Escrito por María de los Ángeles Saavedra / Nº 251 /  25 September 2017
Tugar, tugar, ¡salir a JUGAR!

Para nuestros hijos, desde temprana edad, el juego al aire libre es una herramienta para desarrollar habilidades sociales y motoras que los ayudarán a tener relaciones sociales sanas, además de entregarles la capacidad para liderar y enfrentarse a los problemas de manera positiva más adelante, durante su vida escolar y adulta.

Miramos por la ventana y vemos edificio tras edificio, ventanas de departamentos y terrazas con personas que no conocemos. Escuchamos autos, micros, el silbido del señor que afila cuchillos. Adentro, la televisión está prendida y los niños no despegan la vista de su programa favorito. “Al menos es educativo”, pensamos y lo dejamos pasar. Después de un rato, llegan aburridos y sin saber qué hacer, a pesar del enorme montón de juguetes que tienen. Vemos una alternativa: los sacamos a la plaza o al parque.

Con años de experiencia como Terapeuta Ocupacional, la estadounidense Angela, J. Hanscom notó una alarmante tendencia en los niños de hoy en día: inhabilidad para quedarse quietos, sistemas inmunes deprimidos, mala postura y hasta agresividad a la hora de los recreos, ansiedad y dificultad para auto regular las emociones. La solución, según la autora, es sencilla: juego al aire libre, sin controles, sin barreras. Libre. Y durante varias horas al día.
En su libro Balanceados y Descalzos: cómo el juego al aire libre sin restricciones crea niños fuertes, seguros y capaces (Balanced and Barefoot: How Unrestricted Outdoor Play Makes for Strong, Confident, and Capable Children), Hanscom asegura que estos problemas son culpa de la falta de actividades en el exterior. “Hace 30 años era raro ver a un niño diagnosticado con alguna dificultad en su desarrollo o problema neurológico. Hoy es una gran tendencia, una que debería levantar alertas. Más y más niños tienen pocas habilidades para poner atención, controlar sus emociones, su balance físico. Tienen poca fuerza y resistencia, mayor agresión y sistemas inmunes debilitados. Esto, en paralelo a los llamados retrasos en el desarrollo, que han aumentado establemente en los niños que necesitan terapia ocupacional para tratar estos problemas”, explica.

Y, claro, si nos detenemos a pensar, hace tres décadas no existían los tablets, smartphones, videojuegos y televisión sin control o medida, y nuestra entretención radicaba en jugar a la pelota en la plaza o recolectar flores.

La importancia de salir a jugar

En Chile, la reconocida neuropsiquiatra infantojuvenil Amanda Céspedes nos explica que el juego libre en espacios abiertos esculpe el cerebro infantil y propicia un adecuado desarrollo. “Tiene una función neurotrófica, es decir, que fortalece las redes neuronales”, explica. Además, cuenta que favorece la armonía emocional, equilibrando el natural impulso a descubrir, crear, explorar, interactuar y disfrutar de la compañía de otros. “Estimula la creatividad, al incentivar la imaginación y la fantasía”, cuenta.

Pero, para algunos de nosotros, puede que sea más fácil decirlo que hacerlo. Ya sea porque nuestro barrio no es el más seguro, porque no tenemos parques cerca o simplemente porque es más fácil prenderles la televisión. Pero vale la pena hacer el esfuerzo. El juego en el exterior promueve el desarrollo sensorial y motor. “En la naturaleza, los niños aprenden a tomar riesgos, sobreponerse a sus miedos, conocer nuevos amigos, regular sus emociones y crear mundos imaginarios”, explica Angela Hanscom. Según la autora, cosas tan simples como dar vueltas en círculo, activa células en el vello del oído interno, enviando mensajes por la espina dorsal y ayudando a mantener el tono muscular y postura corporal. Por su parte, Amanda Céspedes enfatiza: “Yo siempre recomiendo intentar llegar más temprano a casa y destinar una media hora para llevar a los chicos a un parque, una plaza, a dar una vuelta en bici o sacar a pasear al perro”.

“Mi entrenamiento profesional me ha enseñado que el movimiento -y mucho – es la clave para evitar estos problemas. Y desde mi investigación, y vida personal, he descubierto que el movimiento en la forma de juego libre -específicamente en el exterior- es absolutamente el regalo más beneficioso que nosotros como padres, cuidadores, profesores, podemos hacerle a nuestros niños para asegurar cuerpos saludables, mentes creativas, éxito académico, estabilidad emocional y habilidades sociales”, resalta la norteamericana.

Céspedes señala que este tipo de juego en la temprana infancia, en especial a partir de los tres años, es clave en la autorregulación del temperamento, un hito del desarrollo que debe lograrse antes de cumplir los cinco años. “Después de los siete años contribuye al logro del autocontrol reflexivo: el niño aprende a esperar, a tolerar la postergación, a aceptar reglas, a perder sin frustrarse. El juego grupal al aire libre ayuda a fortalecer rasgos nacientes de personalidad, como el liderazgo, la empatía, la solidaridad y el compañerismo”, cuenta.

Jugar en el colegio

La autora Angela Hanscom observó que, en promedio, un niño demora 45 minutos en decidir con quién y a qué quiere jugar. Por lo que los recreos de no más de 20 o 30 minutos no les alcanzan a dar la oportunidad para conectarse plenamente con su cuerpo y sus sentidos.

Es más, a nivel local, y teniendo en cuenta que durante el transcurso de un día en el colegio los niños solo se mueven un total de 60 minutos, uno de los proyectos de Amanda Céspedes es mostrar a las autoridades, que diseñan la Jornada Escolar Completa, el grave perjuicio a la inteligencia de los niños el tenerlos sentados por largas horas. Agrega, además, que el juego es muy determinante en el desarrollo intelectual del niño y la base de la inteligencia radica en establecer redes neuronales sólidas y versátiles. “También es clave como factor promotor de la inteligencia, porque estimula la imaginación, permite romper con libertad las fronteras de la realidad, algo tan necesario en niños que viven circunstancias adversas, además de estimular el pensamiento estratégico y la capacidad de dirigir la conducta a una meta”.

Pero el juego no sólo influye en las notas de los niños en el colegio, sino que también es decisivo en el desarrollo de la inteligencia emocional porque, según relata la neuropsiquiatra, “a través del juego grupal se aprende a resolver conflictos, a tolerar las frustraciones y los fracasos, y a leer las mentes de los otros desarrollando la empatía”.

jugar2-251¿Y si hace frío? ¡Salimos igual!

No es novedad que cuando el sol se esconde, nosotros nos guardamos en la casa, donde está calentito y cómodo. Pero la verdad es que aún en esos días, nuestros pequeños necesitan salir a jugar.

Para los días fríos, o aquellos en los que no podemos salir a la naturaleza porque está nevando o lloviendo, Hanscom propone actividades como tener un jardín interior o crear piezas de arte con elementos de la naturaleza como palitos, hojas y flores.

La doctora Céspedes insiste en que en Chile somos muy poco dados a salir a espacios abiertos cuando hace frío. “En Europa y otros lugares los niños juegan al aire libre sin tanta exageración en el abrigo. Pienso que los padres jóvenes deberían animar a los chicos a ir a jugar a las plazas en invierno. Una buena camiseta de lana y una parka son infalibles para proteger del frío, pero el mejor antídoto es moverse, correr, trepar”, señala.

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