Escrito por María Ester Roblero. Ilustraciones: Daniela Paz Acevedo. / Nº 253 /  22 November 2017

Este valor se ejerce cuando una persona experimenta aprecio y reconocimiento por otra que le prestó ayuda o apoyo. No se expresa “pagando” ese favor con otro igual, sino mostrando afecto y guardando en la memoria ese acto de generosidad. Más que centrarse en la utilidad práctica del servicio recibido, la gratitud reconoce y valora la actitud humana de quien lo hizo. Desde el punto de vista psicológico, David Steindl-Rast , benedictino y autor de libros sobre este valor, señala: ˝La gratitud es como un signo de multiplicar: multiplica nuestro gozo cada vez que nos detenemos, miramos y actuamos”.

La palabra gratitud viene de gratus, que en latín es sinónimo de “agradable”, y del sufijo tudo que significa “cualidad”. Por lo que una persona agradecida es aquella que posee la cualidad de ser amable y reconocer lo que recibe de otros o del exterior.

Por esta razón, aunque hoy se usa decir: “en mi interior me siento agradecido…”, esta frase encierra un profundo error. La gratitud es un valor que hay que expresar tácitamente. Puede ser en forma verbal, escrita o a través de un gesto. A veces basta con mirar a los ojos, sonreír y decir gracias. Otras, es necesario dirigirse a un lugar lejano con un regalo en las manos para demostrar a través de una visita lo agradecidos que estamos.

Qué habilidades se deben desarrollar para vivir la gratitud:

• Incorporar en nuestro lenguaje verbal y no verbal expresiones de agradecimiento. Es importante enseñarles a nuestros niños a decir gracias mirando a los ojos y con una sonrisa auténtica.
• Capacidad de aceptar que muchos de los bienes materiales y no materiales que tenemos en la vida se deben a lo que otras personas nos han dado: amor, cuidado, afecto, enseñanzas, talentos.
• Capacidad de admitir que no estamos solos, que necesitamos a los demás y por eso debemos hacer de la vida algo grato para todos.
• Capacidad de apreciar y valorar las obras de los otros.

Cómo se adquiere el valor de la gratitud:

Este es un valor familiar muy importante y con repercusiones en la salud emocional de una persona. Es bueno estar conscientes de que tenemos mucho que agradecer, pues si no sabemos valorar lo que tenemos vamos adoptando una conducta de quejas e inconformidades y lamentamos constantemente aquello que no tenemos.

Cómo se enseña la gratitud a los niños pequeños:

• A través del ejemplo. La palabra “gracias” brota de los labios de un niño en forma espontánea si la escucha habitualmente.
• Luego, los niños aprenden a asociar la gratitud no solo por los regalos o cuidados, sino también por el cariño, los buenos momentos y su casa. Es un síntoma para reflexionar sobre el estilo familiar que estamos construyendo si notamos ingratitud, la cual está muy relacionada con el orgullo. Hay personas que no quieren recibir nada de otros porque lo interpretan como un signo de debilidad. Ojo con esto: los papás tenemos que aprender a pedirles ayuda a los niños aunque sean pequeños, como poner la mesa, recoger la ropa del suelo o regar las plantas, porque eso nos permite expresarles gratitud.
• Ser buenos hermanos también requiere una gran dosis de gratitud. Enseñémosles a hacerse favores entre ellos, a no reclamar cada vez que uno pide algo; una familia que cría hijos ingratos fracasa en un objetivo muy importante.
Cuando los niños crecen:
• Los seres humanos agradecemos lo que apreciamos y por eso es importante mostrarle a los niños cosas dignar de apreciar: la naturaleza con sus animales y su vegetación; la cultura, a través de la música y el arte; los afectos, de la familia y los amigos. Como familia tenemos que poner a los hijos en contacto con estos ámbitos. Sería ilógico pedirles que se sintieran agradecidos por pasar encerrados conectados a la televisión o al celular.
• También se agradece lo que es fruto del esfuerzo. Sin caer en esa mentalidad de que todo regalo debe ser por “algo”, tampoco es bueno criar a los niños en tal abundancia de juguetes y cosas materiales. Así es imposible que sueñen con algo. Desde chicos podemos enseñarles a ahorrar para algo, por ejemplo, ayudarnos a depositar monedas en una alcancía para ir a tomar helados el fin de semana. Es un gesto muy simple, pero sirve para estimular la paciencia, el paso a paso hacia una meta y a darle valor al dinero.
• También a medida que crecen podemos transmitirles la cultura del cuidado. Aprender a cuidar las cosas que tenemos en casa es parte importante de la gratitud. Cuidar los juguetes y libros que les han regalado es muy educativo. Una persona que no valora los objetos materiales y tampoco a los seres que lo rodean, pasa de la ingratitud a un individualismo que la termina dañando.

En la adolescencia:
• Es una etapa en que ya los hijos pueden conocer el precio de las cosas: cuánto cuesta la luz, el agua, el gas y la comida. Si logramos que además lo asocien con horas de trabajo, necesariamente debieran manifestar actitudes de cuidado y gratitud familiar. No se trata de hacerlos sentir culpables o en deuda con los padres, pero si de que expresen gratitud a través del afecto que es, como intentamos explicar en estas páginas, el verdadero trasfondo de este valor. Es muy duro cuando los adolescentes les exigen a sus padres y éstos no saben explicar por qué no pueden satisfacer sus deseos.
• Un error frecuente de los padres es enrostrarles a los hijos los esfuerzos que se ha hecho por ellos. Hay que evitar a toda costa esto. Y tener en cuenta que la gratitud no es cortesía solemne.
• También en esta etapa es bueno tener una “jerarquía de la gratitud”. Mucho más importante es agradecer por la familia que por los bienes, por la salud que por los panoramas, por el tiempo juntos que por el estatus. Esto implica necesariamente dar el ejemplo y dedicarles tiempo a los hijos, para estar y conversar con ellos.
• En esta misma línea los papás pueden dar ejemplo de conocer la “jerarquía de la gratitud” sabiendo expresar afecto a los abuelos y mayores de la familia. Eso significa incorporarlos a la vida familiar, no referirse a ellos como un problema o una obligación, y demostrar cuánto les debemos porque nos dieron la vida y los cuidados que necesitábamos cuando pequeños.
• Finalmente, hay muchos ritos familiares que son “fiestas de gratitud”: cumpleaños, aniversarios, Navidad, Año Nuevo, los que pueden adquirir un nuevo significado si sabemos unirlo a una memoria agradecida.
• Un último dato para tener en cuenta. Decirle gracias a los adolescentes es mágico: una investigación demostró que un gesto de gratitud diario dirigido a los adolescentes mejora sus estados positivos de alerta, entusiasmo, determinación, atención y energía en comparación con los comentarios negativos que reciban de nuestra parte.

Check list para reforzar el valor de la gratitud en el trabajo:

Se sabe que expresar gratitud es una excelente estrategia de fidelización de los clientes. Si eso se aplica a los trabajadores se obtiene el mismo resultado. A mayor agradecimiento, mayor compromiso.
Los expertos en mediación enseñan que incluso en los momentos más difíciles y tensos es importante saber agradecer: agradecer la información, el punto de vista diferente, la posibilidad que nos dan de hacernos reflexionar. Agradecer mirando a los ojos logra que se establezca una relación de respeto. La gratitud tiene el poder de neutralizar emociones negativas como la hostilidad, la ambición y hasta el mal humor.
Dentro de la cultura corporativa, la gratitud lleva a buscar modos de tratar a los clientes y trabajadores, valorando el aporte que nos hacen. Esto deriva en ambientes positivos, empresas creativas y modernas, donde es mucho más posible que se den relaciones sanas y leales.

Check list para reforzar el valor de la gratitud en la familia:

Pronunciar en forma consciente la palabra gracias unos a otros: a la hora de comer, al final del día, o al despedirnos por la mañana.
Transformar nuestros álbumes de fotos en “diarios” de gratitud por los buenos momentos compartidos. También las fotos que enmarcamos y tenemos a la vista en nuestras casas.
Recordar en nuestras conversaciones a las personas que nos han ayudado, enseñado, apoyado, diciendo explícitamente cuánto les debemos.
Cultivar instancias de gratitud: escuchando buena música, al ir al cine o a un paseo. Y decir gracias por lo vivido.
Disfrutar y celebrar la comida que nos prepara un hijo, el cónyuge o quien trabaja en nuestra casa en vez de criticar o señalar lo que le faltó.
Una práctica individual pero que repercute en la familia es pensar, antes de dormir, en tres asuntos por los que podemos dar las gracias. Incluso se venden cuadernos que en su tapa dice: “Diario de la gratitud”.

 

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