagán, del cual hasta ahora solo queda una hablante nativa conocida. Cristina Calderón, quien vive en un pueblo cerca de Puerto Williams, se transformó en la única persona en el mundo que habla el yámana o yagán, la lengua con la que se expresaron los habitantes más australes del mundo. Considerada Tesoro Vivo de la Humanidad por la Unesco, Cristina no ha logrado que ningún miembro de su familia domine su lengua, a pesar de que ha tratado de enseñársela a sus nietas y a otros miembros de su comunidad.

El kunza es otro caso. Esta lengua es considerada muerta, ya que el tiempo, la llegada de otras culturas y otros factores fueron detonantes para la desaparición de uno de los principales idiomas del desierto. Hoy se recuerdan algunos centenares de palabras y se trabaja en formas de recuperarlo.
Es por esto que, establecer una nueva relación entre los pueblos indígenas, la sociedad y el Estado, reconociendo sus derechos a la educación en su idioma originario, es crucial para potenciar mucho más una educación intercultural bilingüe efectiva.

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