Escrito por María de los Ángeles Saavedra / Nº 257 /  25 mayo 2018
Marcas indelebles

El bueno, el malo, el flojo o el creativo. Así es como vivimos encasillando a nuestros niños con etiquetas que, por muy inofensivas que suenen, pueden tener un gran efecto en su autoestima y personalidad.

¿A quién no le ha pasado? Pedrito está en el supermercado, ha sido un día largo después del colegio y el taller de fútbol y, sin previo aviso, empieza con una pataleta de esas de las que nos acordamos por años. Mientras Pedrito grita, y todo el supermercado nos mira, le decimos: “Ay Pedrito, que eres llorón”. Lo que no sabemos es que nuestro hijo no sólo está cansado, sino que frustrado, enojado o triste, y llora por esa razón. Pero lo que logramos es que él asuma que es llorón y no puede remediarlo.

Según explica Catalina Sieverson, psicóloga de la Fundación Cuida Futuro, las etiquetas influyen de manera consistente en nuestros hijos. “Está bastante comprobado, sobre todo por estudios más recientes, que los bebés y niños pequeños son muy dependientes de sus cuidadores principales y las palabras que usamos para hablar acerca de ellos pueden quedar marcadas en la arquitectura de su cerebro”. Es decir, si es que usamos calificativos negativos o formas despreciativas esta información se irá almacenando con el paso el tiempo en sus cerebros, lo que  influirá después en la autoestima y autoconcepto que tienen los niños acerca de ellos mismos.

Aquí es importante entender que, de alguna manera, nuestros hijos se forman una idea de quiénes son mirando a su entorno y escuchando lo que los demás tenemos que decir sobre ellos, como cuando alguien les dice que son miedosos, lentos o deportistas promedio. Y aunque a veces estas etiquetas suenan inofensivas, de igual forma vamos encasillándolos e impidiéndoles salir y probar otras cosas. “El etiquetar a un niño, ya sea con un calificativo positivo o negativo, predispone a su entorno a tratarlo de cierto modo y no da espacio al cambio en su desarrollo, condicionándolos a pensar que sus esfuerzos son inútiles, si es que todos van a pensar lo mismo de él”, asegura la psiquiatra infanto-juvenil de la Clínica Universidad de Los Andes, Andrea Aguirre. De esta manera, agrega,  los niños crecen creyendo que de verdad son torpes, desordenados, genios, tontos, u otros.

Todas las áreas del desarrollo y la maduración del cerebro en la infancia dependen de las relaciones. Más aún durante los tres primeros años de vida, donde la calidad de los vínculos afectivos determina el desarrollo del cerebro. “Las humillaciones han sido por décadas una forma común que se usa de modificar una conducta poco deseable de un niño. Por ejemplo: ‘otra vez lo hiciste mal’, ‘así no llegarás a ninguna parte’, ‘así nunca tendrás amigos’. Toda esta información se va guardando en su cerebro a partir de conexiones neuronales, información que después hará que el niño realmente crea que no es bueno para nada o que no puede hacer amigos”, explica Sieverson. }

Nuestra opinión, su verdad

A todos nos ha pasado que cuando nos enfrentamos con un niño de carácter fuerte, con ideas claras y voluntad propia, podemos llamarle “problemático”. Si estamos muy cansados, les lanzamos un “¡eres agotador!” sin darnos el tiempo de identificar sus sentimientos, asumiendo que es insoportable, malo o complicado, en lugar de entender que probablemente se siente frustrado en ese momento y el por qué.
Lo cierto es que nuestras opiniones son importantes a oídos de los hijos. Entonces, si siempre nos escuchan diciéndole a otros “es que es muy tímida”, o “este niño es malo para la pelota”, ellos lo tomarán como una verdad. En ese sentido, según Aguirre, nuestras impresiones son muy importantes: “somos sus figuras de apego, las guías que definirán el cómo relacionarse con el resto de las personas, y determinarán el tipo de vínculo que mantendrán con sus parejas, amistades e hijos, entre otros”, asegura.

Al respecto, la psicóloga de la Fundación Cuida Futuro, señala que la opinión de los padres queda plasmada en los niños, sobre todo si se repite, puesto que dependen de los adultos y creen en las cosas que les decimos. Claro que mantener el semblante calmado no siempre es fácil, sobre todo con pequeños en edad preescolar, periodo en el que hay muchos cambios para ellos y nosotros, y en el que los padres nos damos cuenta de que nuestros hijos tienen características que no son de nuestro total agrado. “Hay que tener claro que los papás suficientemente buenos lo hacen bien el 40% de las veces. El resto del tiempo son desencuentros. Lo importante es saber pedir perdón para que nuestros niños aprendan a hacer lo mismo”, asegura Sieverson. Y agrega que es normal que hagan pataletas, que estén cansados (¡y nosotros también!), pero los papás y cuidadores somos los responsables de ayudarlos a desarrollar un autoconcepto integral, donde puedan reconocer todas sus cualidades y defectos, para quererse a sí mismos.

¿Cuál es la fórmula para no poner etiquetas?

Según Andrea Aguirre, psiquiatra infanto-juvenil de la Clínica Universidad de Los Andes, lo más importante es:

1. Conocer a nuestros niños: Es fundamental conocer quién es el niño que tenemos al frente, y no el que nosotros queremos que sea. Al aceptarlo tal cual es, con sus defectos y virtudes, no tenderemos a calificarlo y lo veremos en su totalidad, no por partes.
2. Nadie es perfecto: Lo importante es transmitirles que todos somos un poco desordenados o egoístas a veces. Nadie es tan tímido ni tan amigable. Todos tenemos un poco de cada etiqueta, por lo tanto, estas no deberían existir.

Por su parte, Catalina Sieverson, psicóloga de la Fundación Cuida Futuro, nos recomienda:

1.Etiquetar emociones y afectos: Ayudar a los niños a saber qué les pasa, y que sean dueños de sí mismos.
2. Etiquetar logros, recursos y características positivas: Incentivando positivamente sus cualidades.
3. No marcar las características negativas: En lugar de decir “eres flojo”, es mejor decir “todos tenemos días buenos y malos”, con lo que demostramos que es capaz de hacer lo que se propone.
4. No concentrarse en los fracasos: Si bien es importante saber reconocer los errores, en lugar de decirles “eres malo” en una actividad, es mejor hacer notar que no está muy bien y ofrecerles salidas para encontrar una solución.

Reportajes Relacionados

About Author

Carolina

(0) Comentarios de lectores

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *