Escrito por Jorge Velasco / Nº 253 /  22 November 2017
Los primeros amigos

Casi sin darse cuenta, desde muy pequeños los niños verán frecuentemente los rostros de otros que no son sus hermanos: los primos. En una realidad en la que los hijos únicos son cada vez más frecuentes, aparecen como los primeros compañeros con los cuales se desarrollan diversas habilidades, como las sociales, el pensamiento, el juego y el lenguaje.

En las últimas décadas, las tasas de natalidad han bajado a mínimos históricos y hoy apenas llegan a 1,8 hijos por mujer. Los niños por familia son cada vez menos. Por ello, a falta de hermanos, en muchos casos los primos aparecen en la primera infancia (3 a 7 años) como las primeras amistades que pueden tener fuera de su familia nuclear, considerando que es probable que cuenten con edades parecidas y que sus padres estén viviendo un ciclo de vida similar.

Este lazo puede ir mucho más allá de una simple amistad. “Compartirán vivencias relacionadas con costumbres y ritos familiares que formarán parte de su historia. Fomentarán su sentido de pertenencia y su sentido de identidad familiar, comprendiendo gradualmente su genealogía y linaje. Serán vínculos que los acompañarán durante un período extenso de su vida. Sus tíos podrían transformarse en otros adultos significativos, que puedan cumplir funciones protectoras y socializadoras, además de sus padres. El cultivo de dichos vínculos dependerá en gran parte de los adultos, para que los niños logren tejer una red social más cohesiva en el futuro”, apunta la psicóloga infanto-juvenil Doris Riquelme.

La primera infancia, explica esta profesional de la Universidad de Chile, se caracteriza por el desarrollo de múltiples habilidades, como las relacionadas con el lenguaje, el pensamiento, el juego, la identificación de emociones básicas, las habilidades sociales, la autorregulación emocional y el desarrollo psicosexual, entre las más relevantes. En esta etapa, agrega, se esperaría que los niños implementen un juego simbólico, donde aprendan diversos roles y funciones sociales y de género, a jugar colaborativamente y poner en práctica diversas habilidades sociales, comportamientos y valores como la solidaridad, la importancia de ayudar para conseguir un objetivo común y divertirse, más allá de establecer ganadores o perdedores.

De esta forma, al relacionarse con los primos (al igual que con otros niños) en esta edad, se establecerían modelos de imitación que faciliten los aprendizajes, estimulando el desarrollo físico, cognitivo y emocional. “Por medio del juego podrían estimularse habilidades motoras (ya que pasarán gran parte del tiempo jugando en esta etapa), enriquecerían su vocabulario al convivir con personas más periféricas a su familia nuclear (que usan otras palabras y significados) y descubrirían nuevos sentimientos como lealtad, complicidad y confianza en un vínculo diferente del fraterno, donde en ocasiones están presentes la rivalidad y los celos. Además, a diferencia de lo que sucede con los hermanos, con los primos se tienen vidas distintas. Estas diferencias enriquecerían la relación, ya que podrían aprender cosas nuevas de ellos o ellas, en un contexto de aprendizaje recíproco”, explica Doris Riquelme.

Fomentar el vínculo

El mayor o menor grado de relación e influencia de los primos depende de diversos factores. Uno fundamental, por supuesto, es la relación y la compatibilidad entre los hermanos y padres de los niños, que les permitan proyectar el nexo entre los niños en el tiempo. Otro elemento es la edad de los primos (si es mayor puede servir de ejemplo a seguir) y aparece también la afinidad natural entre ellos.

Este vínculo, sin embargo, va cambiando con el transcurso de los años. Con la incorporación de los niños al jardín infantil, al colegio y a otras actividades extracurriculares, establecen nuevas relaciones con otras personas ajenas a su familia y podrían tener menos tiempo disponible para pasar con sus primos, en comparación con la primera infancia. Sin embargo, recalca Doris Riquelme, a pesar de tener menor contacto, podrían compartir proyectos juntos e integrar a otros amigos a este vínculo, como podría ocurrir con los compañeros de colegio.

De todas formas, más allá de este contexto, para mantener la conexión entre primos, la asistencia a eventos y celebraciones familiares es esencial. Es ahí donde los padres juegan un rol activo: visitarse entre ellos y a los abuelos, pasar fines de semana juntos, compartir panoramas y vacaciones, generar ritos y costumbres familiares, e incluso que los tíos compartan anécdotas de lo que vivieron con sus primos cuando eran niños. “Sus hijos aprenderán de su ejemplo y si la relación de sus padres con sus primos es estrecha hasta la actualidad y la fomentan entre sus propios hijos, lo más probable es que ellos hagan lo mismo, formarán recuerdos y serán parte de su red social como familia extensa en el futuro durante muchos años”, concluye Doris Riquelme.

Recomendaciones para mantener la relación

1. Acude a eventos familiares: Mantén una frecuencia mínima de encuentros para así ir estableciendo el sentido de pertenencia a una misma tradición familiar.
2. Organiza juntas y actividades: Trata de establecer alguna frecuencia de encuentros, que sean entretenidos y que produzcan que los niños quieran verse con sus primos.
3. Junta a los niños sin importar la edad: Los mayores servirán de ejemplo para los menores y estos, a su vez, aprenderán a relacionarse mejor con una mayor diversidad de personas.
4. Mantén el recuerdo: Aunque pase un tiempo sin poder reunirse con los primos, cuéntales a los hijos sobre ellos.
3. Comparte experiencias: Que los padres hablen y muestren, si es posible, la importancia que sus primos han tenido para ellos, de manera de que sus hijos puedan aprender del ejemplo.

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