Escrito por Luz Edwards / Nº 252 /  21 October 2017
Causa y efecto: Qué pasa si…

Comprender que un evento lleva a otro es algo fundamental en el aprendizaje de los niños. Desde los ocho meses en adelante una guagua se sorprenderá al ver que un ruido es provocado por la llegada de un objeto al suelo. A los 3 años, en cambio, la mayor comprensión del mundo les permitirá, incluso, predecir los posibles efectos de un evento imaginario.

¿A quién no le ha pasado? Da lo mismo cuántas veces recojamos los juguetes de suelo, basta con que se lo pasemos una vez más a nuestros hijos para que lo boten de nuevo. Y es que en términos de desarrollo, usualmente se describe que a partir de los 8 meses los niños empiezan a probar el concepto de causa y efecto en las cosas. Mover un cascabel y poner atención a lo que ocurre, o hacer chocar dos objetos para ver si se produce o no un ruido, corresponden a acciones simples donde el niño busca identificar qué pasa y las repiten varias veces, atentos a si vuelve a suceder lo mismo.
Así lo explica Bárbara Hanisch, investigadora de la Facultad de Educación y jefa de acompañamiento docente del Centro de Innovación Docente de la Universidad de los Andes. “Alrededor de los 18 meses esta observación se complejiza y los niños no solo quieren saber qué pasa al hacer algo con un objeto, sino que están atentos a qué les pasa a las otras personas que están con él en ese momento”, señala. Un ejemplo de esto es cómo observan las reacciones de la mamá cuando botan algo o cuando aplauden. ¿La mamá pone cara de enojo? ¿Se ríe? Como su habilidad motriz es mayor, a esta edad también empiezan a tratar de abrir tapas, a cambiar la posición de los objetos o trepar hasta lograr meterse a la boca esa fruta que ven desde lejos…todo para saber qué pasa.

El siguiente salto -explica Bárbara Hanish- se produce a los 36 meses. A esta edad los niños ya adquirieron bastantes destrezas en el desarrollo de la compresión causa y efecto, y empiezan a ser capaces de predecir. “Esto es posible porque han internalizado los efectos de ciertas acciones, entonces pueden pensarlas antes de que ocurran y reflexionar acerca de esas predicciones”, dice. El niño toma en cuenta el contexto y toda la información que tiene acerca del evento y según eso, predice. Por ejemplo, si ve que un compañero de jardín está llorando puede especular acerca de qué fue lo que lo provocó.

Este aprendizaje es innato del ser humano, por lo tanto, más que fomentar que ocurra lo importante es que los adultos no entorpezcamos la exploración de los niños. “En las etapas iniciales, hasta alrededor de los dos años y medio, el rol de los papás es propiciar un ambiente seguro y controlado para que los niños puedan moverse. Y también tienen un rol como testigos activos de su aprendizaje, ayudándolos a verbalizar el proceso y el efecto de la acción del niño”, explica la investigadora. Si un niño de 10 meses está tratando de abrir una caja y va probando distintas posibilidades, el adulto puede ir describiendo lo que el niño va haciendo. Si de pronto se enoja por no tener éxito o se rinde, el adulto puede nombrar nuevas posibilidades mientras lo guía para intentarlo.

Comprendiendo su entorno

A partir de los tres años, como adultos podemos ayudarlos a practicar su capacidad de predicción haciendo juegos sobre eso. Por ejemplo, si pasa una ambulancia -que llama la atención de todos los niños- proponerles conversar acerca de qué creemos que le habrá pasado a la persona que va adentro. O, al leer cuentos, preguntarles qué piensan que va a suceder o cómo se sentirá el personaje dado lo ocurrido.

También a esta edad, y sabiendo que los niños ya son capaces de internalizar causas y efectos, es bueno que los padres tengamos el tiempo y la paciencia para explicarles a nuestros hijos ciertas situaciones que se salen de norma. Es lo que ocurre cuando un niño que está explícitamente autorizado a recortar catálogos de tiendas se abalanza con sus tijeras sobre la revista de decoración, ganándose un reto. “Solo si el niño ve la diferencia entre un catálogo y una revista podrá aprender que éstas no se recortan. Los adultos tenemos el rol de guiarlos en ese aprendizaje”, dice Bárbara Hanish.

Cuando se trata de eventos complejos, formados por una secuencia de causas y efectos, podemos facilitarle la comprensión al niño mostrándole esas etapas. Esto sirve para acciones prácticas como aprender a abrocharse los cordones -donde el paso a paso es muy útil- y para responder a preguntas como, ¿por qué los autos andan? Para saber por dónde comenzar la explicación, la investigadora aconseja devolverles la pregunta: ¿qué crees tú que hace andar al auto?

Debido a que esta es una etapa de constantes cambios, en donde para un niño pequeño toda experiencia nueva puede ser un estímulo a su imaginación, lo importante es que los padres podamos guiar a nuestros niños en el proceso. Regalémosle el poder explorar con libertad, sin interrupciones constantes. Para eso, la experta aconseja sacar del ambiente objetos que puedan ser peligrosos y mantenerse como observadores, listos para entrar en escena si la seguridad del niño lo amerita, pero siempre permitiendo que toquen, muerdan, huelan, boten, y a veces incluso rompan.

causa-efecto-252-2Siempre la misma película…
En general, los niños aprenden las relaciones de causa y efecto por repetición. Por eso, son capaces de ver muchas veces la misma película. Saber lo que va a ocurrir les permite ser espectadores activos, hacer predicciones, recordar… y disfrutan al constatar que manejan el contenido de la historia. Los productores de televisión saben esto y han creado dibujos animados como Dora la exploradora donde el personaje les pregunta a los niños que están frente a la pantalla, dónde está el mapa o dónde está escondido el zorro. El espectador de tres años, que ya sabe que viene la pregunta, observa con atención lo que ocurre para poder responderle a Dora dónde se encuentra lo que ella busca.

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