Escrito por María de los Ángeles Saavedra / Nº 248 /  26 July 2017
Crear comunidad desde la escuela

Disciplina, respeto y creatividad, además del conocimiento académico, son algunos de los valores que entrega el Plan Jena, un sistema educativo que rompe las fronteras de la educación tradicional y que busca hacerse un espacio en la comunidad de Frutillar.

En nuestra generación, probablemente todos aprendimos así: con el profesor al frente del curso, repitiendo la materia, muchas tareas para la casa y la necesidad de tener una buena memoria el día de las pruebas. Para quienes estamos acostumbrados a este sistema, nos costaría entender que niños de diferentes edades formen parte de una sala de clases, que cada uno aprenda a su ritmo y que el profesor actúe como un guía. Pues bien, esto existe y se llama Plan Jena o Jenaplan: es originario de Alemania, traído a Chile y puesto en marcha hace tan solo cuatro años en Frutillar, en el que hoy se conoce como Colegio Kopernikus.

Este innovador sistema fue creado en la década de los ‘20 por el profesor alemán Peter Petersen, quien postulaba que el mundo es cada vez más heterogéneo en los estilos de vida y las familias de origen, entre otros, y que la orientación de la educación debía tener su foco en esta variedad. En el 2013, años después, y a miles de kilómetros de la primera escuela, nace en Frutillar, al sur de Chile, la iniciativa de un grupo de personas para dar continuidad a un programa preescolar llamado “Juguemos a las Artes”, formado con el apoyo de la Escuela de las Artes del Teatro del Lago. Con una mirada crítica al sistema tradicional de educación y buscando dar prioridad a la innovación y el trabajo colaborativo, se crea Kopernikus y abre sus puertas en marzo de 2014.

Nicola Schiess, fundadora del colegio y Presidenta de la Corporación Cultural Teatro del Lago de Frutillar, explica que comenzó buscando innovaciones en educación. “Lo que descubrí es que los colegios que normalmente tienen excelencia académica, se explican porque tienen una misión muy clara”, cuenta y agrega que esta tiene directa relación con su participación en el entorno y la comunidad. “Al estar en un parque nacional, se preocupan del medioambiente. O si el colegio está en la isla, ayuda construyendo botes, o si están al lado del parque olímpico, fomenta el deporte. Hemos encontrado que estos colegios tienen un lema que los caracteriza y los identifica con la comunidad completa: niños, apoderados, profesores y el entorno”.
El Kopernikus hoy está en una fase inicial y, como señala su fundadora, tienen cerca de un 97% de aprobación. “Porque hay espacio para estar motivados. Eso es clave. Creo que hay muchas cosas logradas, se está haciendo un bello trabajo, pero hay mucho por hacer todavía”, cuenta Schiess.

Respeto y cooperación

Todo este sistema educacional se basa en juntar niños de tres diferentes edades en los denominados “grupos núcleo”. Esto quiere decir que alumnos de tres niveles van a una sola sala de clases. Por ejemplo, Medio Mayor, pre kínder y kínder forman un grupo núcleo. Así los siguen Primero, Segundo y Tercero Básico, luego Cuarto, Quinto y Sexto, y así. Dentro de cada una de estas agrupaciones, se forman otras más pequeñas que se van ayudando, lo que fomenta la cooperación y aprendizaje entre los mismos niños. Hoy, el Kopernikus tiene cerca de 180 alumnos, en niveles que van desde los dos años hasta Séptimo Básico.

El objetivo de tener clases heterogéneas es que los niños aprendan a conocerse a sí mismos. Por eso, durante el tiempo que dure su paso por el grupo núcleo, cada uno va a haber aprendido a adaptarse, hacerse cargo de su ambiente y a apoyar a los demás.

“Hoy en día, la información está, entonces lo que hay que aprender es disciplina para lograr la meta en el tiempo que te dan y llegar al resultado”, explica la fundadora. Es por ello que en esta escuela a los niños se les motiva a aprender más allá de las asignaturas, como, por ejemplo, a trabajar en equipo, saber expresar sus ideas, organizar algo o ser responsable de un proyecto.

Nicola Schiess resalta la importancia del desarrollo en general de las habilidades blandas. Los niños tienen un plan semanal donde ellos eligen qué día hacen las tareas de matemáticas, lenguaje, o lo que les toque en su minuta. “También trabajan en proyectos, donde desarrollan cuatro o cinco áreas simultáneas, fomentando, además de los conocimientos, las virtudes de los chicos”, cuenta. Al mismo tiempo, reciben en la sala de clases el input de su materia según el nivel que van. “Hay dinámicas grupales: no hay mucha entrega de información frontal, sino que tienen una pequeña inducción y luego lo elaboran en conjunto. Y pueden consultar su cuaderno, a su vecino y al profesor”, agrega la especialista.

En este contexto, se entiende que el profesor es un guía, que presenta las materias de manera estimulante de tal forma que cada niño pueda encontrar su propio camino. “El ideal es que lo hagan ellos porque se mantienen motivados. A mi juicio, esto se puede aplicar en una empresa o cualquier núcleo colaborativo que exista. Así es como logras mover una comunidad”, recalca Nicola.

Los cuatro pilares del plan

Leer, escribir o hacer ejercicios con lápiz y papel no son las únicas formas de aprender, según el sistema Jenaplan. Por el contrario, postula cuatro bases de aprendizaje: la conversación, el juego, el trabajo y, por último, la celebración.

En un esfuerzo por dar a entender la metodología y fundamentos del plan, la Escuela Jenaplan Regenboog, ubicada en Holanda, tiene muy bien definida su visión: “Mediante la conversación o el diálogo podemos informar y comprender a los demás. Durante el diálogo en grupo se hacen los planes y se evalúa en parte el trabajo. Mediante el juego aprendemos a tomar en cuenta a los demás. También mediante el juego internalizamos nuestras experiencias. El trabajo son los momentos de enseñanza formal y los períodos donde los niños trabajan independientemente. Mediante la celebración trasmitimos lo que nos pasa mental y afectivamente, lo que nos deseamos de manera mutua; trasmitimos sentimientos (alegría, sorpresa, orgullo). Si sentimos tristeza también podemos tratar de integrarlo en la celebración”. De esta forma, explica la metodología, se continúa construyendo niños con sentido de comunidad y los integra a su entorno.

Fuera del aula

La calle Phillipi está adornada con sus flores y árboles que acompañan el borde del lago Llanquihue. Más allá, la vista del imponente volcán Osorno completa la postal de Frutillar. Y es que el Kopernikus está ubicado en un sector privilegiado. Y aprovechándose de esta maravilla natural, el colegio enseña también fuera de las salas de clases. El programa educativo mantiene que el aprendizaje trasciende el aula y que no hay un colegio Jenaplan igual a otro, porque considera que cada uno está conectado particularmente con su medioambiente y entorno.

“Aún estamos en los primeros pasos -cuenta Nicola- pero, sin duda, el entorno natural que nos rodea nos influye mucho en el día a día. Independiente del colegio, es la forma en la que viven las familias acá. Tampoco hay muchas otras opciones, se participa y se sale a la naturaleza sí o sí”.

Y no solo eso, porque la ciudad ofrece también un variado panorama cultural del que los niños son parte, como las semanas musicales o algunos eventos que se realizan en el Teatro del Lago. Además, algunos niños almuerzan en su casa y por las tardes asisten a talleres que ellos eligen y que les permiten un desarrollo personal en aquello que más les gusta. Los hay de música, teatro, lenguaje y deportes, entre otros.

Nicola Schiess resalta que el colegio se ha posicionado por ser abierto y compartir los especialistas que los han visitado. Han hecho charlas públicas, generando un núcleo de conversación para temas de educación. Ejemplo de ello fue el Foro Internacional Puelche, de creatividad y aprendizaje, donde hubo mucha participación de gente de la región.

“Lo que más me inspira es que la gente esté interesada en innovar y buscar su espacio. Todos podemos: los grandes, los chicos, cualquier tamaño de colegio, sea más o menos innovador o tradicional. Todos tienen claro que el mundo está cambiando rápidamente y la formación es mucho más que la pura educación. La que se lleva adelante en una comunidad educativa es mucho más amplia, muy valórica. Por eso lo veo como una forma de vida: hay que anexarlo a los desafíos que van a tener los niños el día de mañana, que nosotros no conocemos. Entonces, hay que darles estas habilidades más blandas”, cuenta la especialista.

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