Escrito por Jorge Velasco / Nº 260 /  15 August 2018
Primeras emociones: Un desarrollo esencial

Los niños nacen con habilidades cognitivas y sociales complejas y pueden imitar algunos movimientos corporales y emociones que expresan los adultos. Por eso, tener una cultura de cuidado y afectividad positiva influirá en su capacidad futura para expresar y regular lo que sienten, además de responder adecuadamente al contexto social en el cual les toque vivir.

Risa, llanto, movimientos de brazos y piernas, vocalizaciones y expresiones en el rostro. Todos estos gestos forman parte de una amplia paleta de posibilidades que les permite a los niños expresar sus primeras emociones.
“La evidencia científica proveniente de la neurociencia afectiva confirma que la vida emocional del ser humano comienza muy tempranamente y que es un proceso crítico para el desarrollo del cerebro y la arquitectura neuronal. Por ende, la presencia de un adulto que acoja y responda a tiempo a las necesidades emocionales del niño es un factor relevante para su desarrollo futuro”, explica Marcela Bitran, bioquímica de la Universidad de Chile, experta en aprendizaje y neurociencia, con un doctorado en Farmacología en la Universidad de Toronto, Canadá.

Desde su nacimiento, los niños son capaces de expresar malestar o bienestar de manera básica, pero con el paso del tiempo comienzan a hacerlo a través de un mayor repertorio de posibilidades. Junto con las palabras, este caudal expresivo es esencial para la convivencia en general y para conseguir la necesaria ayuda o el apoyo social de los demás.

“La expresión de estos estados emocionales -en ocasiones abrumadores- es fundamental para que el niño logre conseguir la atención del adulto. Cumple una función vital de comunicación para satisfacer necesidades básicas de alimentación, abrigo y cuidado atento y amoroso”, señala la doctora Bitran.

Educación emocional

Diversas investigaciones, como las realizadas en la década del 70′ por los doctores Andrew Meltzoff y Keith Moore, confirmaron algunas observaciones anteriores que sugerían que los bebés recién nacidos son capaces de imitar movimientos faciales.
“Demostraron que, a los 45 minutos de nacer, los bebés pueden imitar a un adulto sacando la lengua y moviendo la cabeza. Imitar implica ser capaz de hacer una coordinación perceptual-motora y transformar una información visual en una experiencia motora propia. El que esta coordinación resulte mediante la observación de la conducta de otra persona, indica que los bebés nacen, además, con habilidades cognitivas y sociales complejas”, explica Marcela Bitran.

¿Cómo evoluciona el desarrollo emocional de los niños?
– El desarrollo de la vida afectiva del ser humano, la riqueza de sus emociones y su capacidad de regularlas y comunicarlas van de la mano con el desarrollo biológico de su cerebro. El cronograma de este proceso y la arquitectura neuronal resultante responden a un reloj biológico, pero está fuertemente influidos también por el ambiente psicosocial y las experiencias tempranas de interacción con los adultos responsables de su cuidado.
La genética (temperamento), el ambiente, la interacción social y los “modelos” son todos elementos que influyen en la capacidad que el niño tendrá de adulto para expresar y regular sus emociones, ser sensible y responder adecuadamente a las de los demás.
En los primeros tres años de vida, los niños experimentan, expresan y perciben emociones sin entenderlas cabalmente. Con el tiempo aprenden a reconocerlas, nombrarlas, regularlas y comunicarlas. Luego aprenden a percibir y comprender las emociones de otros, hecho que constituye un hito en el desarrollo humano. Entender la emoción e intención de los demás permite adquirir las habilidades relacionales necesarias para la vida social en familia, en el colegio y en la comunidad en general.

¿Es posible enseñar o fomentar emociones positivas en los niños?
– Ciertamente, podemos fomentar la afectividad positiva mediante el cultivo de la gratitud, el aprecio y la solidaridad. Existen diversas iniciativas para fomentar el desarrollo socioemocional de los niños, basado en evidencias de la neurociencia afectiva.
Un ejemplo es el proyecto que lidera el neurocientífico Richard Davidson en Wisconsin, Madison, Estados Unidos. Junto con sus colaboradores del Center for Development of Healthy Minds, desarrollaron un currículo de educación temprana que fomenta la educación emocional, el cultivo del bienestar y la construcción de la resiliencia que requerirán los niños en sus vidas hasta la adultez. Otro ejemplo es el modelo de Desarrollo Social y Emocional (SEL por Social Emotional Learning), desarrollado en la   Rutgers University, Estados Unidos. Este programa también existe en Chile (SelChile). En él se cultivan los conocimientos, actitudes y habilidades necesarias para reconocer y manejar las emociones, demostrar interés y preocupación por los demás, formar buenas relaciones, tomar decisiones responsablemente y manejar desafíos de manera constructiva.

marcela-bitran-260MARCELA BITRAN
Desde el año 2000, Marcela Bitran es académica e investigadora en el Centro de Educación Médica y de Ciencias de la Salud de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile, una organización que se dedica a la investigación y el desarrollo en la educación médica y a la formación de académicos en docencia para profesionales de la salud, entre otras labores.

“Mis intereses de investigación dicen relación con comprender las estrategias y determinantes del aprendizaje de la clínica, de modo de generar conocimientos que permitan optimizar los procesos de enseñanza-aprendizaje. Asimismo, me interesa comprender y fomentar el cultivo del bienestar de estudiantes y docentes desde una perspectiva informada por la neurociencia y psicología del bienestar”, explica Marcela.

Neuronas espejo

Las neuronas espejo son un subconjunto de neuronas que permiten a los seres humanos en general y a los niños en particular, vivenciar las acciones y emociones de otros como si fueran experiencias propias. Así, por ejemplo, cuando una persona observa a alguien realizar un movimiento, un grupo de neuronas de su propia corteza motora se “enciende” tal como ocurriría si ella estuviese haciendo dicho movimiento.

¿Cómo funcionan las neuronas espejo?
– Se ha demostrado experimentalmente que este sistema neuronal se activa cuando observamos e imitamos a otros. Nos otorga la posibilidad formidable de aprender por observación, en un tiempo muchísimo más breve que si lo intentáramos leyendo un manual o si practicáramos sin observar a otro.
También existe un conjunto de neuronas espejo distinto, que se activa cuando percibimos emociones en los demás. En virtud de estas neuronas podemos ‘sentir’ como siente el otro y responder a él con una emoción concordante (entristecernos con su pena o alegrarnos con su alegría) y luego actuar con compasión. Todo esto se hace sin mediar un procesamiento racional y es posible, puesto que los circuitos neuronales que subyacen a nuestra capacidad de empatizar con otros y tener conductas prosociales están dotados de este tipo de neuronas que se activan en respuesta al estado del otro.

¿Cómo funcionan en la relación entre los padres e hijos?
– Es importante prestar atención y mirar continuamente a nuestros hijos (y al prójimo en general), porque así activaremos nuestro sistema espejo y estaremos en mejores condiciones de entender y responder a sus emociones. Por el contrario, no estaremos disponibles para ellos si los escuchamos sin despegar nuestra vista del celular.

¿Se pueden enseñar o transmitir valores como empatía y compasión a niños en la primera infancia a través de ellas?
– ¡Claro que sí! No solo se puede, sino que se debe. Aunque la capacidad de los niños muy pequeños para ponerse en el lugar del otro aun no esté desarrollada, porque su cerebro está aún en formación, podemos ser modelos de actitudes empáticas y compasivas.

¿Cómo se promueve la empatía en niños de 0 a 3 años?
– Una forma de promover el desarrollo de la empatía en niños pequeños es creando una cultura de cuidado y afectividad positiva en el ambiente temprano del niño. Si los ayudamos a entender las emociones y sentimientos de los demás, los ayudaremos también a construir las bases de un funcionamiento socioemocional sano.
Esta educación emocional debe partir naturalmente por ayudar a los niños a conocer las propias emociones, saber reconocerlas, nombrarlas, expresarlas. Se sabe que las conductas prosociales -como compartir, ayudar y confortar a los demás- están fundadas en el reconocimiento de nuestra propia humanidad y vulnerabilidad.

EL ROL DE LOS PADRES

“El crisol para un desarrollo socioemocional sano de los niños es un ambiente seguro, caracterizado por relaciones positivas del niño con los adultos que lo cuidan y nutren”, afirma la doctora Marcela Bitran. Los pequeños -agrega- son especialmente sensibles a la estimulación social y emocional. En consecuencia, contar con cuidadores adultos capaces de responder a sus necesidades constituye la base de su seguridad futura y de su posibilidad de desarrollar una emocionalidad sana.

“Las primeras experiencias de comunicación emocional ocurren principalmente con la madre, padre o quien lo cuida, durante los momentos en que este lo alimenta, atiende y lo acuna en brazos. De hecho, el desarrollo neuronal y emocional futuro depende de cómo estos estados emocionales sean atendidos”, comenta.

Por el contrario, enfatiza, si las respuestas de los adultos a los niños son poco confiables, inapropiadas o simplemente se encuentran ausentes, los circuitos cerebrales en desarrollo pueden malograrse y, con ellos, sucede lo propio con el aprendizaje, las conductas y la salud futura del niño.

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