Escrito por Klaus Droste / Nº 253 /  22 November 2017
¿Por qué la familia sigue siendo tan importante en los jóvenes?

Es común escuchar que “los tiempos han cambiado”, o que “son otros tiempos”, o bien “cómo han cambiado los tiempos”, lo cual es cierto en algún sentido. Con frecuencia, tales expresiones llevan aparejada la idea de que los hombres han cambiado, lo cual también es verdad hasta cierto punto. Sin embargo, el cambio al que se alude es, más bien, a uno profundo y radical. Y aunque esto pueda ocurrir, por más profundo y radical que sea ese cambio en él o en su manera de ver las cosas, nunca llegará a afectar su naturaleza. Somos lo que somos.

Es cierto el ser humano puede ir desorientándose en extremo, variar sustantivamente aquello hacia lo cual dirige su vida o lo que juzga digno de ser alcanzado, o incluso trastocar todos sus valores; y que eso le conduzca a despreciar lo que antes apreciaba, a atacar lo que antes defendía, a exagerar su necesidad de autonomía y potenciar su individualismo, a transgredir cánones que parecían inamovibles y, en consecuencia, ver en algunos jóvenes manifestaciones de superación de lo recibido y un desarraigo vital. No obstante esto, existen a lo menos tres realidades inamovibles que posibilitan ese movimiento de la libertad: la humanidad misma, el deseo natural de felicidad y la familia. Para bien o para mal, la familia es una realidad que conecta con la naturaleza misma de cualquier hombre. Tal como el ser humano no dejará de serlo y, por ende, no claudicará en su contante búsqueda de felicidad, así también todo ser humano tiene un origen que, desde el punto de vista natural, entronca con su famlia.

La familia es el sustrato de nuestra vida. Es eso que originalmente no elegimos, lugar al que llegamos, donde radica nuestro primer encuentro con el mundo, aquél de las primeras palabras y de los primeros pasos, en el que respiramos por primera vez el significado de ser hombres. Y esto, inevitablemente, constituye un principio de equilibrio o desequilibrio en nuestra vida. En la familia está la raíz de nuestra memoria y por lo mismo la base para el presente y una inclinación particular hacia el futuro, tanto más potente cuanto más imperceptible sea.

Por eso, la familia debe ser lo que es y responder a su naturaleza misma, de manera que las vidas que de ella surgen queden bien fundadas, fundamento que otorgue principios orientadores respecto a las elecciones futuras, sobre todo en la juventud. Todo efecto tiene un movimiento natural de retorno a su causa. Por esta razón, cuanto más se avanza en la vida, en el fondo del alma más se vuelve al hogar, a la experiencia con los padres, a la infancia, a las palabras recibidas, a los ejemplos vivenciados. Y en la madurez, muchas veces cuando los padres ya no están, reflota con toda su fuerza la herencia que nos han dejado, el recuerdo imborrable de sus palabras, el testimonio vivo en el presente de las obras del pasado.

klaus_droste_253Es necesario, entonces, que los padres tengan en consideración la grave responsabilidad de la educación de sus hijos porque, para bien o para mal, siempre inciden en la formación moral de éstos, tanto, que no hay influencia más fuerte, honda, penetrante y gravitante para la vida de un ser humano que la vida de sus padres.

Para que este suelo -en el que se sumergen las raíces de la vida y que es como el oxígeno que se respira desde que se viene al mundo- brinde a los niños y jóvenes esa adecuada orientación de su existencia, siempre han sido -y seguirán siendo- imprenscindibles los padres, quienes encarnan el amor que nos hace crecer, los hemanos y todo el conjunto de las redes familiares más extendidas, entre las cuales los abuelos, por ejemplo, son fundamentales, como regalos vivos de nuestra historia común y de nuestra raíz.

Hay diversas razones por las que la familia sigue siendo importante en la vida del joven. Un motivo al que se puede aludir es porque la familia siempre ha sido el lugar de la “gran aventura”. A diferencia de lo que aparenta, lo verdaderamente estimulante y exigente, lo que auténticamente dilata las fuerzas, expande el corazón y templa el espíritu, es la vida familiar. No hay nada más peligroso, nada más delicado, nada más desafiante, nada más espléndido, nada más novedoso e imprevisible que la vida familiar. Estamos en ella siempre a merced de la realidad, del tiempo presente, de la libertad de otro, y por eso es la primera y más auténtica escuela de humanidad. Es ahí donde debiera constatarse, en la experiencia cotidiana, qué es ser un hombre y una mujer maduros. Porque los hombres y mujeres maduros se aprecian sobre todo cuando deben hacerse cargo de otros, cuando se han superado a sí mismos para consolidar algo que los trasciende en relación a la comunión de las personas. Conquistar la vida significa haberla donado, y no hay mejor espacio para ello en la naturaleza que la vida doméstica y cotidiana. Lo verdaderamente valioso en la vida de los hombres es ese tejido fino, hecho de relaciones comunes, silenciosas, íntimas y privadas que se dan al interior de una casa. Toda la cultura de un pueblo es el reflejo del interior de sus hogares.

Por eso, un joven que emprende aventuras y que, aprovechando su mayor independencia, se embarca en la conquista del mundo, al conocimiento de tierras lejanas, de lugares desconocidos, novedosos, estimulantes e impactantes, si ha tenido una auténtica vida familiar, tarde o temprano caerá en la cuenta de que no era necesario ir tan lejos para descubrir experiencias nuevas y desafiantes. Que las más profundas alegrías y las esperanzas más robustas emanan de la vida entregada con gozo, de vivir consagrados a los nuestros, a los que nos han sido confiados. Una vida en la absoluta novedad de lo que no podemos anticipar ni controlar, que se da cada dìa en una casa, donde el reinado se vive desde el servicio, donde la alegría de uno brota de la alegría de los demás, donde la sabiduría está en hacer la vida grata a los que conviven con nosotros, donde se puede apreciar una tradición de generaciones que han encontrado su vida donándola. Donde al final del día se puede descansar con gozo porque hemos disminuido para que otros crezcan, animados por la esperanza, aunque no sepamos con qué seremos sorprendido mañana. Más que conquistar el mundo, hay que conquistarse a sí mismo, y cuando se quiere emprender esa titánica empresa, es motivo de esperanza y profunda alegrìa, mirar a nuestro alrededor viendo a algunos de los nuestro en posesión o en camino hacia una vida auténticamente lograda.

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