Escrito por María de los Ángeles Saavedra / Nº 253 /  22 November 2017
Padres serenos, niños felices

Ser más reflexivos, centrarnos en las emociones para reducir los conflictos y enfrentarlos de manera empática. Todo esto, para que nuestros hijos aprendan a manejar sus emociones y logren construir relaciones saludables en el futuro.

“¿Te has preguntado alguna vez lo que ocurre en la mente de tu hijo?”. Con esta interrogante comienza el libro Reflective Parenting: a guide to understanding what’s going on in your child’s mind, de los ingleses Alistair Cooper y Sheila Redfern. Y es que muchas veces como padres, tendemos a reaccionar impulsivamente ante una determinada actitud de nuestros hijos, como que no despeguen la nariz del celular o que salgan de la habitación con un portazo. El llamado de este libro es a pensar en la historia detrás de cada comportamiento, conocer nuestras emociones y las de nuestros niños antes de tomar una decisión o bien, un castigo.

Pero, al contrario de lo que podríamos esperar, los autores no prometen entregar una estrategia a prueba de balas que solucione los comportamientos difíciles, sino que ofrecen una nueva forma de pensar en uno mismo como padre y en nuestros hijos.

Padres reflexivos

De acuerdo a la psicóloga María Isabel Castellón, en Chile hemos pasado desde “una crianza autoritaria a una más reflexiva centrada en la empatía en el otro. Antes se ponía prioridad solo en el sentir de los padres por sobre el de los niños. Hoy, de forma más reflexiva y empática se busca que los adultos tomen mayor conciencia de su propio estado emocional y que luego puedan conectarse mejor con el de sus hijos, utilizándolo como estrategia para un mejor diálogo y toma de decisiones”.

Lo primero, es entender qué es ser un Padre Reflexivo. El término, creado por los autores, tiene que ver con nuestra capacidad para conectarnos y entender lo que pasa por la cabeza de nuestros hijos antes de tomar una decisión, en lugar de corregir comportamiento y luego tratar de entender por qué se originó en primer lugar.

Esto no quiere decir que debemos dejar que los niños actúen como quieran. Cooper y Redfern destacan que “ser autoritario es algo bueno. Cada uno debiera esperar que su hijo colabore, pero también hay que ofrecerles apoyo emocional. Fijar límites y reglas que esperas que cumplan. Luego, mostrarles cariño, calidez y empatía”. Por su parte, la psicóloga chilena enfatiza que los actos siempre tienen consecuencias y ciertos costos. “Pero antes, se debe comprender y revisar lo ocurrido. Sobre todo con niños entre 11 y 14 años, donde la negociación en los permisos y primeros pasos de independencia empiezan a asomarse”.

Autoconocimiento: ¿Qué pasa por nuestra cabeza?

Este libro trabaja bajo la premisa de que nuestra forma de lidiar con los sentimientos es perceptible desde que los niños son apenas recién nacidos. Considerando que nuestros hijos aprenden en base a imitación, nuestra actitud ante los problemas es una herramienta que les podemos entregar para que, en el futuro, ellos puedan lidiar mejor con sus propias emociones. “Al reflexionar sobre los propios pensamientos y sentimientos, también estás ayudando a que tu bebé entienda que las demás personas tiene sus propias emociones”, explican.
“No es lo mismo tener padres que corren de un lado a otro en forma constante, que estén bajo estrés personal y laboral a diario, que tener padres emocionalmente disponibles”, complementa María Isabel Castellón.

Para los autores la paternidad es una expedición donde vamos navegando a ciegas y nadie sabe muy bien qué hacer ni a dónde ir. Por eso, crearon el Mapa para Padres, una hoja de ruta que cada familia va construyendo para conocerse uno mismo y a los niños para poder tener una guía que nos ayude a entender su historia personal. Como no existen planos predeterminados, porque todas las experiencias son diferentes, la idea es que cada uno vaya creando el propio. En este sentido, lo más importante es el proceso de entender a los hijos, más que tener un esquema resuelto. Esto se debe a que el mapa irá cambiando constantemente, junto con cómo los niños crecen y se relacionan con su entorno.

¿Cómo crear el mapa? Entendiendo las propias emociones y las de los niños, lo que influencia nuestro estilo de enseñanza como por ejemplo las experiencias pasadas. ¿En qué ayuda? A identificar nuestros sentimientos y nuestra relación familiar.
En la misma línea, la psicóloga explica que los padres son los capitanes de un barco que representa la propia familia. Si los capitanes están en constante desborde emocional, conducirán el barco sin mucha claridad del norte, improvisando y poniendo en riesgo la salud emocional de quienes van a bordo. “Los niños suelen responder emocionalmente al estado afectivo de los padres, ya que estos tienden a ser sus primeros reguladores afectivos desde su nacimiento”.

El Termómetro Emocional es otra herramienta que brindan los autores para enfrentar situaciones tensas y saber cuándo está bien actuar y cuándo es mejor esperar. Este sirve para analizar qué tan fuertes son nuestras emociones en un momento determinado. Así, podemos encontrar maneras para traernos a un estado más sereno. Esto ayuda nuestros hijos porque sabrán que, mientras más calmados estemos, menos posibilidades tendremos de sobre reaccionar.

El “app” de padres: ¿Qué pasa en la cabeza de nuestros hijos?

Este instrumento ayuda a ver lo que está pasando dentro de la cabeza de nuestros niños, en lugar de quedarnos solo con su comportamiento externo. Este consiste, en primer lugar, en prestar Atención, saber qué es lo que está pasando. Luego, ver la situación desde su Perspectiva, porque pueden estar actuado de manera irracional por motivos racionales que no conocemos. Por último, Proporcionar empatía. Según los autores, cuando los niños se sienten comprendidos, se vuelven mucho más razonables.

Además de empatía, esta herramienta nos ayuda a desarrollar una relación más cercana y comprensiva. “No se puede esperar conocer todo lo que pasa dentro de nuestros hijos porque tenemos mentes separadas, pero a través de este mecanismo, podemos poner más atención a sus emociones. Tratar de entender lo que pasa en su mundo, los ayudará a sentirse comprendidos y mejorar así nuestra relación”, explican.
Al validar sus sentimientos expresamos interés por lo que les está pasando, y la empatía demuestra que podemos sentir lo que ellos sienten. Esto se puede lograr comentando lo que creemos que les está pasando, usando un poco de humor o distracciones que lo saquen del estado anímico en el que se encuentran.

Según Castellón, la empatía “nos permite comprender desde distintas áreas el estado emocional del otro: desde lo cognitivo y afectivo; integrando pensamientos, intenciones, creencias, emociones y sentimientos”. Agrega que esta actitud abierta se vuelve altamente relevante cuando se trata de nuestros hijos. “El desarrollar un espacio de confianza sin prejuicios, hará que ellos puedan contarnos sus preocupaciones o problemas cotidianos sin temor”, explica.

También en los buenos momentos

Todas las herramientas nombradas por Cooper y Redfern pueden aplicarse también durante los periodos en que los niños están felices y conformes, no sólo en momentos de tensión, lo que ayudará a que nuestros hijos se sientan seguros, fortaleciendo su autoestima y ayudándolos al mismo tiempo, a crear lazos de empatía con los demás. Por ejemplo, al tratar de resolver un problema pensando cómo lo haría alguien más, enfocándose en las cosas positivas. También premiarlos con nuestro tiempo y atención, cada vez que ellos manifiesten interés por los sentimientos de otras personas.

Tips para ser más reflexivos

María Isabel Castellón nos entrega algunas ideas para poder desarrollar una mayor empatía hacia nuestros hijos:
1. Para partir, es fundamental tener una actitud de apertura hacia la escucha del otro, sin juzgar y sin prejuicios. Estar atento a las motivaciones e inquietudes que llevaron al otro a hacer lo que hizo.
2. No poner en duda jamás un sentimiento o emoción. La acción podrá haber sido incorrecta, pero el sentir que la motivó siempre será legítimo. Con esto se busca evitar ridiculizar o quitar importancia a lo que se sintió en ese momento.
3. Luego de escuchar atentamente y de comprender lo ocurrido, se pueden hacer preguntas abiertas que inviten a la reflexión. ¿Cómo te sentiste? ¿Cómo crees que se sintió el otro? ¿Crees que se podría haber solucionado de forma diferente?
4. Al mismo tiempo que se va preguntando, ir dando respuestas que impliquen una retroalimentación. Por ejemplo: “me imagino lo molesto que estabas cuando pasó eso”.
5. Finalmente aceptar que el otro es diferente a mí y que no necesariamente lo que haría yo es lo correcto. Es importante, desarrollar la tolerancia ante la diferencia y aceptar al otro como es: distinto a mí.

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