Escrito por María Ester Roblero C. / Nº 258 /  28 junio 2018
Los roles y la familia en 1968, 1988 y 2018

Fue realmente entretenido reconstruir los equilibrios de roles en el hogar en familias de año 1968, 1988 y 2018. Aunque los personajes aquí presentados son ficticios…, cualquier semejanza con la realidad ¡no es casualidad!

1968 / Maricarmen y Juan Luis

Maricarmen tiene 34 años, 5 hijos y una Combi atascada en la nieve. Para no creerlo. Vive en Ñuñoa, es mayo, pleno otoño y nevó en Santiago. Los tres hijos mayores tienen que ir al colegio y Juan Luis, el marido de Maricarmen le dijo: “Yo tengo que llegar al banco puntual, que no vayan, seguro suspenden las clases”. Ella opinó lo contrario y partió con un cucharón a sacar la nieve. Pellizcó a cada hijo advirtiéndoles que si mojaban los zapatos, irían igual al colegio. A las dos guaguas les puso poncho y pasamontaña y los subió también. Para su enorme satisfacción al llegar a la portería comprobó que si habrían clases para los que pudieron llegar.

De vuelta a su casa supuso que no llegaría la señora Mercedes, su nana; así que metió una guagua al corral y a otra al andador. Hizo las camas entre los llantos de los dos, barrió, pasó el chancho, puso a remojar ropa en la tina y a hervir pañales con jabón gringo; peló dos kilos de papas para el puré, molió un trozo de posta para hacer albóndigas con salsa y después escobilló la ropa, la pasó por el rodillo y la tendió en el patio techado. Cuando al fin pudo llamar por teléfono a su madre, supo que por allá nevó menos. Puso despertador para la siesta del más chico y sentó en la pelela al más grande cada media hora.

Volvió en la Combi a buscar a los niños y los volvió a pellizcar por venir todos embarrados. Se dio cuenta que quedaba poco gas en el balón, pero con el tema de nieve se le había olvidado pedirle plata a Juan Luis en la mañana y él no se acuerda de esas cosas, menos ahora con los problemas del banco. Les dio almuerzo, les revisó a uno por uno la libreta de tareas, y a los con malas notas les agregó tres hojas de copias y de sumas de castigo para que aprendieran a estudiar más y a concentrarse. Mientras todos las hacían sentados en el comedor pudo al fin leer la última edición de la revista Eva y una más antigua del Saber Comer.

En la tarde, cuando Juan Luis volvió, Maricarmen se sentía cansada aunque el puré y las albóndigas alcanzaron. Juan Luis también estaba agotado por los problemas del banco, pero le ofreció llevar a los niños al colegio al día siguiente, y acompañarla al Unicoop el sábado, pero temprano porque jugaba el Wanderers. Las niñitas le ayudaron a colgar la ropa mojada en sillas cerca del estufa. Y ella les contó que al día siguiente iría a la costurera a buscar la ropa nueva que estaba lista. Antes de dormir, Juan Luis le dio un beso y le dijo: “Viste que es complicado que trabajes, cualquier imprevisto y se desarma la rutina”. “Es cierto, contestó Maricarmen, pero cuando sean más grandes de todos modos estudio algo”.

Lo que opinan los hijos de Maricarmen y Juan Luis

“Nuestra madre era un tanque imparable. Esa bata de levantar que usaba en la mañana le daba súper poderes. Si no había pan, lo hacía. Tenía antenas y mil ojos para darse cuenta de todo. Nos pellizcaba todos los días, pero éramos hartos y bien seguidos. El papá no sabía hacer ni un huevo, pero lo pasábamos súper bien cuando llegaba a la casa y lograba desenchufarse del banco. Inspiraba mucho respeto pero a medida que fuimos creciendo se puso hasta tierno y como abuelo fue mucho más cariñoso. La mamá siempre fue un tanque…, de guerra. Se tituló cuando estábamos todos casados”.

matrimonio2_2581988 / Antonia y Jorge

Antonia tiene 31 años y tres hijos. Los dos mayores van al colegio y el menor al jardín. Como la mayoría de sus amigas con niños “se la pasa haciendo turnos, turnos y más turnos”. Turnos al colegio, turnos a los cumpleaños, turnos a las clases de fútbol y de ballet.

Trabaja medio día como periodista, en un horario que le permite llevar en las tardes al fonoaudiólogo al menor que no pronuncia la letra r y al psicopedagogo a la mayor, que quizá tiene déficit atencional. Los colegios son implacables en esto. Trabajar medio día además, la deja cuidar su jardín que es precioso, e incluso ir dos veces a la semana a clases de cerámica y pasar a ver a sus papás que viven lejos. Eso si cuenta con la Delfina, puertas adentro, que es como una segunda mamá para los niños y va a buscar al jardín al más chico a pie, lo cuida muy bien incluso le está sacando los pañales muy fácil.

Antonia no puede pedirle ayuda a sus papás porque son bastante mayores y a la suegra “no corresponde”, dice. Jorge, el marido, es abogado y llega tardísimo. Pero gracias a que él tiene un trabajo muy bueno pudieron comprar casa, pagar las dos primeras cuotas de incorporaciones del colegio de los niños y estar tranquilos. Aunque el sueldo de Antonia es mucho menor, lo necesitan. Y Jorge entiende plenamente que el trabajo de la casa es duro y por eso han invertido en secadora de ropa, freezer y una buena aspiradora. Lo más pesado para ella es acarrear los bidones de parafina en el invierno. Pero le ayuda la Delfina.

Pasaron un momento complicado el ‘83 y por eso Antonia no presiona a Jorge para que llegue temprano en la semana. Él la ayuda con los niños el fin de semana. Ella dice: él está muy presente. No ha faltado jamás a una reunión de apoderados, participa en el colegio y cuando puede la acompaña al pediatra. Tienen una sola cuenta corriente bi personal y Antonia se siente orgullosa de ser ahorrativa: va a la feria de Carlos Antúnez, congela, hace menú para la semana y los niños heredan ropa entre primos sin ningún problema. Jorge se encarga de pagar todo y de ahorrar y confía plenamente en el criterio de Antonia en lo que respecta a la casa. Las otras decisiones, como vacaciones y cambio de auto, las toman juntos.
Lo más agotador para Antonia son los fines de semana. Delfina se va los sábados y vuelve el domingo tarde. Y ellos religiosamente van a almorzar los sábados donde los papás de Antonia y los domingo donde los de Jorge. Es correr, correr y correr: levantar niños, hacer camas, ordenar un poco, para llegar puntuales a todos lados y súmale hacer compras de supermercado, regalos de cumpleaños, dejar hechas las camas y después en la noche cocinar algo. Como que no se descansa, dice Antonia. Y más encima la suegra pide que le lleven el postre.

Por eso en la semana descansa viendo la teleserie Semidios en el 13, placer culpable absolutamente.

Lo que opinan los hijos de Antonia y Jorge

“Nuestra madre era un tanque imparable. Esa pizarra de la cocina en que anotaba todo le daba súper poderes. Tenía antenas y mil ojos para darse cuenta de todo. Gritaba de repente, pero éramos tres y seguidos. El papá no sabía hacer ni un huevo, pero lo pasábamos súper bien cuando llegaba a la casa y lograba desenchufarse del trabajo. Inspiraba mucho respeto pero a medida que fuimos creciendo se puso hasta tierno y como abuelo es mucho más cariñoso. La mamá siempre fue un tanque…, de guerra. Por eso no nos extrañó que llegará a tener su propia empresa”.

matrimonio3_2582018 / Amelia y Martín

Amelia tiene 32 años, es ingeniero civil, se casó hace cinco años con Martín y tienen un hijo, León. Amelia trabajó muy duro en una empresa desde que salió de la universidad y dejó ese trabajo para casarse con Martín y partir con él a un post grado en el extranjero. Allá ella hizo un diplomado, participó en un voluntariado y nació León.

Fueron tres años muy felices: estaban solos, en familia, sin presiones y su mamá y hermanas fueron muchas veces a visitarla y ayudarla. Martín salía de clases temprano y desde que León nació compartieron 50 y 50 todo, igual que desde que se casaron. “El primero que llega cocina o pide comida”. Aunque obviamente conviene cocinar, dicen, porque llevan sus gastos semanales en un Excel.

De vuelta a Chile la cosa se complicó un poco porque Amelia tiene un CV imbatible y le ofrecieron buenos trabajos. Al final sacrificó sueldo por horario y trabaja hasta las cinco de la tarde, y los viernes hasta las cuatro. Afortunadamente su mamá es una súper abuela y va a buscar a León al jardín y se lo lleva hasta su casa todos los días. Ni pensar en tener ayuda doméstica; su departamento es chico y no necesitan.

Martín y Amelia han intentado seguir con su estilo de vida extranjero en Chile: la casa es responsabilidad de los dos, ¡todo!: aseo, comida, compras, hasta el lavado de la ropa. Así es más sano, dicen. El costo está a la vista: a veces la casa es un desastre: pero se soluciona rápido, dejan a León con los abuelos y hacen aseo entre los dos una tarde y listo. Ninguno de los dos usa ropa planchada, comen muy sano y los dos siguen haciendo voluntariados.
Igual por un tema de horarios, Martín lleva a León al jardín. Amelia lo deja vestido y listo a las 7:30 am. cuando ella parte y Martín lo lleva a las 8:30. Si surge un problema, cuentan con las abuelas que están a tiro de celular. No es la idea abusar, pero afortunadamente ellas están muy presentes y con disponibilidad horaria.

Para Amelia, el mejor invento del siglo XXI es la compra por Internet. Con Martín tienen cuentas bancarias separadas y tarjetas de crédito personales. Él paga algunas cosas y ella, otras. Compran todo online. Arriendan un departamento cerca de la casa de la familia de los papás de Amelia y si se algún día se compran casa o departamento, tendrá que ser ahí mismo, a pasos de todo. No tienen auto y usan Uber. Martín se va en bicicleta a la oficina y Antonia, a pesar de que tiene un excelente trabajo, quiere renunciar a fin de año, para emprender en un tema educativo relacionado con su voluntariado. León entra al colegio el 2020. Optaron por el colegio del barrio; es bueno, buena formación y harto deporte. Además no los estresan con el examen de admisión.

Los fines de semana salen con amigos, suben cerros o hacen picnics. Se entretienen viendo series o juntándose con amigos. Amelia sigue a @Taza y a @Macatan en Instagram. Y Martín juega en una liga de exalumnos de la Universidad dos veces por semana. Por supuesto quieren tener uno o dos niños más. Pero en este esquema.

Lo que opinarán los hijos de Amelia y Martín

“Nuestra madre era un tanque imparable. Su iPad le daba súper poderes. Todo lo lograba en un click. Le proporcionaba antenas y mil ojos para darse cuenta de todo. A veces se enojaba, pero éramos tres hermanos y bien inquietos. Nuestras abuelas nos mimaban en todo. El papá pasaba conectado, pero se notaba que hacía un esfuerzo para desconectarse, estar con nosotros, y con él lo pasábamos súper bien, era muy deportista, lleno de energía, positivo y estaba al día siempre. Inspiraba mucho respeto pero a medida que fuimos creciendo se puso hasta tierno y como abuelo seguro será mucho más cariñoso. La mamá siempre fue un tanque…, de paz obvio. Serán unos abuelos increíbles”.

 

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