Escrito por Daniela Aguilera / Nº 257 /  25 mayo 2018
Del matriarcado, tradiciones y familias longevas

Detrás de Coco, la película más vista en las últimas décadas en Chile, existen múltiples historias y explicaciones acerca de por qué a los latinos se nos identifica con mamás fuertes y con carácter. ¿Qué hace que los seres humanos nos aferremos a la figura materna como fuente de vida? Es lo que nos entrega la historia de Ximena Cajales, que logra escapar de la pantalla grande a la realidad.

Con más de dos millones de espectadores en la pantalla grande, la película Coco se transformó en todo un hito en nuestro país. Y es que la historia de Miguel, un niño mexicano que se quiere dedicar a la música, no es del todo sencilla. Detrás de ella hay un drama familiar. Una historia de abandono. De un hombre que deja a su familia para perseguir su sueño. También habla acerca de la resiliencia. De una mujer que debe hacer frente al abandono y sacar adelante a sus hijos a punta de esfuerzo y trabajo. Una historia de una sociedad machista, pero también matriarcal y con valores claros: respeto a la familia, las tradiciones y, sobre todo, a la jerarquía, el matriarcado y los antepasados.

Una historia como esa es la de Ximena Cajales, una mujer chilena y trabajadora, que a sus 43 años tiene dos hijas, dos nietas y su mamá y abuela vivas. Es decir, sus nietas, de seis y siete años, tienen bisabuela y tatarabuela. Un gran privilegio, incluso considerando que la Organización Panamericana de Salud estima que Chile es el país de América Latina con mayor esperanza de vida, superando los 85  años de vida en las mujeres. “Mi abuela Clara (89 años) está completamente lúcida y sana. Vive sola y es totalmente independiente. Todo lo hace solita”, señala Ximena y recuerda cómo su bisabuela sacó adelante a su nueve hijos tras quedar viuda cuando solo tenía 40 años.

Cada domingo, Ximena junto a sus hijas, Francisca y Denise, y sus nietas Emilia y Amanda visitan a la abuela Clara, quien las recibe con entretenidas anécdotas acerca de su familia, sus hijos y el barrio donde vive hace más de 50 años. “Mis nietas la adoran. Saben que son privilegiadas. Le cuentan a sus amiguitas del colegio sobre su abuelita ‘chascona’. Mis hijas, mi mamá y yo, en cambio, la miramos con orgullo. Vemos el respeto y la fuerza que infunde, y como sé que no le queda mucho tiempo con nosotras tratamos de estar lo más presente posible. Estrujamos los domingos como si fueran los últimos. Le saco el jugo, porque me doy cuenta la gran enseñanza familiar que hay detrás de la vida que le tocó vivir”, cuenta Ximena.

Matriarcados: ¿Positivos o negativos?

Si bien la imagen de una abuela es importantísima para la configuración de la personalidad de las personas, todo extremo es malo. Según Mónica Bulnes, psicóloga, conferencista, escritora y especialista en temas de pareja y familia, ni el patriarcado ni el matriarcado son ambientes ideales para la crianza de los hijos. “Una visión más considerada del otro y una acción más participativa de ambas partes (hombre y mujer) en la familia, formará de una manera más íntegra, respetuosa y beneficiosa a los niños”.

Los números demuestran que los hogares encabezados por mujeres se han duplicado en los últimos 25 años. Según un estudio de la Universidad Católica, el 39,4% de los hogares en Chile declara tener una mujer como jefa de hogar (2015). Esta figura matriarcal potente tiene, según la psicóloga Mónica Bulnes, ventajas y desventajas, por lo que es fundamental que aunque en el hogar no exista una figura paterna, exista alguien que entregue la perspectiva masculina, que es vital para el desarrollo emocional de un hijo.

ROL DE LA FAMILIA

Si nos ponemos a buscar bibliografía acerca del rol de la familia en la construcción de la personalidad de los niños, encontraríamos miles y miles de artículos, libros, reportajes e investigaciones que avalan la importancia de la familia como la unidad básica de la vida humana. Es precisamente en ella donde nuestros hijos moldean toda la estructura moral que regirá su conducta a lo largo de su vida. Al mismo tiempo, los vínculos que se generan a través de experiencias y relaciones positivas generan los valores más íntimos, como el amor, bondad y toda una serie de expresiones como la resiliencia, la empatía y la fortaleza.

De acuerdo a Blanca Jordán, autora de libro Ámbitos educativos, características y problemas cotidianos de los niños en esta etapa, el paso de los seis a los siete años es un momento idóneo para la educación de nuestros hijos. A esta edad los niños comienzan a comprender y catalogar sus emociones y desarrollan la capacidad de entender los sentimientos ajenos. Es por eso que cuando nos preguntamos: ¿en quién queremos que se conviertan nuestros hijos cuando grandes?, gran parte de los padres tratamos de abordar esta difícil tarea recurriendo a nuestra experiencia familiar, a nuestras tradiciones y a los miembros de la familia a los que más admiramos.

Para Ximena, el rol de su mamá y su de su abuela Clara en esto ha sido vital. “Las dos son mujeres aperradas, que viven y respiran por sacar adelante a su familia. Y es por su ejemplo que yo hago lo mismo por mis hijas y mis nietas. Ellas son todo para mi, y sé que el día de mañana la Amandita y la Emilia harán lo mismo por los suyos, no hay mejor enseñanza que esa”, comenta con orgullo.

Marta Román, psicóloga infanto-juvenil de la Universidad Católica, explica cómo la vida a los seis o siete años es más compleja de lo que uno quisiera. Por un lado, los niños dejan el preescolar, entran al colegio y comienzan a vivir con mayor independencia. En ese período ya ha terminado la etapa de poner a prueba la autoridad de los padres y, por lo mismo, es fundamental tener el apoyo de otros adultos cercanos para acompañar a los niños en la formación de sus habilidades sociales. “La familia es el núcleo central y primordial para la formación valórica y, por tanto, de la capacidad de empatía que pueda tener este niño en la adolescencia y adultez”, explica.

Muy conocida es la imagen de la abuelita que malcría, ya que los padres son los que crían. Según la psicóloga, esa imagen no es del todo correcta, ni menos provechosa para los niños, ya que nuestros antecesores son fundamentales en la construcción de la personalidad. “Una figura significativa, como puede ser una abuela o tatarabuela es súper importante. Te va contando como a través de la familia se van resolviendo sus relaciones sociales. Si una abuelita es muy graciosa, probablemente el niño también lo sea porque tuvo esa experiencia en la vida”, comenta.

Y en este tema en particular existe un acuerdo generalizado: queremos que nuestros hijos sean responsables, trabajadores y compasivos, y qué mejor que el ejemplo de un miembro importante de la familia para enseñarles a través de su experiencia el valor de ser buenas personas. Puede que no sepamos cómo será el mundo cuando nuestros hijos se conviertan en adultos, pero sí sabemos cuáles son las virtudes que los ayudarán en cualquier circunstancia que les toque vivir.

La muerte en la familia: Cuando la matriarca se va

Abuela, bisabuela, tatarabuela. Por norma de vida, la figura de apego de mayor en edad debiese partir de este mundo antes que sus familiares más jóvenes. Es por eso que Daniela Melkonian, psicóloga clínica con especialidad en trastornos ansiosos y de duelo, quien ve este tipo de casos en el Centro de la Felicidad, recalca la importancia de vivir esos procesos, cumplir rituales y despedirse con naturalidad. “Los niños viven los duelos de forma cien veces más natural que un adulto”, señala.

En caso de una muerte más o menos inminente, Daniela Melkonian recalca la preparación para la partida. “Es fundamental explicar que los abuelos ya están viejitos y que se va a ir al cielo, de manera muy natural”, explica.

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